Las sombras de la catástrofe

Más allá del discurso triunfalista cotidiano es evidente que el Presidente López Obrador está a disgusto. Los estragos se notan en su lenguaje y sus actitudes

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Andrés Manuel López Obrador, un discurso triunfalista en medio de expresiones y actitudes de disgusto

Ocupado, de tiempo completo, en derruir todo lo construido en el pasado neoliberal, y en perpetua campaña electoral a través del dominio de la agenda política y mediática desde su cátedra mañanera en Palacio Nacional, así como en su incansable peregrinar en provincia para mantener el contacto con el pueblo sabio, Andrés Manuel López Obrador ha descuidado a su partido y a la estructura que gobierna por él.

A una semana de entregar su primer informe de gobierno al Congreso, su popularidad se mantiene y, por momentos, crece no obstante los escasos resultados concretos de su gobierno, excepto en el ámbito legislativo, la poca confianza que ofrecen al país algunos miembros de su gabinete y los penosos y peligrosos espectáculos ofrecidos por quienes disputan el control de Morena y de la Cámara de Senadores.

Empieza a agotarse también el recurso para sortear los tiempos difíciles que, conforme a la vieja leyenda priísta, su antecesor, Enrique Peña Nieto, debió entregarle en la despedida.

Ya tiró el primero de tres sobres que contenían sendas recomendaciones para aminorar el impacto de las crisis en la sociedad. “Échame la culpa” es el consejo.

Cierta o no la conseja que él conoce muy bien, recién declaró que dejará de cargar culpas al pasado y de elaborar diagnósticos, pues al fin entendió que la responsabilidad es suya, y de nadie más, pero también la de los resultados concretos.

El segundo sobre que recomienda hacer cambios en el gabinete también ha sido abierto. Se le fue Carlos Urzúa de la Secretaría de Hacienda por estar en contra de la manufactura de políticas públicas sin sustento y, a menos que decida mantener el nivel mediocre que algunos de sus colaboradores han impreso a la administración, tendrá, obligadamente, que hacer ajustes en algunas áreas, como las secretarías de Gobernación y Comunicaciones y Transportes, por lo menos.

La salida de Carlos Urzúa del Gabinete, como Secretario de Hacienda, cumple una de las premisas aconsejadas a los Presidentes entrantes: Hacer cambios. ¿Siguen Gobernación y la SCT?

Sólo le queda uno de los sobres, el que aconseja empezar a escribir sus tres cartas, pero falta mucho para abrirlo.

Y faltará más si la “Ley Bonilla”, que ahora será cargada al pueblo sabio de Baja California en consulta pública después de aprobarla los diputados locales a base de “cañonazos” millonarios, es utilizada de antecedente para prolongar el mandato que sea, en especial el suyo, por más que firmase ante notario, como si un garabato valiera más que el mandato de la Constitución de permanecer en el poder sólo los seis años para los que fue electo.

Es evidente que no todo está saliendo como lo soñó y que los estragos ya se notan en su lenguaje y en sus actitudes.

LOS OTROS DATOS, LOS DEL RIESGO

Al margen de sus datos, la economía no anda del todo bien, y no necesariamente por los factores externos.
Sus grandes obras de infraestructura están en riesgo; una, la refinería en Dos Bocas, por falta de dinero, y el aeropuerto de Santa Lucía por el “sabotaje” legal de los interesados en que sea terminado el NAIM en Texcoco.

Sacar dinero de donde sea para Dos Bocas no será fácil y aplazar la magna obra será un gran reto para él porque Arturo Herrera tendrá que animarse a aconsejarle esperar un poco, tanto como tarden los recursos en llegar, algo que, sin duda, sonará a sacrilegio en los oídos del Presidente.

Arturo Herrera, Secretario de Hacienda. Sacar dinero de donde sea

Sin embargo, no podrá acudir a su remoción porque un segundo relevo en Hacienda en tan breve tiempo terminaría de asustar a los dueños del dinero aquí y en el extranjero. No obstante, aún si lo cesara, su reemplazo tampoco tendría en dónde obtener los fondos, a menos que convenciera de aportarlos a los recién conversos a la Cuarta Transformación Carlos Slim y Carlos Hank González.

Nadie en su sano juicio le aconsejaría intentar burlar las docenas de amparos, algunos con suspensión definitiva, que entorpecen la construcción de Santa Lucía y la destrucción de lo construido en Texcoco, como sucedió con el de los propietarios de “El Encino” cuando fue jefe de Gobierno del Distrito Federal.
Puede tratarse de un “sabotaje legal”, pero son muchos, y serán más.

