La realidad no tiene otros datos

Arturo Herrera, rectificación o recesión; al nuevo secretario de Hacienda le tocará calcular el costo del cambio de régimen y asumir la tangible actualidad. Tendrá que ver hasta dónde la Cuarta Transformación pretende llevar los programas sociales, muchos de ellos considerados hoyos negros en el consumo sinfín de recursos. La experiencia internacional indica enmendar el camino

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Arturo Herrera Gutiérrez, funcionario técnicamente correcto, pero regañado por el líder de la Cuarta Transformación

“El Financial Times no tiene que disculparse; ningún medio tiene que disculparse por lo que dice”; con cierto optimismo, esta frase puede definir al propuesto como nuevo secretario de Hacienda, Arturo Herrera Gutiérrez.

A 48 horas de tomar el relevo de Carlos Urzúa Macías, Herrera contradice al presidente Andrés Manuel López Obrador, quien la mañana del jueves pidió, en la conferencia de Palacio Nacional, que el periódico inglés Financial Times (FT) ofreciera una disculpa por su cómplice posición histórica con los gobiernos anteriores de México.

La opinión de Herrera al periodista, de Televisa, Carlos Loret de Mola pasó inadvertida, pero dibuja una faceta que parecía declinar en la presentación difundida, en video, por la Presidencia de la República.

En uno de los salones majestuosos de Palacio, López Obrador trató de ubicar, conceptualmente, al relevo de Urzúa más a la izquierda, sensible a políticas sociales sobre la frialdad macroeconómica; palabras más, palabras menos: “Una persona que se ha desarrollado con esa visión social, además de que estudió en la Universidad Metropolitana -¿?-“, dijo el presidente.

En ese sorpresivo nombramiento, los medios destacaron de Arturo Herrera las dos conocidas contradicciones con el presidente, la postergación, un año, del inicio de obra de la refinería de Dos Bocas ante el alud de críticas de expertos en la materia y en proyectos financieros de ese tipo, y la federalización de la tenencia vehicular, que ahora se aplica por determinación de los congresos estatales.

De inmediato fueron desmentidos por López Obrador en la conferencia mañanera; el entonces subsecretario de Hacienda quedó como un funcionario técnicamente correcto, pero regañado por el líder de la Cuarta Transformación.

El trauma de la salida de Urzúa mediante una durísima carta donde exhibe contradicciones, autoritarismos políticos sobre decisiones de disciplina financiera y la imposición, en Hacienda, de funcionarios neófitos y/o con intereses políticos sobre el profesional, obligaron al presidente y a Herrera a conjurar esos negativos con revelaciones de las verdaderas causas que conflictuaron la salida de Urzúa.

Entre esas causas están los desencuentros con el propio Ejecutivo y el Jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo Garza, en una serie de toma de decisiones guiadas por radicalismos -ya sea de izquierda o de derecha, así lo escribió en la renuncia- y en la elaboración del Plan Nacional de Desarrollo (PND), opuesto al escrito por el presidente, que al final del día fue el presentado.

Sin embargo, el jueves de petición de disculpas al FT tendía más capítulos en la misma historia al publicarse el reporte del Bank of America Merrill-Lynch con una lapidaria conclusión: México está en recesión técnica al presentar, por segundo trimestre consecutivo, contracción en la economía. Lo siguiente es la recesión real, provocadora de pánico en inversionistas nacionales y extranjeros.

Sumado a esto está el reporte del Banco de México que muestra números en negativo, una realidad que, dice el Financial, debe asumir López Obrador y dejar a un lado “sus otros datos”.

Esta exposición de motivos es suficiente para que el nuevo titular de Hacienda diga lo que piensa y mantenga su integridad ética en los momentos de imposición de López Obrador; navegar a contracorriente de su pensamiento sería una traición personal, una intolerable incongruencia.

