¡Santo dedito!

Lo grave, lo imperdonable, es que nuestras autoridades no atiendan las recomendaciones de los especialistas en finanzas y economía

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Usted ya sabe quién era la abuela Virgen (la de los siete embarazos, la del lado materno), sabe también que era más católica que Torquemada, mejor cocinera que Vatel y de no muchas luces. Bueno, lo que no sabe es que jamás, pero jamás de nunca, por ningún motivo y por nada del mundo, cocinaba o permitía carne de cerdo en su casa. La razón era que siendo niña, en 1907, en Toluca, una familia entera murió por haber comido carne de cerdo (el abuelo Armando decía que su amigo del alma, el gran doctor y personaje, don Gustavo Baz, opinaba que había sido un caso raro de triquinosis). Pero para la abuela, la conclusión fue esa y para toda su vida: ¿carne de cerdo?, ni tostada. Hacía unas carnitas de res… exquisitas, por cierto.
Repite este menda que es muy correcto que nuestras autoridades nos alerten sobre ese tema que ya harta: el coronavirus, Covid-19. Y también le insisto en que nos debemos sujetar a las disposiciones de los que saben de esto (no, el Presidente, no… si usted quiere seguir sus consejos, comprar su estampita del Sagrado Corazón o ser honesto para ser inmune… se lo va a llevar la parca, mi estimado; eso funciona solo para él, por ser él… y porque un equipo médico lo cuida las 24 horas del día, digo, no le vaya a creer).
También es de justicia decir que el Presidente en esto de la pandemia, la tenía muy difícil; si apretaba el botón de alarma desde el principio, se diría que desató el pánico; si esperaba, como esperó: es un irresponsable. Cosas de esa chamba.
Lo cierto es que viene lo peor. Sí y se repite: hay que seguir las advertencias médicas, no se vale ponerse en modo menso; pero, es aconsejable no ponerse en modo trágico: los datos disponibles reales sobre el Covid-19, no son conocidos, ni se pueden dar como absolutamente ciertos. Punto.
Si alguien sabe de esto de la epidemiología, de la ciencia de datos e investigación clínica, es el doctor John P. A. Ioannidis, uno de los científicos más citados en literatura médica en el mundo; autor del estudio “Por qué los hallazgos de investigación más publicados son falsos” (1 de agosto de 2005), que es el documento más descargado de la Biblioteca Pública de la Ciencia (Public Library of Science), y en el portal Mendeley de publicaciones científicas. Es un epidemiólogo, especialista en prevención de enfermedades, experto en ciencia de datos biomédicos y matemáticos, y codirector del Centro de Innovación Meta-Investigación en la Universidad de Stanford (California, EUA).
Bueno, pues este señor pone en duda los datos publicados sobre el Covid-19; dice: “La actual enfermedad coronavirus, COVID-19, se ha determinado como una pandemia que se da una vez en un siglo. Pero también puede ser considerada como un fiasco de una vez en un siglo”. No niega que exista ni que se esté regando, lo que sabe es que los datos publicados no son duros.
Si le interesa el detalle, ahí lo encuentra en la red, en el Infobae de ayer o en la publicación médica STAT donde publicó el artículo dedicado al Covid-19 que comentamos ahora; pero leamos al menos algo:
“La única situación en la que se probó una población cerrada completa fue en el crucero Diamond Princess y sus pasajeros en cuarentena. La tasa de letalidad fue de 1por ciento, pero esa era una población mayormente de edad avanzada, en la cual la tasa de mortalidad de COVID-19 es mucho más alta”.
Sostiene que no se puede saber a ciencia cierta si será cinco veces menos letal o cinco veces más mortal. Simplemente no hay datos verificables, confiables, científicos. Y agrega:
“Ese enorme rango afecta notablemente la gravedad de la pandemia y lo que debe hacerse. Una tasa de letalidad de 0.05 por ciento en toda la población es menor que la influenza estacional. Si ese es el ritmo real, cerrar el mundo con consecuencias sociales y financieras potencialmente tremendas puede ser totalmente irracional. Es como un elefante atacado por un gato doméstico. Frustrado e intentando evitar al gato, el elefante salta accidentalmente de un acantilado y muere”.
No se equivoque: esto no da seriedad a las estampitas presidenciales. Es un científico diciendo que no tenemos información completamente verificada. No dice que no hagamos nada, pero aclara: “(…)  incluso algunos de los llamados coronavirus de tipo resfriado leve o común, que se conocen desde hace décadas pueden tener tasas de letalidad de hasta el 8 por ciento cuando infectan a personas mayores en hogares de ancianos. De hecho, estos coronavirus “leves” infectan a decenas de millones de personas cada año, y representan del 3 por ciento al 11 por ciento de los hospitalizados en los Estados Unidos con infecciones de las vías respiratorias inferiores cada invierno”.
Lo que sí es indudable es que el daño masivo ya causado por el Covid-19, es en las finanzas, la economía y el mercado. En número de enfermos y fiambres, todavía es diminuto, como lo oye (lee).
Y no se trata de una conspiración misteriosa de unos perversos ricos y poderosos. No. Es un caso más de pánico. Nada más… otra cosa es que haya quienes lo aprovechen, ya sabe, a río revuelto.
Acá en nuestra risueña patria, desde el punto de vista médico y de salud pública, las cosas discurren bien, en serio. Lo grave, lo imperdonable, es que nuestras autoridades no atiendan las recomendaciones de los especialistas en finanzas y economía.
Antier, por la noche, hubo reunión urgente del gabinete en Palacio Nacional, se filtra información que permite suponer que le hablaron claro y fuerte al Presidente, sin faltas de respeto, pero con firmeza. Aparte de la información científica que puso sobre la mesa el Secretario de Salud (su nombre no importa, es don Florero), la de Trabajo, Luisa María Alcalde le puso las peras a 24 al Presidente: tiene que apoyar en serio a las madres trabajadoras; y Herrera el de Hacienda, puso quietos con números indiscutibles a la Nahle (Energía), al Bartlett (CFE) y parece que consiguió que Pemex abra las puertas a la inversión privada… parece, porque a fin de cuentas todo queda en lo que diga un dedito, un ¡santo dedito!

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