En su mañanera del viernes, el Presidente anunció que presentará un recurso legal para librar el obstáculo de los 80 amparos que tienen paralizado el proyecto de Santa Lucía.

Santa Lucía, su proyecto aéreo en proceso de enmohecerse ante la ‘lluvia’ de amparos

No dijo cuál. Quizás se trate de la “seguridad nacional”, que sirve para lo que sea, pero éste argumento, o el que esgrima, causará conmoción porque el juicio de amparo es la única garantía que tenemos los mexicanos contra los excesos de la autoridad.

No todo parece salir como lo diseñó cuando lo embriagaba el triunfo. El mal de muchos no es consuelo porque igual ocurrió a todos sus antecesores con deseos de ingresar a la historia en términos gloriosos.
Su triunfo, incuestionable, fue obtenido, en cierto porcentaje, por su persistencia en buscar la Presidencia, pero más por el hartazgo popular contra la corrupción que casi destruye al PRI, al grado que obligó al gobierno anterior a no meter las manos para evitar la derrota.

Se ha intentado explicar la impensable debacle con la existencia de un pacto entre perdedores y ganadores que, a toro pasado, se antoja innecesario, pero que al convencimiento de su existencia ha abonado el propio López Obrador insistiendo en agradecer a Peña Nieto que nada hiciera para impedirle triunfar.
No detalla si se refiere a que no usó el aparato gubernamental para acarrear votantes a favor de José Antonio Meade o robarse las urnas en plena elección.

Empieza a permear la versión de que hasta ocupar la Presidencia, Andrés Manuel se percató del real poder que ésta tiene, de tal suerte que, en realidad, su agradecimiento a Peña Nieto tendría que ver con la resistencia del mexiquense a usar los instrumentos a su mano en contra de la integridad del candidato de Morena, o la de los suyos, para desanimarlo a participar.

Y eso funciona más que un supuesto pacto de impunidad.

ENTRE LA FELICIDAD Y EL MAL HUMOR

Fuera de toda especulación, es indudable que el Presidente López Obrador nunca imaginó que a un año de su glamoroso triunfo electoral, y en vísperas de su primer informe de gobierno, a los problemas de gobierno que padece se sumaría la crisis que atraviesa su partido.

Es de tal gravedad que si no se olvida de la sana distancia que pregona, cual Ernesto Zedillo, las consecuencias pueden ser catastróficas no sólo en los siguientes procesos electorales, sino en el control del Congreso de la Unión, factor indispensable para concretar la llamada Cuarta Transformación.

Quizás al empezar a gobernar mucho antes de su toma de posesión tampoco imaginó que, a pesar de la franciscana austeridad que empieza a paralizar al gobierno y la lucha contra la corrupción, escasearían los recursos para cumplir lo prometido a sus electores y mantener al pueblo feliz, feliz, feliz, como los datos del INEGI le aseguran que vive.

No hay tal felicidad, no al menos como se lo han platicado y él intenta transmitirlo; además, el mal humor social empieza a mostrarse también a causa de la inseguridad que ya supera marcas de sexenio anteriores cuando el gobierno apedreó panales y provocó el avispero declarando la guerra contra el crimen organizado.
Hoy, a pesar de la paz decretada en el discurso oficial, el territorio sigue siendo un inmenso camposanto regado por la sangre de las víctimas, como en tiempos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. En algunos casos empiezan a darse las manifestaciones populares violentas reclamando la ineptitud y poca sensibilidad de la autoridad.

En tanto, Olga Sánchez Cordero se enreda y presume con todas sus palabras su dialogo con grupos de crimen organizado que quieren transitar por la pacificación del país.

Santa Lucía, su proyecto aéreo en proceso de enmohecerse ante la ‘lluvia’ de amparos

Asustada por la revelación de su titular, la Secretaría de Gobernación reaccionó alegando que sus palabras fueron editadas, lo cual, evidentemente, no ocurrió. La última explicación oficial fue que en realidad dialoga con policías comunitarios y “autodefensas”.

Aún circulaba el tuit de su aclaración cuando su subsecretario de Gobernación, Ricardo Peralta, se hacía retratar con grupos a los que el gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles, calificó de “delincuenciales”.