Uno de los puntos clave para entender el pensamiento de Herrera Gutiérrez es su tesis de licenciatura en la Universidad Autónoma Metropolitana, en la que señala: “El pensamiento estructuralista ha pasado, en los años recientes, por una muy fuerte crisis que lo cuestiona tanto en lo teórico como en su capacidad para diseñar políticas económicas exitosas para la región”.

“Desde hace algunos años, la Cepal ha estado especialmente preocupada por el llamado embate neoliberal; en una serie de artículos recientes, algunos importantes teóricos cepalinos han señalado la importancia de replantear el pensamiento cepalino para dar lugar a un nuevo paradigma, llamado neoestructuralista, que se opondría, con mayor éxito, al enfoque neoliberal, al tiempo que permitiría una mejor explicación del desarrollo latinoamericano.

“El institucionalismo puede serle especialmente útil al estructuralismo al momento en que se replantea sus objetivos, le permite clarificar sus conceptos y definir los límites de los problemas.

“Finalmente, quisiera señalar que será en beneficio del estructuralismo el no descuidar su posible relación con otros paradigmas, como el marxista”; así concluye su tesis.

Como señaló el presidente de la Comisión Permanente del Congreso, Porfirio Muñoz Ledo, lo de Carlos Urzúa era la “crónica de una renuncia anunciada”, ya que cuando comunicó a López Obrador que abandonaría el barco una semana después, para no crear turbulencias financieras, un par de meses antes ya había comunicado a sus subsecretarios, entre ellos a Carlos Herrera, que duraría en el puesto un año o dos, a lo sumo.

No sería la primera ocasión que abandonaría a López Obrador a medio camino; lo hizo en la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y su lugar lo ocupó Gustavo Ponce, al que Carlos Ahumada grabó en Las Vegas jugando a las cartas lo que no era suyo; ese ciclo lo cerró, como ahora, el entonces muy joven Armando Herrera, que dejó en caja 2 mil millones de pesos para que Marcelo Ebrard iniciara su gobierno sin problemas.

Carlos Urzúa dejó fama de aprensivo en la Secretaría de Hacienda; lo aterrorizaba reunirse con los capitanes de las finanzas mundiales y sufría el ejercicio del puesto cuando tenía que tratar con extranjeros, pero su mayor terror era pasar unos minutos con el Presidente y enfrentar lo que llamó, en su carta de dimisión, “políticas públicas sin sustento”. A Urzúa le gustaba jugar con sus discípulos. Lo siguió haciendo, hasta el final, con el subsecretario Herrera, el director de Finanzas de Pemex, Alberto Vázquez García, y la Oficial Mayor de Hacienda, Raquel Buenrostro.

Siempre mantuvo enfrentados a sus capitanes y ahora está por verse si Buenrostro se subordina al nuevo secretario de Hacienda y Vázquez García entiende que no hay de otra, que Herrera es el jefe. Ya no hay más Urzúa.

La carta con que se despidió de López Obrador será lo más recordado de su paso por la Secretaría de Hacienda, menos breve que el de Jaime Serra, quien duró solamente 20 días al frente de las finanzas nacionales.

La valentía retórica de su carta nada tiene que ver con su desempeño cotidiano. Se comportó como en el Gobierno del Distrito Federal; calculaba durar tres años, como en aquella época, pero el peso de la responsabilidad no le dio para más.

Herrera tiene todo el apoyo y reconocimiento por su valor de saber decir no y exponer, sin temor, el por qué de su resistencia, pero falta ver hasta dónde la Cuarta Transformación pretende llevar los programas sociales, muchos de ellos considerados unos verdaderos hoyos negros en el consumo sinfín de recursos que podrían meter en una peligrosa espiral las finanzas del país.

Lo ha dicho claramente el presidente López Obrador: “Este es un cambio de régimen, no de gobierno; no llegamos para continuar el desastre de los gobiernos pasados”.

A Herrera le tocará calcular el costo de ese cambio de régimen y asumir la realidad tangible, como dice el Financial Times, no con otros datos, como los de su jefe.

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