Mr. Hyde en Palacio Nacional

La burla del presidente López Obrador al llamar ‘Comandante Borolas’ a Felipe Calderón con miras a justificar la incompetencia para controlar la inseguridad transformó Palacio Nacional en una carpa de vaudeville. Los índices de inseguridad son brutales y no hay estrategia clara en un gabinete de seguridad donde un subsecretario se toma el atrevimiento de negociar a motu proprio con delincuentes

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El populismo no tiene límites y puede ejercer de la manera más burda pensando que la bajeza pega a la víctima, y no a la investidura.

La burla del presidente Andrés Manuel López Obrador sobre el ex presidente Felipe Calderón Hinojosa con miras a justificar la incapacidad sobre el control la inseguridad del crimen organizado transformó Palacio Nacional en una carpa de vaudeville.

El truco consiste en satanizar al presunto culpable de sus males ridiculizando la imagen para consumo popular.

La ironía es que la Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, daba marcha atrás a la aberración de su subsecretario Ricardo Peralta Saucedo en los diálogos con grupos del crimen organizado simulados de autodefensas.

La sorna fácil es lo de Andrés Manuel, quien acorralado por algún problema aparece como el Mr. Hyde del Doctor Jekyll apenas un día después de prometer no culpar a los gobiernos pasados por los problemas del presente.

López Obrador describió a Calderón Hinojosa, en uno de sus viajes a Michoacán vestido de militar, “con una chamarra que le quedaba grande; parecía el ‘Comandante Borolas’”, dijo el Presidente en la conferencia en Palacio Nacional.

Recurre, de nuevo, a la analogía -para entendimiento del público- del golpe al avispero para explicar con el usual simplismo la disgregación del crimen organizado en la lucha abierta de las Fuerzas Armadas contra las bandas de la delincuencia organizada en el sexenio de Calderón.

En los hechos, los números actuales de muertes dolosas duplican al promedio de los años 2006-2012. Esto es, tres meses han batido récords de récords de inseguridad en lo que va del año. Julio de 2019 es el segundo mes más violento desde que se tienen registros y mayo de este año es el clímax.

A un mes en el conteo del arranque de la Guardia Nacional, del 30 de junio al 30 de julio, el impacto es totalmente nulo con el despliegue de más de 58 mil elementos que arrancaron con un desganado banderazo ante la amenaza del monitoreo milimétrico de derechos humanos de sus elementos.

El concepto es correcto, pero el problema es que no hubo tiempo para la capacitación necesaria que conjugue el cuidado de los derechos de los ciudadanos y la efectividad de los operativos, donde se dan los inevitables enfrentamientos.

Ante la amenaza de organismos de DDHH y la advertencia del Presidente a la tropa, la respuesta de la Guardia Nacional es de un cuidado paralizante y, en casos específicos, de gran riesgo de error; de plano se repliegan para no ser llevados a tribunales.

Mientras exista esa tensión, difícilmente habrá resultados tangibles, cuantificables, ya que cualquier exceso -o lo que se interprete como eso- no escapará a las indiscretas cámaras de teléfonos móviles inteligentes y a grabadoras.

Las bandas criminales conocen esa debilidad de la autoridad y utilizan armas mediáticas que se prestan a provocaciones y estrategias insidiosas. Con esta estrategia han paralizado el trabajo de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Nacional.

El ejemplo está en la misma Huacana, a donde fue el subsecretario Peralta para “dialogar” con criminales. El gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles Conejo, lo dijo con claridad al descubrir al funcionario de Gobernación en negociaciones dudosas.

Los yerros en comunicación del gobierno de López Obrador en materia de seguridad se dieron día a día.

El Presidente declaró en Palacio Nacional: “Pues él (Ricardo Peralta) tomó esta decisión porque lo invitaron a participar (grupos criminales y/o autodefensas), pero ya se habló en el Gabinete de Seguridad y se le ha pedido que se ajuste a lo que establece la Constitución y las leyes”.

No es la primera actitud truculenta de Ricardo Peralta. A principios de marzo utilizó el nombre del Presidente en falso en la Administración General de Aduanas (AGA) para engañar a su jefa Margarita Ríos-Farjat titular del SAT.

Como funcionario de Hacienda en Aduanas, Peralta se burló de la Directora del Sistema de Administración Tributaria con el propósito de modificar el procedimiento de importación de hidrocarburos, según esto, previa aprobación del Presidente López Obrador.

Ríos-Farjat lo consultó con el Director Jurídico de Presidencia, Julio Scherer Ibarra, y este le respondió que había sido a propuesta de Peralta Saucedo, pero el Presidente la había rechazado, cosa que no informó a la Directora del SAT; peor aún, aseguró que eran instrucciones del Ejecutivo.

En un memorándum fechado el 4 de marzo, Ríos-Farjat reclamó a Peralta el atrevimiento: “Me informa el comité que se pretendió justificar diciendo que habían sido instruidas por el Ejecutivo Federal, situación que además, y en todo caso, usted omitió informarme como correspondería. Al no contar con una instrucción por parte del Titular del Ejecutivo (el presidente Andrés Manuel López Obrador) que confirmara lo anterior se consultó al respecto con el Consejero Jurídico del Ejecutivo Federal (Julio Scherer), quien aseguró que esa idea fue propuesta por usted, pero rechazada por el Presidente”.

Quedará la duda si la función de las “autodefensas” es apoyar al gobierno de la Cuarta Transformación a combatir el crimen; lo cierto es que López Obrador, de plano, lo rechazó: “Pienso que fue un error promover estos grupos porque fueron en algunos casos, en la mayoría, auspiciados por el mismo Gobierno; creo que eso no corresponde a lo que establece la Constitución”.

Las escenas son de humor involuntario, donde, en apariencia, el Presidente es el último en enterarse y en lugar de frenar la imprudencia de un subsecretario que se va por la libre con el crimen revienta contra el ex presidente al llamarlo “Comandante Borolas”.

En realidad le hace un favor a Calderón y Margarita Zavala Gómez del Campo; nada mejor para un movimiento de oposición llamado México Libre, en formación de partido, que lo focalicen como el contrincante número uno y lo suban al ring presidencial para decirle al presidente que “le quedó grande el cargo”.

 

 

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