No me iré de México

Ser popular no es mi trabajo, afirma el Presidente Peña Nieto en entrevista exclusiva a IMPACTO; 'los que no me quieren mucho me han querido enfermar desde que arranqué la administración, pero mírenme… Ni agobiado, ni enfermo… Anímicamente echado para adelante, con el mismo entusiasmo del inicio’

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Por deformación profesional llegas a Los Pinos cargando todas las leyendas urbanas que se cuentan de Enrique Peña Nieto en la calle y en las mesas de políticos y periodistas expertos en la vida pública del país, algunos de los cuales dicen saber cada uno de sus pasos y palabras, todo lo que ocurre dentro de la residencia oficial.

Esperas encontrar a un Presidente cansado y agobiado por los embates del Presidente Donald Trump.

Tiene un día difícil; por la noche arribarán a México los enviados plenipotenciarios del rey del mundo, John Kelly y Rex Tillerson. Por si fuera poco, dos días antes encabezó dos reuniones fatigantes, inéditas en su Presidencia y en todos los sexenios de este y el siglo pasado, con los 60 periodistas más conspicuos de la radio, televisión y prensa escrita, para explicarles la decisión traumática del gasolinazo y sus expectativas ante el imprevisible mandatario norteamericano.

Sería natural que al encuentro con IMPACTO se presentara fatigado y hasta hastiado. No se vislumbra una jornada fácil.

Sin embargo, apenas lo ves venir al ritmo frenético de su paso veloz, que sofoca a la escolta formada por Eduardo Sánchez y Jorge Corona, te resulta evidente que son meros cuentos los que circulan en las columnas y comederos políticos sobre su salud, agobio, desánimo y abdicación de su encargo en beneficio de uno, dos o tres válidos que todo lo dominan.

Al final del encuentro, reseñado en dos entregas anteriores en IMPACTO, El Diario, IMPACTO TV, nuestro portal electrónico impacto.mx y, a partir de hoy, en nuestro canal de Youtube, le digo que lo veo delgado y le recuerdo que años atrás, cuando todos éramos jóvenes, solía leer las recomendaciones de una tarjeta para ordenar los alimentos en comidas y desayunos. Acepta que quizás estaba, entonces, un poco excedido de peso y que se sujetaba a algún régimen dietético, pero revira bromeando al reportero sobre la “delgadez”: “Se nota que te preparaste para la entrevista; corres más que yo”. Es obvio que se refiere a que en los tiempos de la “tarjeta” yo sí lucía kilos de más, pero no muchos; bueno, no tantos.

Para aprovechar el clima coloquial le comento que de verlo tan delgado, los especuladores aprovechan para enfermarlo; cada fotografía que se publica es escudriñada con lupa para localizar síntomas.

“Los que no me quieren mucho me han querido enfermar desde que arranqué la administración, pero mírenme. ¿Para qué pregono que estoy bien? Me siento bien, anímicamente echado para adelante, con el mismo entusiasmo del inicio. Ser Presidente es un privilegio, una oportunidad de vida que tu país te da para servir”, explica.

Es ocioso detallar el contexto que vive el país para preguntarle si se siente agobiado. “Ni agobiado ni enfermo. Concentrado en la tarea de servir a México… para que tenga un buen futuro”.

‘¡SIEMPRE ESTARÉ EN MÉXICO!’

La atmósfera en que se desarrolla el encuentro permite abordar la caída de su popularidad, un tema que los más sensatos recomiendan no tocar, pues inició la conquista de la Presidencia con índices nunca antes vistos y hoy se acerca al sótano. Le comento que fue más popular aún que su paisano Adolfo López Mateos, pero que corre el riesgo de concluir su mandato siendo el menos del Siglo XXI.

Sin decirlo, recuerdo cuando, en campaña, la multitud, en especial la femenina, lo recibía al grito de “¡Enrique, bombón, contigo hasta el colchón”!; en Acapulco escuchaba gritos más picarescos que lo hacían ruborizar.

