La verdad no peca

Ya va siendo hora de aceptar que hoy, más que socios, somos criados

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Tío Sam. Fornicario

Tío Agustín, hombre de pocas luces y grandes aspiraciones, trabajó toda su vida como originario del centro del continente africano (nótese la delicadeza). De ocho de la mañana a diez de la noche, con media hora para comer, se deslomó durante 42 años, los siete días de la semana (excepto el 1 de enero), en una zapatería siempre rebosante de clientes, allá en las calles de Bolívar del entonces D.F. En su casa se vivía entre la modestia y las carencias, pero su santa esposa, tía Jose (Josefina), al despedirse de él ya desayunado su huevo tibio (uno) le entregaba su torta diaria (una) deseándole suerte y buenas ventas, optimista porque su esposo era socio del negocio, cosa que extrañaba a toda la parentela viendo los ríos de compradores y la perpetua estrechez en que estaban.

Ya fiambre el tío (infartazo buscando un cinco y medio más ancho, para distinguida dama de pies habituados a chancla pata de gallo), se confirmó que sí era socio de esa mina de oro y los socios, unos caballeros españoles decentes y ricos (más ricos que decentes), hicieron entrega del cheque por los 350 pesotes que le tocaban como liquidación de su porcentaje accionario de la empresa. No había más, era socio. Jamás fue empleado. No tuvo seguro, pensión ni nada. El abuelo Armando pagó la caja. Tía Jose, pasmada. Era socio.

La reciente aprobación de nuestro Senado del T-MEC (modificación del TLC de todos conocido), no es noticia porque no es noticia en el sentido de novedad o revelación de algo: ya se sabía, siempre se supo. México está atado a los EUA. Firmar o firmar eran las opciones. Firmamos. Tampoco es algo para celebrar aunque su opuesto, no firmarlo, sería como para sufrir un ataque masivo de llanto con diarrea y jaqueca, pues nuestra dependencia económica del tío Sam es tanta que si de golpe y porrazo prescindiéramos del tratado, el país reventaría.

Nuestro Presidente envió el texto del T-MEC al Congreso, para su aprobación, en su caso (no había otra posibilidad), aduciendo que: “Consideramos que nos conviene, que es benéfico para que haya más inversión extranjera, que se estimule la participación de las empresas, para la creación de empleos bien pagados en el país”. De acuerdo, aunque la realidad sea otra: es benéfico porque estamos en decúbito supino y sería maléfico no complacer al fornicario tío Sam, ya plenamente inserto en las partes pudendas de La Patria (la señora de la portada de los libros de texto gratuitos). T-MEC o tragedia, esa era la cuestión.

No es cosa de ponerse dramáticos ni negar que el TLC generó riqueza y que en sus 20 años de existencia, las exportaciones mexicanas se incrementaron un 525%… ya luego se verá el modo -debe haber-, de que el obrero nacional gane en vez de sueldito, sueldo, bueno, no sueldazo, pero sí suficiente para que una persona sostenga su hogar (y no como ahora en que trabajan marido, mujer, abuelos y los niños venden chicles en los cruceros).

Tampoco se trata de tapar el sol con un dedo: el TLC sí creó empleo, no poco, por ahí de 700 mil plazas (“outsourceadas” o no, chamba es chamba… y sí, no pocos empleos de esos, son mediante la trampa vil del supuesto ‘outsourcing’, que asegura la precariedad del empleo sin prestaciones sociales, ni nada: tu raya y a tu casa, de buen modo o se acabó).

Junto a esas verdades, un pesimista de esos a los que nada les acomoda nunca, se pregunta: ¿700 mil empleos qué representan en un país con 56 y pico millones de población económicamente activa?… claro, no ayudaría nada prescindir de esos 700 mil, pero ¿cuándo se normará con todas las de la ley el empleo de los 30.5 millones que tienen trabajos informales? (sería un detallazo).

Cifras van, cifras vienen, pero nadie niega que es bestial el importe de nuestras exportaciones (dicen que por ahí de 35 millones de dólares ¡por hora!)… ni que ya el 60% de los tenochcas simplex viven en pobreza (dato del INEGI, a uno no le crea nada).

Y otro día, no es cosa de ponerlo de malas, comentaremos si le parece bien, algunos aspectos del T-MEC que están como para traer permanentemente los pelos parados (en México), como lo de la “propiedad intelectual”, que blinda el secreto de qué contiene lo que les compramos para comer, el grado de contaminación que signifiquen algunos procesos industriales (como el “fracking” para sacar petróleo y gas, en el que se usan 520 diferentes sustancias consideradas “secreto corporativo”, algunas -dicen-, tóxicas y cancerígenas), y también, la maña de los transgénicos y las semillas con truco; junto con el combate a los productos “pirata”, que nos impone obligaciones imposibles de cumplir, siendo como es, un delito globalizado.

Un “por cierto”: el T-MEC contiene un artículo (el 20), que suena rebonito: cada país podrá patentar cualquier invención, “(…) ya sea un producto o un procedimiento, en todos los campos de la tecnología”. ¡Padre!, inventores nacionales, ¡presentes!… mientras, el tío Sam se apresta a patentar productos agrícolas (sí, vegetales), microorganismos, genes, todo. Ni modo, véalo como una “ventana de oportunidad”, ¡sí señor!

Organizaciones tendenciosas (nunca faltan), señalan que el TLC devastó al campo mexicano, que 2 millones de agricultores ahora tragan lumbre en los cruceros o andan pensando en disfrazarse de migrantes hondureños… no cuenta su menda con datos duros, pero lo que sí se sabe es que importamos la mayoría de lo que comemos y que para el 2024 (aquí nomasito), el mercado mundial de granos, vegetales y otros tragastibles, ronde los 90 mil millones de dólares al año, mercado que hace al tío Sam salivar baba verde de ambición… y nosotros, chiflando en la loma.

Insiste el tecladista: no había opción. T-MEC o tragedia. Pero ya va siendo hora de que México tenga una política agrícola propia, ya va siendo hora de que nuestros industriales amplíen horizontes (van a ganar dinero, eso les gusta, ¡anímense!).

En resumen: ya va siendo hora de aceptar que hoy, más que socios, somos criados, se oye feo, pero la verdad no peca.

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