La transformación necesita la suma de todos

En el México democrático de hoy se acabaron los tiempos de la omnipresencia del poder único

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Andrés Manuel López Obrador. Con la agitada aplicación de su Cuarta Transformación sacude y divide a la sociedad

Apostando su trascendencia como presidente de la República que lo distinga de sus antecesores, Andrés Manuel López Obrador con la aplicación agitada de su Cuarta Transformación, sacude y divide a la sociedad; cuando es más que comprensible y eficiente que, para cambiar y reconstruir a la nación como pretende, requiere de la suma de todos los mexicanos; además de la comprensión y adhesión de muchos factores externos; pero sobre todo, tiempo: que un sexenio no da.
Una adecuación de dimensiones que se proyecta para el bien del país, que no se puede decretar por anticipado, sin que los filtros de sus resultados trasciendan y convenzan a la historia, con su identificación y calificación fehacientes; de ahí la importancia de un buen comienzo, con los cuidados de que el árbol no crezca torcido, en una apuesta que ya no tiene vuelta de hoja.
Una reconstrucción que se aventura para esos efectos sin la etiqueta de la planificación tecnocrática recomendable, con la que no comulga y desecha AMLO, orientándose más por su formación política y social.
En esta encomienda con orientación de trascendencia, por el presente y futuro del país, no se debe soslayar y olvidar la pretensión de esta naturaleza que quiso implantar en su tiempo Luis Echeverría Álvarez, en su ascendencia para gobernar en la que el titular del Ejecutivo incorpora como referentes de actuación a destacados personajes nacionales que con sus obras y actos hicieron historia.
Una administración echeverrista que, Daniel Cosío Villegas recriminó por confundir su sexenio con un semestre. Un mandatario que no se cansó de señalar que, en cinco años haría lo que no se había hecho en cincuenta. Un “iluminado” que se sintió destinado a transformar al país, derrochando como pocos el patrimonio nacional; heredando inestabilidad y por consiguiente: pobreza y desigualdad.
Un pasado que no se debe repetir para no volver a condenarnos, porque como dicen los historiadores, cuando éste se enseña dogmáticamente y sin crítica: no sirve para nada.

EN DEFENSA
Por eso resulta incomprensible que, ante la titánica tarea de combatir ese mal endémico como es la corrupción y su asociado que es la impunidad; el lacerante yugo incontenible de la inseguridad que se padece y el crimen organizado; el esfuerzo impopular por eficientar el gasto público como puntal de réplica para reducir las brechas de la repartición de la riqueza tan incomprensibles y hasta injustificables en algunos casos; con una administración pública que poco a poco adquiere su sello de austeridad republicana: un legado incuestionable que debe quedarse para siempre, no se logre el consenso general de la población por su estilo de gobernar.
Políticas públicas con las que pretende dentro de su legitimidad constitucional generar equidad, justicia y paz; tan distantes como inalcanzables en el tránsito del México independiente, revolucionario, democrático y moderno.
Herramientas que se nulifican ante su persistencia errónea de seguir polarizando y dividiendo a la sociedad, porque el país que ahora gobierna lo conforman comunidades tan heterogéneas como desiguales, y, a todos, en su prioridad y cuantificable dimensión, les debe resultados; debiendo tener presente esa sentencia de mando presidencial acotada por Carlos Salinas de Gortari: “Somos administradores temporales de la riqueza, nadie se lleva nada, porque esa riqueza se debe y se queda en la sociedad”, una premisa que siempre debe estar presente para que el poder no distorsione.
Porque en la transformación que ha comenzado con aciertos y desaciertos, con respaldo popular e incomprensión y rechazo de técnicos, políticos y afectados, o produce lo prometido o en el presente se demandará su rendición de cuentas, quedando en segundo plano el juicio de la historia; como solían calificar a nuestros mandatarios, ya que su transformación ha sacudido y desafiado todo el entramado político, social y económico, con una sociedad que ahora exige y condena en su tiempo.
En el entendido que una piedra no hace una pared, y esa pared que está construyendo, sus materiales son proporcionados y colocados por la voluntad y convencimiento de todos los mexicanos, un consenso que se rehúsa construir con su actitud.

