Sartori y el ‘#YoSoy132’

Valioso legado de investigador italiano en la llamada ciencia de la politología; protagonistas del poder, reacios a reconocer la temporalidad, contingencia y finalidad axiológica del mismo

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Giovanni Sartori murió, apenas la semana pasada, dejándonos un valioso legado en la llamada ciencia de la politología. A diferencia de otro de sus contemporáneos, Maurice Duverger, el primero estudia el fenómeno político no sólo para describirlo, clasificarlo y ubicarlo históricamente, sino también para encontrar en sus entrañas, la evolución o involución que en su devenir ha sufrido no, a partir de los protagonistas del poder, quienes son reacios a reconocer la temporalidad, contingencia y finalidad axiológica del mismo, sino desde el elector activo o potencial, en su función de origen y finalidad.

Sartori se preocupa por profundizar en las causas de la descomposición democrática e intenta explicar el por qué de la deserción y de la decepción popular en cuanto al abandono de la búsqueda y perfeccionamiento del modelo que, hasta ahora, corresponde a lo más elevado de la cultura ética-política del hombre. Sartori cuestiona la o las razones de esa distorsión o insuficiencia de la práctica electoral para integrar un poder verdaderamente democrático, representativo y eficaz. Descubre en la influencia de la televisión de las últimas décadas gran parte del motivo por el que, el ciudadano, reacciona por las imágenes y los spots, antes que por la reflexión, análisis y consecuencias de la opción que se desea para ejercer el poder en su nombre. Concluye que el “homo sapiens” desde sus orígenes desenvolvía su capacidad de conocimiento no sólo por la percepción sensorial, sino por la del procesamiento intelectual de la abstracción para conceptuar además de percibir y hacer juicios, evaluaciones y asociaciones como mecanismos automáticos, inherentes a su condición de ser pensante. Hoy en cambio, gracias a la televisión predomina la imagen y el impacto inducido de acuerdo con las previsiones y tendencias de quienes elaboran los programas y sus finalidades abiertas o subyacentes. El “homo videns” queda ahora atrapado, desde su tierna infancia a someterse a la verdad que la televisión o el Internet le comunican para ahorrarle el propio proceso deliberativo que tendría que realizar en ejercicio de su libertad y capacidad de discernimiento.

Los medios de información, han tomado el papel de la autoridad moral de antaño y a los telespectadores como presas de comerciales seductores para estimular el hedonismo a su máxima expresión o las fórmulas para ser felices con el consumismo. Del mismo tenor se vuelven las campañas políticas en las que imágenes de los candidatos y candidatas, son los temas a destacar entre las opciones electorales. Los spots breves sustituyen a los obligados posicionamientos sustanciales y, las críticas cada día más escasas, se ventilan en la prensa escrita con menor número de lectores. Así se va condicionando al elector desde la infancia, para convertir la elección en una competencia de mercadotecnia para ver quién será el ganador en el mercado electoral. Parece mentira, pero la repetición al cansancio de personajes que salen en los tiempos de los partidos, en lugar de ser repudiados en las casillas, da el efecto contrario y se vota por ellos. Es una conducta típica del reflejo condicionado del Pavlov, que se conoce como la compra de impulso asociada a la publicidad en un supermercado que exhibe el producto. Los medios electrónicos de comunicación han sorprendido por su capacidad, tanto de información en vivo-inmediata, como por su capacidad de manipulación de la verdad. Las consecuencias en una sociedad libre no serían negativas en tanto el público contara no sólo con parámetros comparativos de los hechos o de los medios de información implicados sino también, con criterio para su valoración. En la realidad los destinatarios de los mensajes no han desarrollado una aptitud de selección con conocimiento de causa, sino en su mayoría, son respuestas o mejor dicho sometimiento subconsciente al medio informativo y con ello la libertad de decisión política desaparece de ahí la gran tendencia de los políticos para quedar bien con las cadenas de televisión al precio que sea.

Así, los partidos políticos se han ido desvirtuando y sus estrategias, lejos de preparar ciudadanos conscientes y responsables, se conforman con tener obediencia de sus militantes, para favorecer el éxito de la decisión de sus dirigentes. El esfuerzo que se hizo para evitar que los partidos compren comerciales de televisión se ha anulado en la práctica, porque los tiempos del Estado de los que gratuitamente disponen, se han aprovechado para romper reglas electorales y mediante subterfugios destacar a sus candidatos, aún antes de que hacía su interior se celebren las asambleas con facultades para elegirlos. El efecto es también pernicioso para una democracia verdadera que debería empezar en la vida interna de los partidos.

Es así entonces vital tomar en serio el gran avance que aporta Sartori en su lúcida profundización del tema de la televisión en contra de la libertad y la información objetiva como presupuesto de la democracia y la necesidad de respeto al sufragante para que su decisión tenga bases racionales y no sólo de estímulos visuales. La labor en tal sentido descansa en los partidos políticos para que sus contiendas sean de veras honestas y transparentes, haciendo que las propuestas sean comprensibles, viables y claras para que, quien triunfe en una elección, se vincule con sus ofrecimientos y no atrape incautos o compre votos por las necesidades de las mayorías electorales.

El movimiento “132” que en la campaña increpó a Peña y a Televisa en la Universidad Iberoamericana y que fundo el “#YoSoy132”, fue una incontrovertible respuesta a la corrupción política vía medios electrónicos que denuncia Sartori. Su permanencia debe ser rescatada en la próxima elección antes de que, lo que queda de democracia se extinga, para dar paso franco a la post-verdad institucionalizada. El caso Donald Trump lo ilustra elocuentemente.

 

 

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