Las batallas del PRI

Después de deambular toda la semana por el INE, Enrique Ochoa, líder nacional del tricolor, toma aire; las tempestades, sin embargo, no terminan aún

Compartir:

Después del 5 de junio de 2016, dirigir al PRI era una papa caliente.

Aquel día ni siquiera debió esperarse a que llegara la medianoche. Apenas se escondió la tarde, el barco tricolor se ladeaba por encima de la magna confianza de su cúpula, a la espera de otra ruta en los resultados electorales.

La historia nunca cambió de rumbo.

Fue uno de los golpes más fuertes a la administración de Enrique Peña Nieto: El PRI perdía siete de 12 gubernaturas en juego. Quien las ganara no importaba (aunque el PAN era el ganón). Tampoco importaba quién, en el ex Distrito Federal, acaparaba las delegaciones; ahí menos; el PRI, hace muchos años, no representa peso político en la Capital mexicana (pero Morena era el ganón, sobre los huesos del PRD).

Días después del proceso electoral, el dirigente nacional en turno, Manlio Fabio Beltrones, dejaba el cargo.

En el 2015 (con César Camacho al frente del partido), el PRI pasó de panzazo. De nueve gubernaturas ganó cinco.

Después de Beltrones, al frente del PRI, sólo con responsabilidad de mero trámite durante dos semanas, estuvo Carolina Monroy.

Desde julio del 2016, con un brío enorme, pero un reto abismal, llegó Enrique Ochoa Reza, ex Director General de la Comisión Federal de Electricidad.

Sin duda, al PRI le urgía corregir la ruta. El ventarrón venía fuerte, y de frente. La prueba, ahora para Ochoa Reza, era el 4 de junio de 2017. Su oficio era más de electricista que de bombero. Sabremos mañana si es bueno para apagar fuego.

 

¿LA CERCANÍA LOS ALEJÓ?

Si el PAN no supo aprovechar su estadía en la Presidencia de la República durante 12 años (su oportunidad de oro), el PRI, con la experiencia de 70 años atrás, ¿desaprovecharía su segunda oportunidad después de la épica recuperación en el 2012, con todo en contra, encabezada por Enrique Peña Nieto?

Los hechos, los comportamientos de muchos quienes ocuparon cargos de elección pública (sobre todo gobernadores, la camada de jóvenes priístas), la indefensión ante la insistente y brutal campaña de desprestigio (aun cuando en ningún otro sexenio se hizo tal cantidad de propuestas de cambio constitucional con el aval de los partidos mayoritarios), por parte de quienes no conciben no llegar al poder a causa del estorbo priísta dan a entender que sí.

Después del 2012, el PRI parecía reinventarse, recobrar la supremacía de antes del 2000 -cuando el PAN lo sacó del camino-, pero bajo otro modelo, nuevas circunstancias y un discurso con una esencia afín a la malograda tesis de Luis Donaldo Colosio.

Entonces, ¿qué pasó?

El PRI pudo indigestarse con aquel cambio drástico en la relación partido-gobierno tan defendida por Ernesto Zedillo (“repito enfáticamente que, como Presidente de la República, no intervendré, bajo ninguna forma, en los procesos ni en las decisiones que corresponden únicamente al partido que pertenezco”).

Seguro, eran otros tiempos y el frenetismo priísta aun desligaba del partido al hombre que gobernaba al país para “guardar las formas”.

A partir del 2012, la “sana cercanía” enterró la “sana distancia”.

Según Pedro Joaquín Coldwell, entonces líder del PRI, “entre el PRI y Enrique Peña Nieto existirá una muy sana cercanía”.

“En un sistema presidencial, el Presidente de la República es el líder natural del partido en el gobierno”, afirmó.

En el 2014 lo reiteró César Camacho, durante el 85 aniversario del partido y frente al propio Peña Nieto: “Franca, legítima y sana cercanía”.

El lema era inmejorable. Eran otros tiempos. Habían pasado los años de la penitencia, de la orfandad, del vivir sin el poder después de ostentarlo por siete décadas.

No había que olvidar a todos aquellos personajes que de una u otra forma, bien o mal, esplendorosa o temeraria, habían construido, bajo muchas circunstancias, el México de ahora, antes y después del PRI (de Emilio Portes Gil y el Partido Nacional Revolucionario a Lázaro Cárdenas y el Partido de la Revolución Mexicana, hasta Manuel Ávila Camacho y el Partido Revolucionario Institucional), pero sobre todo los emanados del tricolor moderno (de Miguel Alemán Valdés a Ernesto Zedillo), pero la historia tendría que ser otra.

 

EL SEXENIO DE PEÑA NIETO

Enrique Peña Nieto llega a la Presidencia de la República con Pedro Joaquín Coldwell al frente del partido.

Hacia atrás, la historia de la presidencia del PRI es de altibajos, más bajos que altos.

Antes de Coldwell, cargado de faramalla, pasó Humberto Moreira. Hoy ya renegó del tricolor con toda una historia atrás que lo cuestiona.

Antes, Beatriz Paredes, Mariano Palacios, Roberto Madrazo y Dulce María Sauri. Capitanes a la deriva.

La enjundia puesta a su gestión auguraba un “boom” para el priísmo con Peña Nieto, pero el futuro nunca es cuestión de magia ni inmovilismo.

Este año se dio la última elección previa al 2018. En ella se jugaron tres gubernaturas (Estado de México, Coahuila y Nayarit) y 212 alcaldías en Veracruz.

El PRI ganó en la raya y con ayuda de sus aliados (Verde, Nueva Alianza y Encuentro Social) el Estado de México. Ahí no se le apareció Delfina Gómez; se le apareció Andrés Manuel López Obrador, pero la libró.

Nayarit, de plano, “sin comentarios”. El antecedente de la derrota se llama Édgar Veitya, ex Fiscal estatal, y la parte que corresponda al Gobernador Roberto Sandoval.

Veracruz -¿vale la pena mencionar a Javier Duarte?-  quedó bien repartido; todos ganaron; sólo el PRI perdió.

La diferencia resultó Coahuila, pero, otra vez, un triunfo con las uñas, y todavía está por verse.

La semana pasada fue un paseo diario para Ochoa Reza acudir al Instituto Nacional Electoral para librar, sobre todo, las quejas del PAN en cuanto a la violación o no del tope de gastos de campaña, una acción de la que ningún partido se salva.

Otra queja era la del ex presidente de la Comisión de Derechos Humanos del ex Distrito Federal y precandidato presidencial, Emilio Álvarez Icaza, quien denunció el presunto financiamiento de la empresa española OHL a la campaña de Alfredo del Mazo.

Hasta el viernes pasado, después de una semana de alta expectativa, el PRI (y Ochoa Reza) parecía medir su suerte y respiraba; tomaba oxígeno.

El Consejo General del instituto desechó, en principio, las quejas mencionadas.

Este lunes ratificaría su postura (después de una sesión de enredo del viernes), la cual devolvería -así pintan los augurios- la sonrisa por completo al dirigente nacional del PRI.

Las resoluciones del INE fincarían un precedente a tomar en cuenta por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que también podría dirimir los asuntos.

Para Ochoa, sin embargo, la temporada de tempestades no termina.

Si libra por completo el caso Coahuila podría llegar relajado al 12 de agosto, a la asamblea nacional del PRI, pero en ella, muchos ya presagian rayos y centellas.

 

[email protected]

[email protected]

Twitter: @RobertoCZga

www.sextopatio.com.mx

 

 

 

 

 

 

 

 

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...