Los sótanos del poder

Tras los hechos violentos en Jalisco, urge que el Gobernador Enrique Alfaro, que habló de “intereses muy precisos y muy puntuales”, los identifique, y que el Presidente López Obrador actúe en consecuencia

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De donde provengan, los actos vandálicos de este jueves en Jalisco tienen una clara intención de desestabilizar al gobierno local.

> Para el mandatario jalisciense gente de Morena ha intentado crear en su estado un ambiente de violencia parecido al que sufre Estados Unidos con pretexto del asesinato de un afroamericano a manos de la policía en Minneapolis

> Mal estaríamos si el Presidente se ocupara en persona de crear, operar o por lo menos ordenar o autorizar estrategias de ese tipo con la intención de desestabilizar a quienes se le oponen abiertamente. Aunque…

¿De quiénes son esos “intereses muy precisos y muy puntuales construidos desde la Ciudad de México, desde los sótanos del poder”, atrás de los actos vandálicos en la capital de Jalisco cuya evidente intención es desestabilizar al gobernador Enrique Alfaro, una de las pocas figuras con voz libre y capacidad de competir desde la izquierda con lo mejor de Morena, que es muy poco?

Por salud de la nación, es urgente que, de existir “esos intereses muy puntuales”, el remitente del mensaje, Alfaro, los identifique, y que, de no ser una salida más de las tantas que hay en política para distraer la atención, el destinatario, el Presidente López Obrador, actué en consecuencia y no se salga por peteneras.

Lo peor que podría pasar a López Obrador, que tanto gusta de citar la historia, al grado que ya ha reservado lugar para figurar al lado de Hidalgo, Juárez y Madero-, es que por él o en su nombre reeditemos la lucha del siglo XIX entre federalistas y centralistas, con las nefastas consecuencias para el País que hasta los lectores de libros de texto gratuito conocen.

No son secreto de Estado los afanes centralistas del Presidente, por más que lo niegue con vehemencia.

Ahí está, por ejemplo, la creación de superdelegados del gobierno federal, una especie de gobernadores alternos, cuya misión es controlar los recursos que el Congreso de la Unión aprueba para las entidades federativas.

Atrás de la creación de la figura del superdelegado está la inocultable intención de apoyar candidaturas a mandatarios locales, como ocurrió en Baja California con Jaime Bonilla que, dicho sea de paso, pretendió quedarse tres más de los dos años para los que fue electo.

Tarde o temprano tenía que ocurrir. La crisis de salud que ha agravado la económica que arrastramos desde antes de la pandemia, y la creciente polarización política que vivimos, atizada en las conferencias mañaneras en el Palacio Nacional, crearon el escenario perfecto para la violencia azuzada artificialmente en Guadalajara con la intención de contener a un gobernador que, como otros en diferentes latitudes del territorio nacional, se resiste a sujetarse a las decisiones centralistas del gobierno federal.

Y así llegamos a donde algunos querían colocarnos: el encono político y la lucha por el poder traducidos en violencia, como ocurre en Jalisco, según interpreta el gobernador Enrique Alfaro, y amenaza con reproducirse en otras entidades.

LA ADVERTENCIA

Para el mandatario local, gente surgida de los “sótanos del poder” del Presidente López Obrador, concretamente de Morena, ha intentado crear en Jalisco un ambiente de violencia parecido al que sufre Estados Unidos con pretexto del asesinato de un afroamericano a manos de la policía en Minneapolis.

Alfaro se ha cuidado de no afirmar ni sugerir que López Obrador esté atrás de los disturbios en la capital de Jalisco, pero fue muy enfático al pedirle que “diga a su gente y a su partido (Morena) que ojalá y estén midiendo lo que están haciendo, el daño que le están generando al país con este ambiente de confrontación, porque son ellos justamente los que han generado todo esto que estamos viviendo”.

Más temprano que tarde, Enrique Alfaro deberá identificar a quienes, desde el “sótano del poder” presidencial, pretenden crear en Jalisco un ambiente artificial de violencia con pretexto del asesinato el mayo 4 de Giovanni López en Ixtlahuacán a manos de policías municipales, porque no es una acusación menor.

López Obrador no ha respondido de manera directa a las acusaciones nada ambiguas del gobernador, pero evidentemente lo calentó la mención de su nombre y que le pidiera contener a su gente.

A las preguntas que le hicieron en la mañanera del viernes contestó de manera sesgada con los lugares comunes que suele utilizar: “no se puede enfrentar la violencia con la violencia, el mal con el mal… en todos los movimientos hay provocadores … nosotros los sufrimos y los seguimos sufriendo… llamo a los agraviados a que se manifiestan de manera pacífica…”.

Sin embargo, no pudo contenerse “¿Por qué (el gobernador) usó mi nombre?”, se preguntó: “Yo no tengo nada que ver con eso, pero que no se retracte, eh, no, no, no, ayer dijo que era yo, que me pedía a mí. Me pareció también un exceso, claro que no tengo nada que ver absolutamente, no debió mencionarme, debió señalar, si tiene las pruebas, a los dirigentes de Morena. ¿Por qué dice el Presidente de la República, por qué me pide a mí que yo intervenga con mi partido si yo actuó de forma responsable? Yo no soy dirigente del partido, no soy jefe de grupo, de pandilla, soy representante del Estado mexicano. Sé muy bien cuál es mi papel, no me voy a bajar a descender a un pleito partidista, una querella partidista, eso no me corresponde”.

Sin tanta palabrería, Vicente Fox fue más elocuente. ¿Y yo por qué? Habría sido suficiente.

