Los expertos en materia de siquiatría coinciden en calificar la personalidad de Donald Trump como propia de los narcisistas, es decir, un hombre convencido de ser depositario de la verdad absoluta, empeñado en imponer su voluntad a los demás, convencido de que, si las cosas salen mal, siempre tendrá a su alcance los medios para atribuir a otros el origen de sus fracasos. No es una persona dispuesta a escuchar los argumentos del resto de los seres humanos, sino que siempre está empecinado en someter la voluntad de los demás a sus designios. Es practicante de la filosofía de aquel virrey de Nueva España, el Marqués de Croix, que afirmaba: “Vosotros habéis nacido vasallos; callad y obedeced”.

Desdeñoso de los modales y prácticas de la diplomacia, no es un personaje de argumentos, sino de necedades, impaciente y altanero con aquellos interlocutores a quienes califica como débiles. No estoy definiendo rasgos con fines injuriosos, pero el perfil es útil tenerlo presente para comprender la imposibilidad de sostener una plática sobre asuntos gubernamentales con el señor Trump, por más de 15 minutos, en un ambiente de serenidad y reflexión, como ocurrió con Malcolm Turbull, primer  ministro de Australia, a quien, simplemente, le colgó el teléfono para no seguir escuchando sus argumentos en materia migratoria.

Con estos antecedentes, acreditados en los pocos días al frente del poder ejecutivo del gobierno de Estados Unidos, es muy difícil admitir que el Presidente Peña haya sostenido una plática telefónica tranquila y respetuosa, a lo largo de casi una hora, con el señor Trump. Es inimaginable que una conversación de esta jerarquía no estuviese grabada, como afirman las autoridades mexicanas. Ante esta negativa es permisible suponer ciertos momentos de irritación al tratar algunas cuestiones alusivas al tráfico de estupefacientes, tema, este último, donde resulta incomprensible admitir ignorancia de los círculos policiales y militares mexicanos sobre la rápida expansión de los campos de cultivo de amapola en la Tierra Caliente de Guerrero y Michoacán, zona convertida, con insólita celeridad, en importante productora de goma de opio.

El tema del contrabando de armas de alto poder de fuego hacia México tiene perfiles indefendibles. Años atrás, merced a la corrupción rampante, perdimos el control de nuestras aduanas y, por tanto, resulta incongruente reclamar a otros gobiernos el ingreso de armamento en forma clandestina. Es nuestra responsabilidad controlar su internación al territorio nacional.

La frontera sur es otro tema de conflicto. Desde la época de Obama, el gobierno estadounidense considera altamente riesgosa la apertura migratoria a  centroamericanos a través de la garita de Tapachula. Si bien se suspendieron los viajes de emigrantes sobre los trenes de “La Bestia”,  el fenómeno sólo se ha hecho más lento y penoso, pero no se ha regulado. En fin, los temas en las siempre conflictivas relaciones mexicano-norteamericanas no se reducen al TLCAN o al muro fronterizo de la ignominia, sino que comprenden innumerables capítulos con más espinas que una ceiba.

Hace dos décadas, la política exterior mexicana perdió el rumbo; los gobernantes olvidaron que debe estar regida por la fracción X del artículo 89 constitucional, que en su parte relativa estipula: “En la conducción de tal política (exterior), el titular del Poder Ejecutivo observará los siguientes principios normativos: La autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de controversias; la proscripción de la amenaza, o el uso de la fuerza, en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los Estados; la cooperación internacional para el desarrollo; el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos, y la lucha por la paz y la seguridad internacionales”. Esa debe ser la primera lección para el doctor Videgaray.

Es imposible defender lo que no acertamos a definir. Ya agotamos la etapa del  facilismo económico porque despilfarramos el auge petrolero. La paz social es una errante efímera debido a la impericia y la corrupción. Nuestra incompetencia nos ha tornado débiles ¿Cuál es el rumbo a seguir?

Exigir respeto al país y conducirse con firmeza no es una balandronada; es una exigencia impuesta por la dignidad. Es la premisa de toda relación civilizada entre las naciones. No demos lugar a que la prudencia sea juzgada como debilidad. En forma correlativa, conducirnos con verdad y honrar nuestros compromisos son pilares fundamentales para ganar respetabilidad. Abrevemos de la herencia de dignidad de Carranza, Cárdenas y López Mateos.

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*Ex regente del DDF y ex director general del ISSSTE

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