Peligroso trivializar la historia

Proceso de integración no debería ser interrumpido por resabios inútiles que pueden equivocar un mejor destino para todos los mexicanos

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Andrés Manuel López Obrador. ¿Disparate?

La memoria histórica no puede ser convertida en delirio obsesivo contaminado de subjetividad e ignorancia. El tema de la llegada de los españoles en 1519 a la gran Tenochtitlan al mando del capitán Hernán Cortés, aclarando que no era España tal cual hoy es, en tanto se trataba del reino de Castilla, pero al fin y al cabo el hecho histórico es incontrovertible. La calificación de dicho suceso y los que derivaron del mismo ha sido objeto de innumerables análisis y estudios que se coronan con la magistral síntesis que logró José Vasconcelos al señalar que la cultura ibérica y las múltiples culturas en el nuevo continente se fueron integrando en un sincretismo del que nació el mestizaje que da lugar a la nueva identidad mexicana. De aquí que el tema planteado por el Presidente de la República en tono de reclamo al Vaticano y a España solicitándoles una disculpa pública sobre el genocidio que hoy, hace 500 años se iniciara, se encuentra evidentemente fuera de razón que lo justifique. Por el contrario frente al supremacismo y racismo en boga, la síntesis lograda de la gran Tenochtitlan, la Nueva España y el México de ahora para conformar una civilización incluyente, debería ser el estímulo y política educativa nacional para conformar una nación a plenitud.
Volver al tema que si bien podría ser materia de uno más de las miles de investigaciones que lo abordan y evocarlo hoy en boca de quien ha dicho que busca la conciliación nacional, es por lo menos un despropósito. Dimensionarlo a nivel de agravio abierto ante dos estados extranjeros y sus titulares contemporáneos es, en rigor, un extravío de alcances insospechados. Si se tratara de valorar la intención de ello, en ningún sitio cabría una explicación en términos de obtener para los mexicanos algún beneficio o la satisfacción de una aspiración guardada. Más bien cabe dentro de lo que se podría llamar un disparate que deja en tela de duda la respetabilidad del Presidente de México en el inicio de un periodo que lo marcará durante el curso del mismo.
El acontecimiento histórico de la llegada de Hernán Cortés desde Veracruz, donde había fundado el primer ayuntamiento de América en la Villa Rica, había estado lejos de ser una ocupación violenta. Se trataba de abrir los nuevos espacios para la gloria de la Corona y ganar el mérito del hallazgo que finalmente cambiaría la historia del mundo. La llegada a Tenochtitlan fue de sorpresa para ambas partes, Moctezuma Xocoyotzin recibió al visitante con todo el protocolo de un jefe de estado que abre las puertas a lo desconocido sin resistir ni visualizar futura violencia. Al hospedar a la soldadesca española en el Palacio de Axayacatl donde supuestamente estaba resguardada una riqueza inimaginable despertó la ambición desmedida y enajenante que trastocó el proceso político y generó la respuesta de defensa del pueblo Mexica y la suma de otra parte del mismo, contra su gobernante. Así se inicia lo que después sería una guerra crudelísima que al final se pierde para el imperio prehispánico más importante, con un saldo de 70 mil muertes. Este es un dato que demanda mayor profundidad para una mejor comprensión histórica pero no, para alimentar un resabio y resentimiento, que ha sido superado.
Es también lamentable lo que por prejuicio se elude que es la comparación de la política española en la obra del arribo a nuevos territorios desconocidos y habitados por personas ahí nacidas, con la simple concertación de europeos de diversos países que se lanzaron al Norte del nuevo continente para encontrar propiedades territoriales para sus propósitos personales amparados por la protección de la armada inglesa destinada a la incautación de las riquezas que se trasladaba a la península Ibérica. La misma diferencia debe advertirse con la llegada de Portugal al Occidente de Sudamérica al haber concebido la licencia para la explotación de sus riquezas, lo que incluso implicaba la traída de esclavos africanos al igual que lo harían los Estados Unidos de Norteamérica. En estos dos casos se sobrepuso la ambición y la ausencia de referentes morales humanitarios al ocupar sin compartir los territorios a costa de extinguir a sus habitantes. Para España había frenos y desde luego sin haber faltado la barbarie y el exceso en muchos casos, operó también la virtud de la solidaridad y la demanda del respeto del derecho de gentes y sus leyes para garantizar el reconocimiento de la igualdad cristiana en el mismo origen universal del hombre americano.
Las consecuencias de ambos comportamientos son elocuentes. En Estados Unidos los autóctonos son excluidos cuando no extinguidos “como necesidad de un mal menor”. En los dominios portugueses prevaleció la codicia y el afán de lucro para lo que se justificaba la importación de mano de obra y el negocio lateral de la trata de personas y compra-venta de esclavos. En México el proceso largo y difícil de mestizaje que inició Hernán Cortés con sus propios hijos a quienes mantuvo el apellido y reconocimiento, fue naciendo una nueva nación con los distintos pueblos de la policromía cultural que también habían experimentado el dominio del impero Azteca y su lengua Náhuatl en todo el extenso territorio antes de ser mutilado en su mitad septentrional. Hasta la fecha nuestra patria mantiene un proceso de integración que no debería ser interrumpido por resabios inútiles que pueden equivocar un mejor destino para todos los mexicanos.

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