La ‘macabrona’ historia de llorar, velar y sepultar al hijo que aparece vivo

Nuestra idiosincrasia -o quién sabe qué-, de André Breton a Allan Poe…

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>Somos tan surrealistas, o quizá aquí infra o suprarrealistas, que en uno de nuestros aviones vamos por un Presidente “derrocado” a Bolivia, pero no movemos un ala para rescatar a connacionales apanicados en China por el coronavirus

Aveces las historias verdaderas de los mexicanos rebasan las tramas más fantásticas y de ficción de cualquier escuela o movimiento literario.

Somos los autores improvisados de costumbres, hábitos, sucesos, ocurrencias y más.

La mejor muestra al mundo de nuestra peculiar idiosincrasia es que nos carcajeamos de la muerte, cuando no la festejamos y creamos coreografías sorprendentes para abrazarla.

Pero lo mismo de acciones y actitudes sui géneris, que desaguisadas.

Solo para que nos demos un quemón, imagínense cómo seremos de estrambóticos que el propio padre del surrealismo, André Breton, nos dijo en nuestra propia cara que somos el país más surrealista.

Y eso fue hace tres cuartos de siglo. Si viviera y nos visitara de nueva cuenta estaría “feliz, feliz, feliz”.

Pues cómo no si nos alborozamos ante la desgracia rifando un filón de oro volador llamado TP-01, pero que ingratamente nadie nos compra. ¡Y lo compraremos los propios mexicanos en “cachitos”!

Somos el único país en el que los miles de muertos de un año se los aventamos a los años pasados. Sí porque, tan surrealistas somos que el liberalismo actual (o el post-neoliberalismo disfrazado de liberalismo) posee un reloj que atrasa en el tiempo las muertes que hoy provoca el crimen organizado.

Somos tan surrealistas, o quizá aquí infra o suprarrealistas, que en uno de nuestros aviones vamos por un Presidente “derrocado” a Bolivia, pero no movemos un ala para rescatar a connacionales apanicados en China por el coronavirus.

Más aún, casi nos volvemos locos por un virus que nunca hizo ni cosquillas como fue el AH1N1, y ahora que el famoso virus de Wuhan comienza a recorrer el mundo ni nos inmutamos. ¿En serio nos inmunizó aquel “Niño Cero” que se le ocurrió a Fidel Herrera? (“Virus que no mata, engorda. Y La Gloria, está en la gloria”, diría el ex gobernador de Veracruz).

Vaya somos tan echados a la chunga que como gobierno promovemos a borbotones el liberalismo (haciendo mazapán a los conservadores y fifís), pero festejando al Presidente más neoliberal del mundo, Donald Trump.

Pero quizá alguna vez, internacionalmente, eso se nos reconozca no solo como un detalle de incongruencia, sino de gran sapiencia.

Porque, ¿cómo que a la delincuencia organizada sacarle un arma de plástico que al jalar el gatillo bote un mensaje en papel que dice “¡Bang!”, hurgar su ombligo con el dedo y, entonces, agarrarla a besos y abrazos?

En fin, la lista de nuestros despropósitos es bastante larga.

‘LO VELÓ, LO INHUMÓ, LO LLORÓ… ¡Y APARECIÓ!’

Pero un suceso inédito, ocurrido muy pocas veces, pero no con la singularidad nuestra, fue el acontecido en Morelos hace unos días.

Sucede que doña Felicitas Tijera Carvajal extravió a su hijo Jonathan Martínez Tijera desde los primeros días de enero.

La aflicción y sufrimiento por ese tipo de situaciones muchos mexicanos la pueden contar. En una nación con 20 mil o 40 mil desaparecidos, porque ni de eso estamos seguros, esa tortura psicológica se ha generalizado.

El 16 de enero sus hermanos fueron a identificar un cuerpo, que dos días antes las autoridades habían encontrado y lo depositaron en el área de Servicios Periciales de la Fiscalía Regional Oriente del Estado y, sin seguir los protocolos, se los entregaron.

“Ella (la madre) pensando que era su hijo lo veló, lo inhumó, lo lloró…”, dijo el abogado de la familia, Miguel Ángel Rosete Flores.

Pero resulta que el sábado 1 de febrero recibe una noticia que increíblemente no le provocó un infarto ante el impacto: Su hijo está vivo. ¿Dónde? Recluido en un grupo de ayuda a las adicciones.
El lío se ha vuelto viral.

Una familia -dos hermanos, una madre-, que no son capaces de reconocer el cuerpo del hermano o el hijo, a pesar de no estar en condiciones cadavéricas avanzadas y se diagnosticó que la persona equivocada falleció de un paro cardiaco, y una Fiscalía que omite los protocolos de exámenes genéticos.

Sí, y ahora el muerto que no es, no tiene siquiera a un reclamante. Una historia que incita a volver a Édgar Allan Poe sin traumas. ¡O a quién! ¿A Breton? ¿A Alfred Jarry o Antonin Artaud?

En la historia de Jonathan se juntan ahora el regocijo y la pena. El que ya está y nunca se fue, el que se fue y nadie lo busca, o no lo encuentra, o no saben quién lo tiene.

 Quién de los dos podrá ahora aclamar como Serrat:

“Si la muerte pisa mi huerto… / ¿Quién mentirá un padrenuestro / y a rey muerto, rey puesto… / pensará para sí?

“¿Quién cuidará de mi perro? / ¿quién pagará mi entierro / y una cruz de metal?…

“¿Cuál de todos mis amores / ha de comprar las flores / para mi funeral?”.

O afirmar como Miguel Hernández…

“No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta”.

Tan simples, como cosas nuestras.

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