Ricardo Peralta, ahora subsecretario de Gobernación, brincándose todas las trancas

Peralta lo negó, pero no se libró de la condena verbal del Presidente en su conferencia mañanera: “Él tomó esta decisión porque lo invitaron a participar. Ya se habló este asunto en el Gabinete de Seguridad y se le ha pedido que se ajuste a lo que establece la Constitución con este programa… No estoy de acuerdo”, dijo Andrés Manuel, pero la última noticia es que el año próximo iniciará la pacificación del país. ¿Cómo? De la única manera posible, convenciendo a los grupos, los que sean, de deponer las armas y portarse bien.
A espaldas de su jefa, la directora del SAT, Margarita Ríos-Farjat, este personaje se atrevió, en la Dirección de Aduanas, a implementar acciones asegurando cumplir órdenes del Presidente, lo cual fue desmentido por el Consejero Jurídico, Julio Scherer.

No obstante la temeridad de usar mentirosamente el nombre de López Obrador para poner en práctica sus propias reglas en Aduanas, en lugar de ser cesado fue ubicado en Gobernación cuando Zoé Robledo fue enviado a sustituir a Germán Martínez a la dirección del IMSS.

Y ahora es desautorizado públicamente por el Presidente por reunirse con esos “grupos” que quieren pacificar al país.

No se entiende por qué en un caso fue premiado con otro puesto y después de ser apaleado públicamente por el mandatario sigue en funciones. Quizás su valía es tal que están a la espera de que se desocupe otra posición para reubicarlo.

No sumamos aquí lo que ocurre en la Fiscalía General de la República porque la considera autónoma y, en consecuencia, Alejandro Gertz Manero no forma parte de su gobierno.

UN PRIMER AÑO DIFÍCIL

No obstante, más allá del discurso cotidiano triunfalista, es evidente que el Presidente está a disgusto.
La lucha contra la corrupción está manchada por el exceso de causalidades en el caso Rosario Robles, con la “Estafa Maestra”, y por la persecución a la familia del ex director de Pemex Emilio Lozoya y la protección inexplicable a sus aliados en el caso Fertinal, por ejemplo. Pronto habrá sorpresas porque comprobará que no todo es como le han contado.

El primero no le ha sido un año fácil, como no lo serán los demás.
Por momentos no da gusto ni siquiera a sus aliados, como le ocurre con la CNTE, en permanente pleito con el secretario de Educación, Esteban Moctezuma.
El secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, en quien ha descargado tareas ajenas, incluso, a su ministerio, tiene que soportar embestidas desde diversas áreas del gobierno consecuentes al tamaño de la misión.

Marcelo Ebrard, Secretario de Relaciones Exteriores. De aquí para allá

Los aspirantes prematuros ya lo ven como el contrincante a parar, en tanto él se alista a sortear la previsible reacción de Donald Trump cuando concluya el plazo otorgado al gobierno mexicano para cumplir sus antojos migratorios y dé rienda suelta a su enojo por nuestra negativa pertinaz a servir de tercer país seguro.

Por si fuera poco, el vocero Jesús Ramírez Cuevas tiene que explicar que la Presidencia no se dedica a pedir la remoción de periodistas, en referencia a la conclusión de las relaciones laborales entre Carlos Loret de Mola y Televisa.

Jesús Ramírez, vocero presidencial, a tapar murmullos: La Presidencia no se dedica a pedir la remoción de periodistas

El de Carlos no es el primer caso de un periodista crítico a López Obrador que es invitado a dejar su espacio influyente. Sin duda no ha sido a petición del Presidente, sino a la necesidad de los propietarios de los medios de demostrarle lo leales que le son.

Ocurre igual a quienes queriendo quedar bien con él han contratado a periodistas militantes de su causa.
En resumen, falta aún una semana para que Olga Sánchez Cordero acuda a la Cámara de Diputados a entregar el informe del primer año de gobierno y las cosas no pintan del todo bien.

El Presidente lo justifica argumentando que así ocurre porque no se trata de un cambio de gobierno, sino de régimen, amén de que las críticas sólo vienen de quienes en el pasado se dedicaban a aplaudir a los neoliberales y nunca reclamaron que hubiesen hundido al país en un lodazal de sangre y corrupción.
Y, claro, de quienes desean su fracaso.

Se equivoca; nadie desea su fracaso, porque equivaldría a un hundimiento del país mayor a las crisis heredadas por Echeverría y López Portillo, o el “error de diciembre”; además, sobran hemerotecas para desmentir que no hubiese reclamos por corrupción y sangre.

Es de esperar que con su toma de conciencia de la conclusión del periodo de culpar al pasado también llegó el de iniciar una labor de convencimiento de que están equivocados quienes aseguran que, a partir de ciertas leyes que afanosamente están aprobando los legisladores de Morena, caminamos, presurosos, a convertirnos en uno más de los regímenes predominantes en el Cono Sur.

Nadie lo desea, excepto algunos de sus más allegados con innegable influencia en su pensamiento.
Y eso sí es de temer.

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