Comienza el 2017 y, con él, los preparativos para la gran contienda electoral presidencial del 2018.

Es  fácil  anticipar  lo  que  va  a  suceder  en  esos meses.

Lo que no resulta tan fácil es pronosticar a los protagonistas ni, mucho menos, al vencedor final.

Para  comenzar  podemos  predecir  que  será  algo  más  espectacular  que “El  buen  fin”.

El  primer  domingo de  junio del  2018  se  subastará  un  país.  Hay que  estar  bien  preparado  y,  además,  hay  que  estar  muy  atentos porque  todos los  oferentes   prometen   sus   mejores   gangas.

Cada   uno   ofrece   un país maravilloso, sin pobres, sin  rateros, sin desempleados, sin mentirosos y hasta sin tristes.

Para  nuestro  confort,  los  establecimientos  estarán  abiertos  durante 10 horas  continuas  y  habrá  un  establecimiento  muy  cerca  de  nosotros.

Habrá docena y media de personas esperando a los asistentes para brindarles la mejor

atención  y  la  mayor  vigilancia  posible, pero,  además  de  ello,  todos los productos  propalan  el  mejor  precio.

Nada  de  anticipos  ni  de  enganches.  Tan sólo  habrá  que  firmar  la  boleta  que  les  presenten.  Ella  surte  el  efecto  de voucher.

Para  otorgar  la  mayor  comodidad  no  hay  que  estampar  la  rúbrica, sino, como a la antigua, tan sólo poner una cruz y depositar la boleta.

Esa  gran  promoción  es  lo  que  suele  conocerse  como  el  día de  las elecciones  o,  en  lenguaje  jurídico,  la  jornada  electoral.

En  esa tan  esperada fecha  se  dará  la  cesión  o  la  adquisición  completa  de  todo  un  país.  Por  cierto, el nuestro. No uno ajeno ni distante, ni distinto, sino México, que es uno de los mejores países del planeta.

Por eso pareciera ser un asunto de nuestro mayor interés. No sólo están jugando los partidos y los candidatos. Por encima de ellos, y más allá de ellos, se está jugando nuestro futuro y nuestro destino.

Lo queramos o no, lo que se está apostando en la mesa del casino nacional somos nosotros mismos.

La gran promoción que se avecina se trata de una gran venta porque, de alguna  manera,  en  eso  consiste  el  moderno  sistema  electoral  de  los países civilizados.

Primero  surgen  las  ofertas  en  forma  de  candidaturas.  Después  se genera  la  competencia  de  mercado  libre,  en  forma  de promesas  y  de  contienda electoral.

Más tarde se compra la propaganda, en forma de publicidad. Y, por último, llega el día de la venta mayor.

Los  que  más  pagan,  a  través  de  la  mayoría  de  sufragios,  serán  los  que decidan  la  adquisición  del  proyecto  de  nación  o,  por  lo  menos,  de lo  que  les han  prometido  como  el  proyecto  de  nación.

Los  precios  que  se ofrecen  son bajísimos y la forma de pago es a plazos.

Como  país  pluripartidista  que  somos,  con  15  millones  de  votos  se llevan  el  país,  y,  si  me  apremian,  puede  ser  que  hasta  con  tan  sólo  14.

Si  fuéramos  un  bipartidismo,  como  muchos  lo  han  soñado,  entonces,  la  puja sería mucho  más  alta.  Ganar  costaría  algo  así  como  20  millones  de  votos,  cuando menos,  y  eso  sin  contar  con  el  sesgo  congresional.

Sin  ello,  los  precios  se elevarían hasta como 25 millones.

Los  electores,  a  su  vez,  cuentan  con  mucho  tiempo  para  pagar.  En algunos casos serán sus hijos, o sus nietos, quienes tengan que afrontar, con su bienestar y su esperanza, el costo de esa jornada dominical de sus padres o de sus abuelos.

Por  eso,  ¡cuidado,  mucho  cuidado!, porque,  como  decían  las  antiguas consejas, después de salida la mercancía ya no se admite ninguna reclamación.

Es   por   eso   que   los   electores   siguen   siendo   consumidores   totalmente indefensos. Si el producto que escogieron ese fin semana tiene defectos, o si se les descompone, pues ya ni modo. Con su pan que se lo coman, porque no hay cambios ni reposiciones, ni devoluciones.   

Por  eso,  vale  la  pena  que  los  electores  se  tomen  unos  cuantos minutos, aunque  tan  sólo  un  par,  para  reflexionar  lo  que  significan  esos  7  minutos dentro de una casilla electoral, con los que van a decidir el beneficiario de sus votos y el destino de su nación.

No  vaya  a  ser  que  se  equivoquen,  como  ya  les  ha  sucedido.  No vaya  a ser que los engañen, como ya los han timado. No vaya a ser que destruyan a su nación por la mera equivocación, porque está comprobado que en los asuntos de la política, al final de cuentas, todos tenemos la razón. Lo que nos distingue a unos y a otros es que algunos la tuvimos a tiempo y los otros, por desgracia, la tuvieron cuando ya no había ningún remedio.

Abogado y político

[email protected]

twitter. @jeromeroapis

* Siete veces ex subprocurador en las procuradurías General de la República y del Distrito Federal

Compartir: