Política exterior trastocada

Triste posición de ‘espera y aguanta’; ineptitud manifiesta se combina con debilidad

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Todavía hoy, a seis meses de distancia de aquella estúpida e inconstitucional decisión de traer a Donald Trump, entonces candidato, y darle el tratamiento anticipado de visitante presidencial el Gobierno de la República sigue extraviado dando tumbos en una triste posición de “espera y aguanta” como bien dice la internacionalista Isabel Turrent. En una franca e irresponsable línea diplomática el gobierno de Peña Nieto, ignorando la ventaja de una privilegiada posición geopolítica que el país tiene desde la Colonia, como puente entre Europa y Asia con costas en el Pacífico y en el Atlántico que nos ubica en una condición estratégica de seguridad imprescindible para Estados Unidos. Otra vez en los actuales tiempos, -como hace meses en la campaña-, cuando Trump va de caída libre, México lo levanta e impulsa con su silencio y dejándolo hablar y hacer todo contra lo mexicano, sin que haya una sola respuesta y acción de peso para contrarrestarlo.

Isabel Turrent recuerda que lo poco bueno que tenía al PRI todavía no hace mucho, antes de Salinas, era una política exterior de dignidad que aprovechaba la vecindad para sostener y difundir los principios de derecho internacional en defensa propia y aun de países hermanos como Cuba y otras naciones fuera del hemisferio. En cambio, ahora, incluyendo el abyecto giro que Fox y Calderón le dieron a ese honroso pasado, México ha caído en la sumisión ya no sólo por la agresión verbal del primate norteamericano, sino por la inacción al quedar paralizado ignorando alternativas de acción directa aún en su propio territorio donde la opinión mayoritaria le es adversa o como las de carácter internacional cuando el agravio a tantos otros países es también manifiesto.

No hace mucho tiempo que el ex presidente de Uruguay en Tijuana, José Mujica, nos señalaba que la opción de que México recuperara su prestigio y hermandad con los pueblos iberoamericanos, era el primer camino diplomático que debería haber recorrido para detener a Trump frente a la opinión pública norteamericana que sabe el potencial de un liderazgo mexicano que pudiera resurgir a mediano plazo. Lejos de eso, el gobierno improvisa de secretario de Relaciones Exteriores, al mismo amigo del yerno de Trump que lo indujo a invitarlo, y con inocultable desconocimiento de la tradición de política exterior del país se presta Videgaray a hacerle de esquirol de Trump en el problema de Venezuela cuando, en todo caso, lo debido hubiera sido una mediación discreta utilizando el ascendiente de México para buscar caminos como otrora se hizo en el grupo Contadora hacia un cambio político concertado.

Nadie pudo desconocer, ni mucho menos la oficina de inteligencia que debe tener la Secretaría de Relaciones Exteriores, que Trump es un retrógrada que representa a la más retrasada población norteamericana ignorante, racista, presa, todavía del dogma del “destino manifiesto” que es frontalmente incompatible con la más elemental lógica de una política internacional pacifista moderna, después de la Segunda Guerra Mundial a partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Nos era obligado oponernos abiertamente y sin reparos a la política del “neoapartheid” porque no sólo eran los intereses de México, sino del futuro del planeta, pero el gobierno de Peña Nieto se hizo esclavo, como en los tiempos de Salinas cuando el Tratado de Libre Comercio no fue un acuerdo comercial entre tres países, sino la rendición total de la soberanía nacional a los designios de Washington así fuera el espécimen humano más ignorante y soberbio del mundo el que estuviera como representante de ese imperio.

Da vergüenza ver la incesante labor del Secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, como pedigüeño frente a su homólogo estadounidense Wilbur Ross. Para no contrariarlo y someterse dócilmente a las condiciones para la exportación de azúcar mexicana sin tocar, ni con el pétalo de una rosa, a la creciente importación de fructuosa que utiliza nuestra industria refresquera de origen norteamericano, por la que pagamos además regalías por uso de marcas y patentes que no se quieren incluir en la negociación para no herir susceptibilidades. De ese nivel es el entreguismo y el temor de nuestros negociadores. La ineptitud manifiesta se combina con una debilidad al grado que a nadie se le ocurre tener un plan nacionalista alternativo que es el de la utilización de nuestro gran potencial de producción de caña hacia otros cultivos de demanda internacional creciente y de mayor rentabilidad, incluyendo los que supondrían la sustitución de importaciones de granos y leguminosas.

La posición de nuestros gobernantes está tan desprestigiada que incluso el año dual México-Alemania, que trajo a Angela Markel en un momento tan especial para cerrar filas en torno a un frente compartido contra la locura de Trump ante su  salida del acuerdo de París (que se reforzaría con la mexicana ex canciller Patricia Espinosa, como secretaria ejecutiva de la Convención del Cambio Climático cuya cumbre tendrá lugar en Bonn Alemania) se convirtió en una ocasión más en la que la lideresa germana irritada ocupara, la mayor parte de sus discursos en regañar a Peña Nieto por el atraso económico, la violencia, la corrupción, la victimización a periodistas, la trata de personas, la falta de regulación de los inmigrantes y, en pocas palabras, la ausencia de un estado de derecho.

 

 

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