Que ya no sea popular no parece una buena pregunta a formular en su casa, pero no puedo dejar de hacerlo: ¿Le afecta dejar de ser popular?

El Presidente atrapa la intención del comentario; intuye que me encamino a preguntarle si la falta de popularidad, traducida en impopularidad, lo obligará a abandonar el país al terminar su mandato, en una especie de autoexilio, al menos por una temporada: “¡Viviré en México! ¡Siempre estaré en México!”.

Explica que la popularidad no es, nunca ha sido, el trabajo que todos los días lo aliente e inspire.

Todo Presidente, dice, tiene la mayor responsabilidad en el orden político, “ser el jefe del Estado mexicano, servir a México y lograr que las políticas que uno lleva a cabo conduzcan al país a mejores condiciones. Esa ha sido mi tarea y la mística. A su amparo me he entregado a este deber, a esta responsabilidad de ser. Todo Presidente no tiene otro interés que dar lo mejor de sí”.

Temo porque la entrevista termine siendo una recopilación de discursos, pero Peña Nieto no concede cuartel. Explica que lo suyo no es estar pendiente de si es popular o si no tiene grados de aceptación.

Entonces, hace un recuento de lo que ocurre en el mundo. “En todas las democracias, los liderazgos están siendo sujetos de un enorme desgaste y de una baja evaluación”.

No se acoge a este fenómeno mundial para justificar su caída a un dígito, según algunas estimaciones, cuando apenas dos años atrás lo calificaban de “rockstar”.

“No quiero encontrar en este argumento una justificación; no es privativo de México. No es justificante de lo que está pasando aquí, pero al final de cuentas no me mueve; quiero dejar en claro que soy un Presidente que no trabaja para cuidar sus niveles de popularidad, sino para servir a los mexicanos”.

Apenas nos sentamos le advierto que cuando tenemos enfrente a un jefe de Estado, algunos periodistas solemos sucumbir ante el ego que nos aconseja convertirnos en la noticia; yo estoy luchando, le digo, contra esa… Como advierte que el terror escénico me impide encontrar la palabra adecuada, completa la oración: ¿“Tentación”?

Entrados en gastos le digo que como se me presenta la ocasión de preguntarle lo que él no sabe, porque no frecuenta mesas de restaurante ni camina por la calle, y un cierto muro impenetrable que lo aísla (alguna vez en este espacio le llamé “Triada”), inquiero si le gusta su equipo, su gabinete, porque a mucha gente y a connotados priístas no les entusiasma. Le adelanto que parece que ha habido exceso de mexiquenses.

No duda ni el tiempo de un suspiro: “Me gusta el equipo y me siento sumamente orgulloso; cuando he estimado que debo hacer ajustes los he hecho y los haré si eventualmente lo considero necesario. Me siento muy orgulloso y agradecido con el equipo que me acompaña”.

‘LADRILLO SOBRE LADRILLO’

En estas condiciones se impone preguntar: ¿Cómo le gustaría ser recordado?

“Como el Presidente que sirvió al país; no espero mayores reconocimientos y expresiones. Lo único que quiero guardar en mí es el reconocimiento al Presidente, sí, pero también a su equipo, en su justa dimensión, que me ha acompañado para poder aportar a la construcción de una mejor nación.

“Ese es mi único interés: Poder ser recordado como un Presidente que pudo servir, de manera muy importante, en la edificación de una nación y que fuimos capaces de crecer en una forma más acelerada de lo que se pudo haber hecho en el pasado”.

Le recuerdo, de nueva cuenta, aquella charla de mayo de 2006, antes de la elección de Felipe Calderón, cuando su pendiente era no cometer un error que dañara al Estado de México; un error hoy podría dañar al país.

Aquellos, le digo, eran tiempos en los que intentaba, sin mucho éxito, eludir el tema de sus aspiraciones presidenciales para 2012.

