Las entrañas de la política

Definitivo trance en el que se encuentra México; no podemos fallar a la historia; nuestra vocación ha sido solidaria, sin prejuicios raciales ni guerras intestinas reciclables

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En el curso de la Historia de México desde que ésta se ha trasladado generacionalmente en formal oral siempre, sin embargo, quedaban grabadas, en el material pétreo que se consideraba más resistente y duradero, susceptible de ser visto por todos y aceptado como expresión común.

Los símbolos y mensajes que se emitían para la posteridad y con aspiraciones de perpetuidad, eran los petroglifos, sobre relieves en piedra que dan cuenta de ésta primera historia rudimentaria o dibujada que dejaba constancia del hombre que vivía en cuevas para el refugio contra las fieras y las inclemencias del tiempo.

La chimenea a la entrada, manteniendo el fuego permanente, por la dificultad de prenderlo, fue quizás la causa del primer sedentarismo que después se hizo obligatorio con el conocimiento de la reproducción vegetal que dio origen a la agricultura. Ésta época prehistórica mal llamada de las cavernas, marca los avances de la inteligencia práctica que sorprendiera a los coetáneos y contemporáneos de entonces.

Todavía es inexplicable que pese a la existencia de los espacios de sobra en aquellos tiempos, aún el de las riveras de los ríos cuyo líquido era vital e imprescindible, se crearon las primeras disputas y agresiones entre los clanes y tribus.

Se antoja absurdo que ello se diera entonces, si no es por lo que Santo Tomás llamó la indigencia ontológica o la naturaleza humana expuesta a repetir el pecado de la soberbia y el egoísmo.

Lo cierto es que ello ocurría y las alianzas tribales que produjeran no sólo el beneficio del producto del trabajo y la convivencia social del hombre, sino también nació la disputa por el dominio de unos sobre otros dando origen a la lacra que subsiste hasta nuestros días que es la guerra intestina o exterior cada día más bestial y mortífera entre los países del mundo y hacia su propia sangre y genealogía.

La Segunda Guerra Mundial, cuyas decenas de millones de víctimas sacudieron la conciencia para reparar en la razón o la causa de ese absurdo para evitarlo, impulsó lo que ahora llamamos la nueva era de la civilización y encontró, que al interior de los países era donde se incubaban los gérmenes que sus dirigentes o líderes políticos potenciaban para llamar a sus ciudadanos a pelear contra otras naciones por ofensas, riesgos, agravios reales y supuestos, que exigían una respuesta defensiva u ofensiva violenta de carácter bélico.

De ésta mecánica de poder, ideológica, de resabios, resentimiento, prejuicios y demás, nacían las guerras que se consideraban inevitables. Obviamente, la industria del armamento se hace indispensable. Los gobiernos y los infaltables negociantes, encontraron el nuevo secreto del poder permanente.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) surge como la respuesta más racional para que, entre todas las naciones, se localizaran los genes de estas conflagraciones. En la búsqueda de los primeros detonadores minúsculos que pueden producir la violencia, se encontraron, dentro de las mismas naciones porque, lo que no se resuelve en el primer círculo se amplía y extiende hacia afuera.

Este inicio que retrospectivamente en la historia se hizo patente y era obligado evitarlo fue el de la exigencia imprescindible de reconocer primero, la igualdad de origen de la humanidad y por consecuencia, la igualdad esencial de todos los seres humanos en todas las latitudes.

Fue inevitable reconocer que, desde el momento en que se lastiman esos principios se crea un foco de conflicto que irá ampliándose en círculos que pueden llegar a lo mundial.

Por ello, la nueva Declaración Universal de los Derechos Humanos repite la fórmula sabia de siempre: “Lo que quieras para ti y para los tuyos, debes querer para los demás”, los derechos son generales o no son derechos fundamentales y universales.

De este axioma depende la paz del mundo. De lo sencillo, teórico, comprensible a lo complejo práctico en la vida social y convivencia humana. Cierto que esto tiene graduación y de la medida en que ello se cumpla, se estará garantizando o no la paz. El derecho a la vida, a la educación, al trabajo, al respeto, a la cultura, a la democracia, a la información.

El otro reto por lo tanto es el de la corresponsabilidad que estos mismos derechos generan que es la de no sólo de luchar por ellos, sino de cumplirlos cabalmente a favor de los demás para su total y amplia eficacia.

El Estado como organización humana para lograr esos equilibrios en la titularidad de los derechos y a la vez el cumplimiento de las obligaciones para con los demás, es el que tiene la carga de conseguirlo sin lugar a evadir esa responsabilidad.

La finalidad política inherente de carácter ético y legal está implícita en el ejercicio del gobierno. Éste punto de partida y de llegada es el que sustenta la única razón de ser de un gobierno.

Quien circunstancialmente lo ejerza, no tiene opciones. O lo cumple o sencillamente debe irse, es espurio, inútil, contraproducente. Se habla de que puede ser una ilusión y la realidad es otra. Gobiernos como el de Uruguay con José Mujica han demostrado que es posible para todas las naciones.

México está en un trance definitivo, no podemos fallar a la historia, nuestra vocación ha sido solidaria, sin prejuicios raciales, ni guerras intestinas reciclables. Tenemos el marco constitucional más moderno, por lo que no hay pretexto que valga para echar a la borda la ilusión de millones y millones de mexicanos.

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