A lo largo de su mandato, el Presidente ha intentado crear la certeza, como en su tiempo hizo Ernesto Zedillo, de que mantiene una sana distancia con Morena y nada de lo que hagan, digan o dejen de hacer o decir sus dirigentes y militantes tiene que ver con él, dado que no actúa como jefe de su partido, como ocurría en el pasado durante la hegemonía priista.

Sin embargo, López Obrador debe aceptar que no es fácil creerle que Morena actué sin su autorización, aunque también es de dudar que en lo personal esté atrás de la estrategia de utilizar la violencia para crear caos en la capital de Jalisco.

Mal estaríamos si el Presidente se ocupara en persona de crear, operar o por lo menos ordenar o autorizar estrategias de ese tipo con la intención de desestabilizar a quienes se le oponen abiertamente. Aunque …

EL DESATINO DE OLGA

El ex dirigente nacional del PRD, Carlos Navarrete, recuerda en un libro autobiográfico que, en ocasión de la toma de posesión de Felipe Calderón como Presidente, los diputados perredistas recibieron de López Obrador la instrucción de que la sesión en la Cámara Baja transitase de manera no normal.

Carlos Navarrete, ex dirigente nacional del PRD, señala en un libro autobiográfico que, ante la toma de posesión de Felipe Calderón, los diputados perredistas recibieron de López Obrador la orden de que la sesión en la Cámara Baja no fuera normal.

Quizás no fue culpa de López Obrador que los legisladores entendieron por anormal bloquear con curules las puertas del pleno de la Cámara y armarse con bombas lacrimógenas con la intención de hacerlas funcionar durante la sesión.

Según la narración de Navarrete, Javier “El Güero” Garza y él mismo se dieron a la tarea de desarmar a los diputados y ocultar las bombas en la cajuela de sus autos.

Es de imaginar lo que habría ocurrido si los diputados hubiesen cumplido su concepción de anormalidad, pues la Cámara estaba repleta de legisladores e invitados especiales. El pánico habría causado una catástrofe.

Alfaro no se atrevió a sugerir tanto. Se concretó a exigir a López Obrador que pida a su gente dejar de fastidiar la vida a los jaliscienses con propósitos políticos.

Pero el asunto ya está en la mesa presidencial y mal haría López Obrador en no tomar en serio las peticiones de Alfaro, más aún si sabe que antes del intercambio de diretes entre ambos intervino con desatino la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, asumiendo que el asesinato de Giovanni López en Ixtlahuacán tuvo origen en las medidas coercitivas impuestas por el gobernador para romper la cadena de contagios del coronavirus, cuando las investigaciones avanzan en el sentido de que se trata de un asunto de drogas y quizás de colusión policíaca con el crimen organizado.

Olga Sánchez Cordero, Secretaria de Gobernación, abonó al encono al asegurar que el asesinato de Giovanni López tuvo origen en las medidas coercitivas impuestas por Alfaro ante la epidemia de Covid-19.

La acusación de Sánchez Cordero fue más directa que la de Alfaro; mientras el gobernador se refirió a “gente” del “sótano del poder”, concretamente de Morena, la secretaria de Gobernación sostuvo que el homicidio del joven trabajador de la construcción a manos de la policía de Ixtlahuacán fue consecuencia directa de las medidas coercitivas impuestas por el mandatario de Jalisco para contener la propagación de los contagios del virus.

Alfaro tiene razón al sospechar una maquinación en su contra, pero debe probar que a un mes del asesinato se abrieron las puertas de los “sótanos del poder” para permitir que saliera la “gente” de Morena a usar a Giovanni y sumir a Guadalajara en la violencia, al grado que uno de los manifestantes roció con líquido a un policía y luego le prendió fuego, como ocurría en el sexenio pasado en las manifestaciones de la CNTE y de los padres de los 43 de Ayotzinapa.

El gobernador está obligado a desenmascarar a los habitantes del “sótano del poder” o al menos a quienes les abren las puertas y les confían misiones como la cumplida en Guadalajara.

Y no es desatino sospecharlo porque en la “gente” de los “sótanos del poder” de AMLO, como en la de sus antecesores, hay un cúmulo con imaginación suficiente para aprovechar cualquier circunstancia si lo que se quiere es deshacerse del adversario.

Es posible imaginar a uno o a varios de ellos con la suficiente imaginación para crear un guión adaptable perfectamente a la televisión, aconsejando aprovechar lo que ocurre en Estados Unidos a causa de la muerte de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis para recrearlo en Guadalajara utilizando la tragedia de Ixtlahuacán ocurrida un mes atrás; organizar un movimiento social similar atizado con la protesta de los llamados “famosos”, y convocar marchas a las que siempre es posible infiltrar con los habitantes de los “sótanos del poder” y dotarlos con aerosoles inflamables o bombas Molotov, como las utilizadas en el sexenio pasado en la Ciudad de México por los “provocadores”.

Los mismos que reaparecieron durante la reciente marcha femenina en la Ciudad de México y fueron captados por las cámaras ejecutando sus actos vandálicos y marcharse sin que la policía siquiera los molestara al abordar los camiones que los transportaban.

Todo con tal de destruir a un personaje como Alfaro que se la pasa dando lata al gobierno federal y ha crecido más que cualquiera de los militantes de la Cuarta Transformación.

Pronto estará López Obrador en entidades en donde los gobernadores han resentido la política centralista presidencial y manifestado su contrariedad por falta de apoyo federal; sería lamentable la propagación de episodios como el de Jalisco si “los intereses muy precisos y muy puntuales construidos desde la Ciudad de México” abren los “sótanos del poder” para que salga el tigre con que el entonces candidato presidencial de Morena asustó a los banqueros en la reunión de Acapulco.

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