“Entonces tenía muy claro que la Presidencia no era mi objetivo… (lo concebí) al final de la administración. Siempre lo dije con convicción, aunque nadie me creyó (yo tampoco le creía). Igual me ocupo hoy; no tengo otra motivación que servirle a México, lograr cumplir que sea importante esta modesta contribución positiva para el desarrollo del país.

“Ir pegando ladrillo sobre ladrillo. Deseo que este esfuerzo no sólo sea de un ladrillo, sino de 3, 4 o 5 ladrillos, para acelerar el ritmo de crecimiento frente a lo que hay adelante, un México más democrático”.

Es entonces cuando expresa su deseo de que esta situación nunca cambie, que México siga siendo un país democrático en el que sea la ciudadanía la única que defina quiénes sean sus autoridades.

Y nos enredamos en la cuenta de los tiempos. Le pregunto si imaginó, alguna vez, esta ruta final de su sexenio. Me corrige de inmediato: “No es el final; estamos en el tercer tercio”. Para no perder el debate le insisto que, de cualquier manera, es el último.

Explica que estamos en el tercer tercio, el último, de un gobierno con vocación democrática, que respeta las distintas opiniones, la pluralidad, pero que fija cuál es la ruta; ha sido fiel a los 5 ejes centrales que postuló al inicio: Un México más incluyente, más próspero, con educación de mayor calidad, como actor con responsabilidad global y mayor seguridad”.

¿En que se ha traducido?, se pregunta. Habla de la agenda del cambio, que no se había producido en ningún otro gobierno, que nos lleva a tener el mejor blindaje para que el país pueda hacerle frente al escenario difícil y adverso que el mundo está enfrentando. Hay desaceleración económica; el mundo no está creciendo; los países que tenían tasas de crecimiento de 2 dígitos, como los de la región asiática, lo hacen a un solo dígito. “En ese entorno, México se ha blindado a partir de las reformas”.

Dice el Presidente que no es fácil explicar qué habría pasado y qué situación estaríamos enfrentando de no haber hecho los cambios y las reformas estructurales que hoy tenemos. “Creo que el escenario sería más complicado y más difícil; el que hoy tenemos nos impone retos, por eso decisiones como la gasolina. No fue de gusto ni de muchas ganas”.

Y volvemos al tercer tercio: “Es mi interés dejar que, al amparo de las reformas, tengamos un cierre que nos permita seguir creciendo como ha venido ocurriendo; generar empleos (cifras históricas de empleo); tasas de inflación bajas y que los programas sociales sigan llegando a la población… que México siga siendo un país más democrático, con mayores niveles de desarrollo, crecimiento, y permita generar prosperidad a las familias mexicanas”.

Ha llegado el momento de apagar el micrófono y abandonar la casona presidencial, en donde se discute la conveniencia o no de que Peña Nieto reciba a Kelly y Tillerson, pero eso se analizará hasta por la noche; antes hay que agotar la abultada agenda del implacable Erwin Lino; por lo pronto ya esperan el secretario de Educación, Aurelio Nuño, y el rector de la UNAM, Enrique Graue. Luego se encontrará con Luis Videgaray y Miguel Osorio Chong para escucharles lo que tengan que informar sobre las visitas. Y después el resto.

Peña Nieto no tiene tiempo para el descanso; quizás por eso corre cuatro veces por semana y se mantiene en línea más de corredor de fondo que de galán.

Si estuviera enfermo, si viviera agobiado, no resistiría la agenda. ¿Cómo podría soportar casi 6 horas acechado por 60 periodistas, algunos genuinamente interesados en informarse y otros buscando sólo la manera de hacerse notar?

Y, por si fuera poco, a uno más que lo conoce hace poco más de tres lustros y al que para engañarlo tendría que hacer galas de dote de actor, que no tiene, el reportero que sin agresiones encuentra la manera de peguntarle si está enfermo, si va a imponer candidato presidencial al PRI, si quiere ganar el Estado de México, si le duele ya no ser popular, si se siente agobiado, si le gusta su gabinete y que si al final de su mandato piensa vivir en México.

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