Por educación, AMLO debiera usar cubrebocas

Al menos para no escupir a quien esté cerca. Pero ya prometió hacerlo cuando termine la corrupción

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Este viernes, el Presidente López Obrador prometió que usará cubrebocas… cuando se acabe la corrupción.

> Sí es ejemplo de lo que predica en cuanto a vida austera, alejada de los lujos del pasado en la alta clase gobernante, el Presidente debería serlo también en lo más elemental

Ano dudar, el amparo que el PAN interpondrá ante el Poder Judicial de la Federación para obligar al Presidente López Obrador a usar cubrebocas, más que interés para obligar al mandatario a dar ejemplo a la población cuando nos acercamos a los 60 mil fallecidos (la “catástrofe”, según el subsecretario de Salud, Hugo López Gatell) y al medio millón de contagiados por el coronavirus, es un ardid político que, sin embargo, tiene que ver con la realidad.

El viernes, en la presentación del plan para la adquisición de medicamentos, equipos médicos y vacunas, todos los funcionarios del gobierno federal, Jorge Alcocer, Marcelo Ebrard y Julio Scherer, participaron sin cubrebocas; no se lo colocaron ni siquiera cuando se acercaban peligrosamente uno a otro para platicar confidencias, no obstante que el secretario de Relaciones Exteriores suele usarlo en todo momento, al menos cuando hay fotógrafos.

Todo es contrasentido.

¿Por qué se sentirían obligados a usarlo, si el jefe lo repudia?

Así como López Obrador es ejemplo de lo que predica en cuanto a vida austera, alejada de los lujos del pasado en la alta clase gobernante, debería serlo también en lo más elemental.

Debe tener conciencia que en la pandemia es urgente y prioritario algo tan simple como usar cubrebocas, al menos como rasgo de educación para no escupir al vecino.

Ocasionalmente lo ha usado, como en el avión en el viaje a Washington porque dentro de la nave no lo protegían ni su fuerza moral ni los amuletos, pero por su terquedad proverbial o por consejo de su científico de cabecera en materia de salud, López-Gatell, en la vida diaria lo desprecia muy a pesar de que vive en la Ciudad de México en donde la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, recomienda su uso en los espacios públicos y en los reducidos también.

Pero tan ardid político es el amparo del PAN como la lamentable respuesta del presidente que en la mañanera del viernes aprovechó el viaje para remachar su campaña contra la corrupción.

Dijo que se lo colocará cuando acabe la corrupción.

Y ya entrado en su materia favorita, propuso un acuerdo: “acabemos con la corrupción y entonces me lo pondré y… ya no hablaré”.

No estaría mal hacerle caso, pero si ha escuchado a su científico, debería saber que el tapabocas nada tiene que ver con la corrupción, sino con al menos una demostración de educación que permite no escupir a quienes nos escuchan de cerca.

TAMBIÉN VALE TAPARSE LA BOCA

En el contexto de esta contienda mundial, el cubrebocas es un auxiliar que, aunado al resto de medidas, sana distancia y lavado constante de manos, por ejemplo, en algo ayuda.

Su uso obligatorio desde que empezó este infierno quizás habría ayudado a que no vivamos las cifras terroríficas que no parecen preocupar a su gobierno.

Ya está probado que, excepto a él que es el único hijo laico de Dios, la fuerza moral, los detentes, escapularios y tréboles de cuatro o cinco hojas en nada ayudan, al contrario del cubrebocas que, en la calle, los parques y transporte público o en donde no es posible eludir la cercanía de las personas, sí evita la proliferación de contagio.

López Obrador debe entender que no sólo debe ser ejemplo de austeridad y honestidad, sino en otros muchos aspectos. En tiempos de pandemia lo que importa es su lavado constante de manos, que sólo él sabe si lo hace, y el uso del cubrebocas.

La cuestión es que según su leal saber y entender confunde cubrebocas con tapabocas. Se equivoca, aunque no estaría mal que ocasionalmente guardara un poco de silencio porque llega el momento que aturde con su discurso monotemático sobre el pasado neoliberal corrupto y la Cuarta Transformación honesta que pudo haber sido prédica de Jesús el Cristo hace 2 mil años y sigue sin funcionar.

Hablar de lunes a viernes en la mañanera y en sus videos de fin de semana es su derecho consagrado por la Constitución, además una estrategia política que ganó al imponerse en las elecciones del 2018, pero usar cubrebocas es una obligación mínima para que los millones de mexicanos que aún creen en él se convenzan de la necesidad de utilizarlo para que salgamos más pronto y con menos daño de la epidemia.

Pero difícilmente lo usará mientras López-Gatell se empecine en hacer mofa del cubrebocas y en tanto no llegue el momento de achacarle a alguien desechable, como la tela que impide que vía la saliva el virus viaje hacia la boca y los ojos de otras personas, el desastroso manejo gubernamental de la epidemia.

Y el material desechable si la epidemia se sigue yendo de las manos, será irremediablemente el científico de Palacio Nacional, cuyas alertas debieron prenderse el viernes con la rebelión de una tercera parte de gobernadores a quienes ya tiene hasta la madre.

El subsecretario de Salud debe pedir a López Obrador prestarle por uno o dos meses sus detentes como medida extrema para que no lleguemos a las 60 mil defunciones o a los 500 mil contagios, porque si ocurre nadie, ni el presidente le garantizarán que su cabeza siga en su lugar.

Por lo pronto, López Gatell debería explicar a su fan número uno que aún con cubrebocas puede seguir pronunciando sus discursos contra la corrupción; distorsiona un poco la voz, pero se entiende.

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