¿Qué ha pasado con la democracia?

Imperativo sanar y sujetar el ejercicio del poder a la ley escrita, a la ética y a los principios republicanos en política

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Vicente Fox. Falta de referentes sólidos de carácter intelectual y de naturaleza ética lo hicieron transferir su ignorancia conceptual de la política a una banal etapa sin mayor trascendencia

Como “la concupiscencia del poder” (ambición desmedida por bienes materiales y placeres de todo orden) resumía el maestro Adolfo Christlieb en los 60 la enfermedad psicológica que caracterizaba a los gobiernos priístas de la época y que tendrían que someterse a la terapia democrática para sanar y sujetar el ejercicio del poder a la ley escrita, a la ética y a los principios republicanos en política. El ex rector de la UNAM Pablo González Casanova describía la decadencia de los políticos que llegaban a altos cargos con la sentencia de que: “los inteligentes se vuelven tontos y los tontos de vuelven locos”. El politólogo Daniel Cosío Villegas acuñó el término “estilo personal de gobernar” para describir el desempeño del cargo a partir de pulsaciones y deseos personales, al margen de parámetros axiológicos, teóricos y cálculos de realización viables.

Así, la compulsión por la riqueza y la entrega a los deleites de la imaginación del dominio de todo, generaron una cadena de imitaciones que acentuaron la transformación que sufrían quienes ascendían al poder, cada vez más acentuada peligrosamente en el “egocentrismo” proclive a una patología irreversible.

Un psiquiatra amigo en tiempos de Vicente Fox lo calificó como “narcisicópata” que, por falta de referentes sólidos de carácter intelectual y de naturaleza ética, lo hicieron transferir su ignorancia conceptual de la política a una banal etapa sin mayor trascendencia. Se encerró en el círculo de su vida íntima aislándose del mundo real para vivir hedonísticamente el idilio del cargo y sus prebendas, alejado de cualquier otra medida que lo perturbara o lo incomodara. Hoy mismo, con idéntico desplante de cinismo, critica a López Obrador sin la mínima autocensura cuando este repite lo que él hizo en los inicios de su periodo presidencial.

Fox inaugura un nuevo estilo de gobernar frívolo, improvisado, irresponsable que lo llevó a depender más de las confidencias de alcoba, siempre ilusorias que, de la fuente de la realidad nacional que nunca logró entender. Al igual que López Portillo dilapidó la riqueza petrolera con la pérdida otra vez, de la gran oportunidad de apalancar el desarrollo nacional en esos amplios recursos. En ambos se repite con mayor gravedad en el primero, que fue un hombre formado y de mayor nivel cultural que el segundo, haber caído en la trampa de querer gobernar encerrados en el castillo buscando culpables del desastre fuera de su contorno.

Ahora, lamentablemente, el fenómeno se repite y, gradualmente, adquiere nivel de honda preocupación. Andrés Manuel López Obrador llega con una historia de aciertos críticos a sus antecesores que prendieron la mecha popular del rechazo a prácticas ominosas que, a nuestro pesar se reeditan hoy como los vicios que antaño le afligían. El “presidencialismo” más que un término abstracto significa el exceso de lo que sería un régimen “presidencialista” equilibrado como la Constitución lo conforma para dirigir la nación con un liderazgo democrático, jamás sectario, personalista y autoritario. Con ello está marcando las decisiones públicas con notorios extravíos que van degenerando en francas imposiciones.

Buscando las causas de este yerro cada vez más constante, podrían encontrarse en una limitación intelectual de sustentos teóricos de la política y el derecho que dan lugar a una salida pragmática fría y personalista. Es obvio que esta ausencia de un marco teórico necesario como premisa, para una decisión estratégica en su aplicación, da lugar a buscar refugios psicológicos para salir del paso, recurriéndose al camino de menor resistencia que es el de culpar a otras tantas personas, como a seres imaginarios, para descargar la propia responsabilidad. ¡Cierto¡ se parte de un diagnóstico claro e incontrovertible, la corrupción es el cáncer de la política, la terapia no es la simplicidad de la acusación a diestra y siniestra deseando el resultado, exige el cambio a una verdadera planeación, administración, programación y ejecución; nunca la improvisación y la fuerza de la popularidad por sí mismas, van a resolver el problema. Por el contrario podría ser contraproducente para el sentido del buen gobierno.

No le falta razón a quienes aprecian un gran parecido con Donald Trump en su actuar pragmático, sin sustento teórico, directo e inmediato, que cree dominar todas las áreas nacionales e internacionales como si el acierto fuera inmanente al cargo presidencial con gran respaldo de legitimación electoral. Datos interesantes para sostener esta opinión se aportan al hablar de su “prontísimo” las más de las veces irreflexivo, utilizando una visión histórica para asirse a ella sin línea de tiempo y circunstancia, acudiendo a un especie de paranoia pidiendo al Rey de España, al Financial Times, al Papa, al FMI, pidan perdón a México por haber permitido o contribuido a lo que es hoy.

Estos pensamientos trasladados a posiciones públicas pueden proceder de una fijación infantil no superada, que busca el subterfugio típico de una tendencia psicópata para no reconocer la propia responsabilidad y que, finalmente, desencadena un maniqueísmo reductivista entre buenos y malos exclusivamente. Lo peligroso es el que esté naciendo un grado superlativo de “estilo de gobernar” más acentuado. El caso de la Gran Bretaña con Boris Johnson, Bolsonaro en Brasil, etcétera están poniendo en duda la eficacia del camino democrático. La fórmula que acabó con la Segunda Guerra Mundial, no extirpó para siempre las debilidades humanas que al contacto con el poder traicionan sus imprescindibles principios, que requieren ciencia, filosofía y técnica para su aplicación.

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