Septiembre obliga a reflexionar

Nos conecta con la gran epopeya de nuestra historia patria

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Septiembre de cada año nos conecta con la gran epopeya de nuestra historia patria. Se puede sentir en forma superficial y hasta festiva tronando cohetes o gritando ¡vivas! con iluminaciones y juegos pirotécnicos. Banderas de todos tamaños y formas con las imágenes de todos los personajes de la gesta, adornadas con rehiletes, trompetas y matracas en todas las plazas públicas. La Independencia entonces es ocasión para que los gobiernos monten los espectáculos de entretenimiento sin que interese tanto si se comprende el contenido y la trascendencia de la propia Independencia Nacional.

Nadie repara en su hondo significado de ahora y siempre, que no es sino el de la existencia de un poder nacional no supeditado a ningún otro poder en el mundo entero. Éste poder representativo de la nación comprende desde luego el control del territorio nacional, la capacidad única de decisión en cualquier materia dentro de éste límite y la preservación del mismo en las condiciones óptimas para la convivencia de los nacionales. En el ruido de la fiesta y la propaganda inducida ninguno duda de la inexistencia de ésta condición.

El elefante en medio de la sala pasa desapercibido para los comensales, todos lo rodean, lo huelen, les estorba, los incomoda pero mejor ni tocarlo, ni hablar de él, ni mucho menos intentar sacarlo del sitio.

La nación que fue capaz en sus tiempos de separarse  de los dominios del reino más poderoso del mundo, enfrentando los grandes riesgos y momentos de abatimiento es hoy, dependiente de algo más que de la fuerza y la fusión con un reino transoceánico. Ahora un súper poder militar, comercial y diplomático nos amaga y amenaza cuantas veces se le antoja, sin que haya posibilidad de respuesta de nuestra parte porque la dependencia es a tal grado que nos es imposible exponernos a una confrontación con el riesgo de salir perdiendo.

Si bien es cierto y objetivo lo que ocurre con nuestra soberanía y por ende con la falta de independencia para decidir y actuar en consonancia con nuestros principios e intereses, también lo es que tal escenario no ha sido de generación espontánea porque uno y otro gobierno que han transcurrido, se han ido entregando a las seducciones del gran desarrollo capitalista suponiendo que ello daría impulso a la economía del país sin que tuvieran que preocuparse de otra cosa más que dejarse llevar por el espejismo de la globalización y disfrutar el poder con oportunidad de sacar dividendos para ellos y sus sucesivas generaciones.

AMLO ha caído en la trampa. Hay una especie de resignación ante la imposibilidad de romper ese círculo vicioso en el que nos metió Salinas de Gortari hace 27 años al firmarse el TLC (Tratado de Libre Comercio) y el ASPAN (Acuerdo de Seguridad Para América del Norte). Parecería que cualquier esfuerzo de liberación sería infructuoso; se ha llegado al extremo de que nuestro propio Presidente le llama “amigo” a Trump con la ingenua intención de conseguir su aceptación y reducir sus agresiones. El cuadro es dramático y pese al origen democrático del gobierno no hay proyecto viable para encontrar salidas a ésta trampa. El sexenio seguirá presa de ésta insuperable limitación.

No podemos quedar a expensas de la esperanza de que el propio pueblo norteamericano nos resuelva en parte el problema, rechazando la reelección de Trump. Sería una quimera porque aún con cambios lo esencial de la dependencia de Estados Unidos se mantendría con mayor o menor rigor. México fue capaz en el pasado con Hidalgo, Morelos, Juárez, Carranza y Cárdenas de superar situaciones parecidas y hasta más graves porque no podemos olvidar que incluso, antes los gringos llegaban a conseguir cómplices nacionales para asesinar a los presidentes democráticos (Madero y Carranza se atrevieron a nacionalizar las tierras, el subsuelo petrolero y la riqueza minera, que pagaron con la vida).

La lección más próxima es la de Cárdenas que supo aprovechar en paralelo las vías diplomáticas y la impecabilidad del derecho a aplicar las leyes nacionales en el territorio propio, para rescatar la riqueza nacional del petróleo para los mexicanos.

Esta experiencia trasladada a nuestros días supondría ahora el aprovechar la arrogancia de anunciar la edificación de un muro fronterizo para intensificar  por la vía diplomática la verdad histórica sobre nuestras fronteras.

Esta estrategia equivalente a la que desplegaría Cárdenas en el marco de la preguerra mundial, supondría el planteamiento claro de que México fue despojado de la mitad de su territorio y nuestras fronteras, desde la independencia, son las que la huella de la cultura y sus habitantes originarios han dejado como testimonio imperecedero.

Es preciso utilizar todos los foros internacionales para éste efecto e, incluso, la interposición de una demanda ante la Corte Internacional por el agravio causado a todos los mexicanos y sus descendientes en el territorio que fue de ellos y que arbitrariamente fue mutilado.

En la era de los Derechos Humanos una posición diplomática de México, reivindicando derechos culturales ancestrales para encontrar el equilibrio con el nuevo estatus geográfico, significaría una aportación más a la propagación y respeto al Derecho de Gentes que fue invocado por los pueblos originarios para no ser extinguidos y en cambio propiciar una fusión y mestizaje que aspirara a un cambio civilizado y no de exterminio.

 

 

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