Los nuevos tiempos políticos en México

Inexorablemente detonan el fin de los partidos políticos predominantes

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Las enseñanzas que arrojan las pasadas elecciones del 4 de junio, sin adentrarse en los análisis especializados por ramas de actuación que elaboran los analistas políticos, tan válidos para la geopolítica de sus operadores, pero tan distantes de los ciudadanos de a pie, es que, en México, las elecciones para representantes populares en todas sus modalidades, han quedado marcadas por los nuevos tiempos democráticos que detonan inexorablemente el fin de los partidos políticos predominantes, donde la competencia electoral se ha vuelto una realidad.

Un abanico partidista que en el país centralizó el poder en su tránsito democrático, y que ha obstruido el espejo de pluralidad y libertad que debe predominar en la vida republicana mexicana.

Un sistema político convertido en un híbrido peculiar, una combinación de remanentes autoritarios que coexisten con mecanismos democráticos, donde los políticos camaleónicos cruzan de una pandilla a otra, en búsqueda de la supervivencia presupuestaria, alejándose una y otra vez de su compromiso social.

Una democracia condenada a la baja calidad, a la representación simulada, conformándose en un mal desempeño institucional de esta función.

Comportamientos y acciones que detonan signos inequívocos que se hacen presentes y recurrentes, generadores de elecciones muy cerradas, donde ninguna representación política de acuerdo a los últimos resultados y las proyecciones futuras, se pueda justificar como vencedora en estas contiendas cívicas como representación legítima de las mayorías, aunque obtengan el triunfo, con la suma de votos que no expresa la mitad más uno de los electores.

Actuaciones y gestiones que alejan y dividen a esos electores, creando ciudadanos apáticos y votantes que se orientan más por el agravio que por la razón.

Escenarios donde su factor de convocatoria y la contención de sus adherentes de siempre, ya no les garantizan obtener un triunfo sin discusión cuando mejor actuación electoral desempeñen, identificando una plataforma de votos que no va más allá del 30 por ciento de la captación de los electores en contienda.

Los nuevos tiempos políticos de la democracia mexicana nos señalan elecciones muy competidas, impugnaciones como herramienta política para justificar o no la posición partidista, judicialización consecuente de las contiendas; arrojando por la borda años de aspiración legítima para arribar a la modernidad, trastocando el tránsito para alcanzar a plenitud la democracia de todos y para todos.

 

LAS IMPUGNACIONES Y SU FINANCIAMIENTO

Inconformidades sistemáticas y permanentes de todo tipo para los que no resultan agraciados con el triunfo, trasladando estas actuaciones a una ciudadanía que ya muestra “hastío” con estas acciones, ya que se interpreta más en agravio a la democracia que, a las instituciones y al gobierno en turno.

Contiendas cívicas que se han caracterizado más por sus gastos monumentales, onerosos y en dispendio total, que por los resultados que se obtienen.

Financiamiento público que no abona a favor de la construcción del país que se debe edificar, presupuestando una función que no ofrece dividendos para su principal sostén que es el contribuyente mexicano, el cual tiene que sobrevivir con las limitantes y austeridad que la gobernabilidad le impone.

El saldo de estas funciones: Gobiernos divididos, más preocupados por consolidar el posicionamiento personal y de su agrupación política, orillando a las representaciones populares a reinventarse a través de coaliciones o alianzas, que tienden más a pervertir la estructura democrática que se confeccionó para el México moderno, en su búsqueda incansable por la equidad, buen gobierno y justicia.

 

PARTIDOS POLÍTICOS A LA BAJA

Bien decía del filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau: “El más fuerte jamás es lo suficientemente fuerte para ser siempre amo, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber”.

Y su fuerza y deber no han sido las acciones sintomáticas para mantenerse como representación popular de parte de los partidos políticos: Revolucionario Institucional (PRI), Acción Nacional (PAN) y de la Revolución Democrática (PRD), dentro de la geometría política que lidera al país, sumándose a este recuento e identificación el partido bisoño de Regeneración Nacional (Morena).

Las cifras hablan por sí mismas, ante la descripción de éste fenómeno que con mucha antelación ya había identificado Porfirio Muñoz Ledo al señalar con cierta analogía del caso que: “Los partidos políticos se habían vaciado del pueblo”.

Resultado: En las elecciones presidenciales del 2000, PAN, PRD y PRI en conjunto obtuvieron el 90 por ciento de los sufragios; para el 2012, apenas llegaron al 60 por ciento; en 2016 perdieron 15 puntos porcentuales con respecto al 2012; en 2017 se habla de captación de votos que se marcan por tercios, donde se aprecia “repudio” electoral para estos partidos que les ha cancelado la vía para convertirse en mayoría representativa.

Atrás quedaron los slogans electoreros de “carro completo”, “en busca de la alternancia”, “la recomposición del país”, “primero los pobres”.

Lemas confeccionados para atrapar conciencias y ganar adeptos que han perdido significado y efecto, porque los partidos políticos se conducen para defender sus intereses personales y de grupo, por encima de la representación ciudadana para los que fueron electos, y la ciudadanía ya los identifica y castiga electoralmente.

Estos personajes no obstante que se les señala, cuestiona y hasta encarcela, se han distanciado de sus representados, porque no ha sido su prioridad atender sus demandas y necesidades.

Políticos que se encuentran distantes de construir los escenarios para una impartición de justicia y equidad que la modernidad reclama, apartados de edificar consensos dentro de la pluralidad política en la que conviven, traduciéndose en una disparidad política paralizada para detonar el desarrollo del país que se requiere, por no sustraerse de las canonjías que perciben, identificándose más por disfrutar los beneficios de su cargo que, desempeñar eficientemente su función parlamentaria.

Apegados y aferrados a los privilegios que la representación les proporciona, abusando, derrochándola hasta el límite de la ineficiencia, cuando su principal aportador se debate ante decenas de carencias, y otro sector poblacional en la pobreza que lastima.

 

LA SUPERVIVENCIA

Ha quedado muy bien identificado que todo personaje que arriba al poder, ha perdido la esencia del por qué ha llegado al poder.

Para la mayoría de estos actores, la nación es un mito, la república una historia, la democracia una idea.

Cuando la democracia en México se ha construido para ser la razón fundamental de gobernar del pueblo para el pueblo, y esta evidencia, la ciudadanía no la perciben de sus partidos políticos, ya que se han entrampado en sus luchas internas por el poder, en descalificar a sus adversarios y en convertirse en un obstáculo para la construcción de la generación del desarrollo y bienestar social del país.

De nueva cuenta es apropiado rescatar a Rousseau quien señalaba al respecto: “Si hubiera un pueblo de dioses, estarían gobernando democráticamente”.

Lo lamentable de esta analogía es que somos gobernados por simple mortales, que han sucumbido más a la parte placentera y beneficios personales que otorga el poder, convirtiendo a esta función en un descrédito de representatividad civil que hoy enfrenta el rechazo y el reclamo de la rendición de cuentas.

Una actividad tan esencial para la vida cívica del país que han derrochado y agotado, al grado que, se debe reconstruir y reconfigurar o acabarán por acelerar la decadencia por la que transita, orillando a la sociedad a buscar su sustituto.

 

 

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