Los caballos negros

Política no es predecible a plenitud; muchos de sus resultados, y consecuencias, pueden adivinarse a 15 días, pero no a 15 meses

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La historia nos presenta más sorpresas que certezas en los pronósticos de sucesión presidencial. Desde hace casi nueve décadas, en México y en Estados Unidos ha triunfado un 80% de individuos a los que, tres años antes, no se les daba posibilidad alguna. A ese fenómeno, los apostadores le llaman “la chica”, los creyentes le dicen “el milagro” y los políticos mexicanos lo conocemos como “el caballo negro”.

En las carreras de caballos, y en las carreras presidenciales, a veces, el ganador desconcierta a los favoritos que se la creyeron y a los ingenuos que los siguieron. Es que la política no es predecible a plenitud. Muchos de sus resultados, y consecuencias, pueden adivinarse a 15 días, pero no a 15 meses. Es por eso que todo lo que hoy nos parece como un futuro inevitable e ineludible, mañana puede cambiar.

Quizá la idea de comparar la carrera presidencial con una carrera hípica surgió allá por 1975, cuando el célebre gobernador guerrerense Rubén Figueroa padre dijo que “la caballada estaba muy flaca”. Con este refrán ranchero se refería, muy claramente, a que a ninguno de los deseosos se le veía un perfil de nivel presidencial.

Figueroa era un político muy ortodoxo, aunque hacía todo lo posible por no parecerlo. Por eso es de suponer que la simpática ocurrencia no fue de su propia autoría, sino que se trató de un dictado presidencial.

Unas semanas después, Jesús Reyes Heroles, entonces presidente del PRI, anunciaría que la militancia se aplicaría a evaluar, muy cuidadosamente, a aquellos a los que se les notaban probabilidades postulatorias. Soltó una lista de siete “distinguidos priístas”, de seguro escrita en el escritorio y con la pluma de Luis Echeverría.

En fin, si recordáramos tan sólo a México y a Estados Unidos tendríamos que, de un total de 27 presidentes, mi memoria me reporta tan sólo 6 casos, en los dos países, donde hubo triunfadores “de punta a punta”. En Estados Unidos anoto a Dwight Eisenhower, en 1952, y a George Bush, en 1988. En México, a Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, Carlos Salinas y Enrique Peña Nieto, pero a nadie más, porque tres años y hasta tres meses antes de su coronación, Harry Truman era un senador proverbialmente grisáceo. John F. Kennedy era un senador lleno de desventajas competitivas. Lyndon B. Johnson era impensable antes del magnicidio en Dallas. Richard Nixon no podría vencer a Robert  Kennedy en el 68. Tres años antes de elegir a James Carter no existía Watergate. Ronald Reagan era un pronóstico inseguro. William Clinton no figuraba frente a la reelección de Bush padre. En el 2000, Bush hijo lucía inferior a Al Gore. Barack Obama era una apuesta fantasiosa, en el 2008, frente a la discriminación racial. Y Donald Trump era impensable hace tres años.

Lo mismo puedo decir de lo sucedido en México. En 1927, tres años antes de su elección, sólo un loco hubiera pensado que Pascual Ortiz Rubio le arrebatara la candidatura y la Presidencia a Álvaro Obregón. En 1931, Lázaro Cárdenas no era del tamaño competitivo de Luis Morones, de Gonzalo Santos o de Aarón Sáenz. Manuel Ávila Camacho venció a Francisco Mújica en el último momento. Y Miguel Alemán nunca hubiera ganado si no hubiera muerto Maximino Ávila Camacho, exactamente 90 días antes de la postulación.

La misma historia fue la de Adolfo López Mateos, el más sorpresivo “caballo negro” de toda la historia. Tres años antes de su elección, Adolfo Ruiz Cortines, José López Portillo y Miguel de la Madrid apenas se estaban incorporando al gabinete presidencial. Por último, a medio sexenio, ¿quiénes eran Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón?

Total, triunfaron 21 caballos negros y sólo tuvieron éxito 6 aspirantes que se veían con posibilidades, exclusivas o divididas. Digo que compartidas porque, en estricto rigor, sólo Enrique Peña lució como posibilidad única, pero Díaz Ordaz compartía “momios” con Donato Miranda Fonseca. Echeverría batalló contra Alfonso Corona del Rosal y Emilio Martínez Manautou. Y a Carlos Salinas no se le veía como totalmente seguro frente a Manuel Bartlett o Alfredo del Mazo.

Ahora estamos a muy pocos meses de la postulación de candidatos para la sucesión presidencial y surgen dudas. La primera es si resucitará “el tapado”. ¿Podrá el actual Presidente impulsar a un candidato para llegar a Los Pinos? ¿Querrá hacerlo u optará por no jugar? ¿Los presidentes tendrán que hacerse a sí mismos y no pensar en sus sucesores, o retornaremos a la gestión en el útero del poder?

En fin, todos quisiéramos saber el futuro de manera anticipada, pero estemos tranquilos. Como lo decía Adolfo Ruiz Cortines: “Para qué lo adivino, si lo voy a saber. Para qué lo pregunto, si me lo van a decir. Y para qué se los pido, si me lo van a dar”.

 

Abogado y político.

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twitter: @jeromeroapis

 

 

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