La política y la Sixtina

El político infalible es el único mariscal de sus legiones; es el único estratega de sus batallas y es el único héroe de sus victorias

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La política es un arte, y eso se ha dicho a través de los siglos. También el arte puede ser política. De hecho, todo puede ser política, dependiendo del político que la opere y de su propio talento para servirse de lo necesario y para asegurar sus propósitos, bien sean de los buenos o de los malos.  La política es rito; no es mérito.

Digo esto porque en ocasiones utilizo algunos de los cientos de pasajes históricos que parecen no tener relación con la política a efecto de explicarme,  con mayor facilidad, sobre los temas del poder. Quizá por eso he recordado una conocida historia que me asalta de vez en cuando.

Según nos lo han contado, fue el Papa Sixto IV quien ordenó la construcción de la que hoy conocemos como Capilla Sixtina. Su intención fue inmortalizar su nombre para toda la eternidad. Era un hombre bien dotado en muchos conocimientos, pero no en los del arte, así que contrató a los arquitectos que le recomendaron, quienes resultaron un fiasco. Le entregaron lo que hoy conocemos. Un esperpento achorizado, muy parecido a una cancha de jai-alai, pero destinado para ser utilizado por grandes sacerdotes, no por grandes pelotaris.

Por otra parte, olvidaba decir que este Papa practicó un irredento y sacrosanto nepotismo que hoy escandalizaría hasta a nuestra oficina nacional de controles burocráticos, llámese como ahora se llame. Baste decir que a ocho de sus sobrinos los designó cardenales y a más de 20 los hizo obispos.

Pues bien, uno de esos cardenales llegó a ser uno de los más grandes papas de la Iglesia de Cristo. Su nombre de bautizo era Julio. Su nombre de pontificado fue Julio II. No cambió de nombre. Con ello, desde un inicio, indicó que no se consagraría a los santos, sino que se consagraría a los hombres. Que éstos lo necesitaban más que aquellos.

La historia lo conoce como el “Papa Guerrero”. Durante su reinado, en más días utilizó la armadura que la sotana, y en más ocasiones portó el casco que el solideo. Es muy probable que sin su espada, la Iglesia Católica Romana hubiera perdido su sede existencial y hasta su nombre, hoy, sería pretérito, pero descendamos en algo más modesto. Julio no sólo era guerrero. Era inteligente, era político y, muy por sobre todo, era realista. Se le presentó un asunto quizá menor, pero que mucho nos sirve para esta nota. Estaba consciente del adefesio al que su tío le había apostado su pasaje eterno. El bodrio no tenía compostura, por más que recurrió a toda opinión especializada.

Luego, entonces, Plan “A”: Conservarlo así para no eutanizar la creatura de su generoso pariente. Dejarlo pasar y que fueran sus sucesores los que decidieran su segura demolición. O, Plan “B”, asumir valientemente su deber y derribarlo él mismo para evitar que la imagen de su ancestro fuera arrastrada en el escarnio de la barbarie a cambio de sepultar a Sixto IV en el olvido histórico, pero el verdadero político siempre busca el Plan “C”, y lo encontró sin esfuerzo.

Enjoyar las paredes. Que la genialidad de Miguel Ángel se sumara a la inspiración de Perugino, de Botticelli y de muchos otros. Miguel Ángel era escultor y sólo pintaba por necesidad o por ordenanza. Su primera reacción fue negativa.

El político sabía que le gustaba el dinero y que obedecía las órdenes, así que utilizó los dos fuetes. Mucho dinero para Buonarroti. Buena política, ayer y hoy. Y mucha presión de los Médici, con quienes el florentino no osaba rehusar. Buena política, ayer y hoy. Casi todos tienen un precio y casi todos tienen un jefe. Y muchos de ellos tienen precio y jefe.

Desde luego, en la Sixtina no habría que incorporar esculturas ni lienzos. Tan sólo murales. Toda la Sixtina fue murales. La estatua y el óleo se pueden llevar a otro lugar y derrumbar el edificio, pero el mural es inamovible, sobre todo en esa época.

Repito que Julio II no era ingenuo ni iluso. Repito que era inteligente y realista, como todo verdadero político. Sabía perfectamente que con esas imágenes y con esas firmas, el espantajo no sería bello jamás en la eternidad, pero que sería intocable en todos los tiempos por venir. Así lo calculó y así lo acertó. La Sixtina es, hoy, un tesoro de la Humanidad, aunque no un tesoro de la Arquitectura.

Julio II fue un político. Salvó, en los territorios italianos, la importante residencia de la Iglesia de su Dios. Salvó, en su sede, la capilla de su tío. Una fue importante y la otra fue simbólica. Esa fue eficiencia, síndrome infalible del verdadero político. Murió creyendo que no había hecho demasiado. Esa fue humildad, síndrome inequívoco del gran político. Supo lo que tenía que hacer. Ese fue realismo, síndrome imprescindible del necesario político. Cambió el palacio papal por la trinchera de guerra. El político infalible es el único mariscal de sus legiones; es el único estratega de sus batallas y es el único héroe de sus victorias.

 

Abogado y político

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twitter: @jeromeroapis

 

 

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