LA MARCHA
En esta empresa de trascendencia, donde la suma de todos es más que importante, vital para su consumación; no se puede identificar que la mayoría de los mexicanos asume el objetivo y une esfuerzos para ejecutarlo.
La marcha de protesta civil de una sociedad insatisfecha del reciente cinco de mayo, que elevó su voz en ausencia de los partidos políticos de oposición, que han optado por resguardar sus miserias en defensa de su permanencia, cuyo epicentro base fue la Ciudad de México, con réplicas representativas en 24 ciudades del país, independientemente del número de participantes, a los cuales trató de minimizar y hasta ridiculizar el secretario de Comunicaciones y Transportes Javier Jiménez Espriú, en una acto de carencia ética y de compromiso social; son un reflejo real de que hay desacuerdos con su gobernanza, que aunque señale que: “no es monedita de oro”, el cambio que pretende se hace con todos los mexicanos, y a él, le corresponde encontrar el justo medio tan necesario para gobernar un país tan multifacético como el mexicano.
Atrás debe quedar su lacerante y constante flagelo para los tecnócratas, funcionarios y políticas del pasado; su descalificación permanente para todo aquello que no comulga con sus principios y actos.
Esa guerra incomprensible como poco identificable contra el “neoliberalismo”. Esa receta inacabable de que todo lo que precedió está lleno de corrupción e impunidad.
Atrás debe quedar esa incitación que se repite una y otra vez para fomentar la división de clases, ese clasismo que en el México moderno se creía superado. Ese dedo flamígero que señala un “saqueo” sistemático, donde no se aprecia su dimensión y verdad, porque se detona, denuncia y no se concreta; lastimando e injuriando no a pocos con sus diatribas diarias.
Atrás debe quedar la lucha ideológica del pasado, donde los “conservadores” acotando a todos aquellos que no comulgan con él; son los portadores del mal, la corrupción, el saqueo del país, los generadores de los obstáculos para sus medidas gubernamentales: ataques que impide el reconocimiento y reconciliación.
Atrás debe quedar la postura irreconciliable de rectificar y enmendar, ya que en el México democrático de hoy, se acabaron los tiempos de la omnipresencia del poder único, porque un retroceso o procesos fallidos de gobernanza, ponen en juego el presente y futuro del país, con el deterioro indiscutible de generaciones de mexicanos.
Una nación que por todas las vivencias acaecidas en su hartazgo y desencanto, le apuesta al cambio verdadero y no ajustes experimentales; porque se tiene la idea, pero se aprecia que no se concibe del todo como concretarlas, y, dividiendo, se aleja de su consumación.
Un país cuya sociedad ya agotó el tiempo para tolerar la justificación con el pasado y los contrarios imaginarios, y exige afrontar el reto de gobernar y dar resultados en armonía y paz.
Con esa marcha, se hace presente una sociedad que ya no tolera ese lenguaje guerrero que anima la ira y el odio, consciente de que quien habla de más pierde la tranquilidad y, el principal gobernante, debe observar en su mandato la ecuanimidad en su toma de decisiones.
Porque como señalara Martin Luther King: “Nada se olvida más despacio que una ofensa, y, nada más rápido que un favor”. En un espacio donde las palabras del presidente no se van, se quedan, unas enaltecen, otras lastiman, unas fortalecen, otras dividen; despilfarrando el tesoro de sus palabras que lo alejan del respeto y reconocimiento.
La protesta del cinco de mayo, fue una marcha muy extraña: pancartas sin faltas de ortografía, ningún comercio saqueado, nadie pasó lista de presentes, no hubo autobuses de acarreo, no pagaron por asistir, no se cohesionó su presencia, no hubo pintas ni vidrios rotos, en un acto de civilidad y respeto, demandando ser tomados en cuenta.
La marcha del cinco de mayo, detona una sociedad que respalda y aspira a un cambio para bien de todos los mexicanos, sin reclamar privilegios que no requieren, pero sobre todo sin aceptar desventajas que no se merecen, recordándole a López Obrador a Karl Popper que: “La crítica racional es la base del progreso”, y en el progreso del país, se requiere la suma de todos.

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