Las señales del apellido Beltrones

En seis días, Manlio Fabio es galardonado por el PRI y su hija, Sylvana, encumbrada en el CEN tricolor

Compartir:

La política es el mundo ideal de la semiología; todo son señales, e incluso las hay en donde parecen no existir. El colmo es que en más de las ocasiones, el emisor ni siquiera se percata que las envía; el secreto está en el receptor.

Por ejemplo, ¿cómo interpretar que, en sólo 6 días, el apellido Beltrones regresara al primer nivel de la política, en donde se mantuvo por décadas, hasta la derrota priísta de junio pasado? El sábado 3 de marzo, Manlio Fabio fue galardonado con la medalla al “Mérito Revolucionario”, la máxima presea que entrega el partido que presidió, y, el jueves 9, su hija Sylvana, diputada federal, fue investida como Secretaria General Adjunta de Claudia Ruiz Massieu en el segundo puesto del CEN del PRI, sólo abajo de Enrique Ochoa Reza.

Hagamos de lado los merecimientos, más que sobrados de Manlio, para recibir el galardón y la experiencia política de Sylvana (a la que debemos añadir el inmenso bagaje político de su padre) para preguntarnos qué hay tras estos dos eventos que parecen no tener conexión.

Podemos ensayar tantas explicaciones como maliciosos practicamos este oficio, desde el restañar de heridas o el atar a Manlio para evitar que juegue una sorpresa al PRI en el momento menos esperado; los menos estaremos dispuestos a aceptar que la presea descansa, por lo menos, en los 9 años en que Beltrones padre condujo a las bancadas del PRI en el Senado y en la Cámara de Diputados para poner en marcha su propia revolución legislativa en el sexenio de Felipe Calderón y ser el sostén definitivo de la emprendida por Enrique Peña Nieto en los dos primeros años de su sexenio.

De igual manera, pocos reflexionarán que Sylvana posee el entrenamiento partidista que hace falta en la Secretaría General del PRI, muy por encima del de su jefa, Claudia Ruiz Massieu, y del de su compañera de fórmula, Paloma Guillén, hermana del Subcomandante Marcos.

Suena más atractivo imaginar a Peña Nieto arrepentido de haber dejado ir a Manlio y preocupado por lo que pudiera estar preparando con vistas al 2018 que lo que parece realmente: El resurgimiento del mexiquense en la faceta que lo llevó a la Presidencia en las circunstancias menos favorables posibles y que en los dos primeros tercios de su mandato dejó la política partidista de lado y puso toda su atención en cuestiones de índole económico-legislativo.

Prefiero esta posible señal, la del regreso del Peña Nieto partidista, a la especulación sobre las preocupaciones en torno a Manlio.

 

LA DECISIÓN QUE COMIENZA A APREMIAR

En tres meses, una vez se resuelva el futuro del Estado de México, Nayarit y Coahuila, el Presidente deberá enfrentar la decisión, ineludible, que en 2012 parecía lejana.

Sí, es la economía, la defensa de los inmigrantes ante las persecuciones de Donald Trump, la inseguridad, los precios internacionales de los combustibles, la volatilidad del peso ante el dólar, la inflación, el empleo, el aterrizaje de las reformas estructurales y muchísimos problemas más, algunos complejos, otros no tanto, los que preocupan y deben ocupar la atención del Presidente Peña Nieto, pero por encima de todos  está identificar ya a quién, sea de su partido o no, entregará el poder el 1 de diciembre de 2018.

Por encima de sus colaboradores, de sus contrincantes políticos, sean tan inteligentes como él o más, como se presume que lo es Luis Videgaray; o más experimentados, como supuestamente lo es Felipe Calderón, que pretende gobernar, una vez más, a través de su esposa Margarita Zavala; o inmaculados, como Andrés Manuel López Obrador, capaz de no manchar sus alas con el lodo de la política y los dineros públicos, Peña Nieto está obligado a decidir por alguno de estos o muchos otros más dispuestos a sacrificarse por la patria.

La nómina es extensa y creíble:

Por el PAN, Ricardo Anaya, que a base de traición se hizo del control del partido, como Roberto Madrazo del PRI para 2006, y Rafael Moreno Valle, otro ex priísta que siguió el camino de Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Camacho y López Obrador, pero por el carril de la derecha.

Por el PRI, Miguel Osorio Chong, que de día y de noche, y casi sin dormir, baila con la más fea del sexenio, la inseguridad, pero además apaga los fuegos que algunos de sus compañeros de gabinete inician en bosques secos predispuestos al siniestro.

Lo acompaña la revelación de la administración, el doctor José Narro, de experiencia gubernamental incomparable que ofrece algo que casi nadie tiene: Su identificación con la juventud universitaria.

Asimismo, José Calzada, perdedor de Querétaro, pero cuya estrategia incluye exhibirse como transparente (presentó su “3de3” sin que nadie se lo pidiera y sin solicitar autorización en franca intención de exhibir al gabinete), y como hombre disciplinado que participa en maratones y que en breve intentará ganar su primera competencia de “Ironman”, es decir, nadará 3.8 kilómetros en el mar, correrá un maratón y recorrerá 180 kilómetros en bicicleta.

 

LA ESTRATEGIA DEL TERCER TERCIO

Peña Nieto es un pragmático irredento y hoy, más que nunca, debe sustraerse a la tentación de ingresar al mundo de los idealistas. No es fácil resistirse a la tentación de formarse en la fila de quienes pasaron a la historia como grandes demócratas que no temieron a la alternancia o como el partidista a rajatabla que se niega a entregar el poder a un contrario o a una especie de extraterrestre incontaminado por nuestros males endémicos, como presumen quienes buscan estrenar las candidaturas presidenciales independientes.

El Presidente debe tener definido, a cabalidad, qué quiere para el México que heredará. Algo definió al inicio de su mandato hipotecando al menos dos años del sexenio a cambio de la aprobación de las reformas del Pacto por México.

El precio a pagar fue muy alto: Se ató de manos para perseguir a panistas y perredistas que merecían la acción de la justicia y así perdió la oportunidad de disminuirlos ante el electorado; en cambio, reformas como la Educativa y la Energética ofrecieron al sempiterno aspirante a vivir en Palacio Nacional, López Obrador, material inapreciable para su discurso populista y nacionalista del siglo anterior; y la de Comunicaciones también le granjeó la enemistad de individuos o grupos tan poderosos que disfrutaron la época dorada de los monopolios, como el hombre más rico de México y del mundo, Carlos Slim, y de otros de fuerza igualmente irresistible, como Emilio Azcárraga y su claque.

Apenas digerido el intenso golpeteo del gasolinazo, después de explicar sus razones a unos 60 periodistas, se advierte cierto cambio en Peña Nieto.

Parece que dejó la economía en manos de sus expertos y ahora se dedica, de tiempo completo, a la suyo, la política-política; al menos ya no es intenso el bombardeo del discurso con las reformas como tema central; abrió las puertas de Los Pinos; acudió al PRI a presentarse como el líder del partido e inició cambios partidistas, algunos necesariamente polémicos y otros que llevan señales implícitas, y eventualmente reducirá las giras a las entidades federativas para usar el tiempo de su apretada agenda en reunificar a un priísmo que deambula disperso, confundido y en muchos casos a disgusto.

Compartir: