La discreción como valor en la política

Tiempos actuales no se prestan para serlo; moda ha obligado a los gobernantes a tomar la tribuna tres veces diarias

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Se ha dicho que, en la vida, muchas veces son más graves las palabras que los hechos. Quizá por eso La Fontaine decía que los hombres que no hacen ruido son los más peligrosos. A su vez, Bacon dijo que la discreción es una virtud sin la que las otras dejan de serlo.

Sin embargo, los tiempos actuales no se prestan para ser discreto. La moda política ha obligado a los gobernantes a tomar la tribuna tres veces diarias, mientras que en tiempo pasados, eso lo hacían tan sólo tres veces al año. Las tres del presidente eran el informe ante el Congreso de la Unión, el mensaje de Año Nuevo y alguna entrevista para un director de periódico o de noticiero.

En efecto, la política obligada a profesar votos de silencio. Por eso, cuando el presidente mexicano hablaba se decía que rompió del silencio, y eso era todo un acontecimiento.

A eso hay que agregarle las actuales redes sociales. Ya no es raro que dos mandatarios se comuniquen y discutan a través de sus cuentas electrónicas.

Cuando la política real, la única en la que creo, es ejercida de manera fina y exquisita se convierte en una delicia para el espectador, y en un deleite para el actor.

Por lo que dije al principio, de entre sus muchas facetas tomaré, como ejemplo, la discreción y una anécdota muy sencilla me servirá para ilustrar lo que estoy diciendo. Revelar los motivos verdaderos o las intenciones reales puede ofender, preocupar, alertar o decepcionar. Como en el dominó, en la política está prohibido hablar de más.

Cierto día, de hace muchos años, se llegó el turno de la designación del director de una de las más importantes facultades de la UNAM. La rectoría había abrazado la preferencia por uno de los catedráticos más prestigiosos y respetados. Para cumplir con los reglamentos se integró la terna de la que la Junta de Gobierno elegiría al nuevo directivo, sin embargo, para asegurar el triunfo de la voluntad rectoral, los otros dos insaculados eran maestros de perfil modesto y de credenciales medianas.

No obstante, resultó que uno de esos era amigo juvenil del entonces Presidente de la República, quien, de inmediato, giró su recomendación para socorrer a un “cuate” al que no había podido acomodar en ninguno de los 3 mil cargos de los que disponía en el gobierno federal.

El muy eficiente secretario de Gobernación habló personalmente con los 15 funcionarios decisorios. Les explicó que el caprichito presidencial era una nadería en comparación con lo que su simpatía y gratitud representaría para la universidad en presupuestos y en apoyos. Además, si, en las reglas no escritas, un sillón del gabinete lo ocupaba la UNAM, no les costaba nada que le permitieran encajar a un amigo suyo en su alma mater, una sola escuela de las 50 del sistema universitario.

El resultado fue unánime. La votación fue de 15-0-0 a favor del amigo recomendado, pero lo interesante de la anécdota es que la amistad no fue el verdadero motivo presidencial, sino otro más importante, pero menos confesable.

Resulta que el preferido del rector era un maestro colmado de honores, pero relleno de intransigencias. Exageraba mucho al penar las inasistencias, reprobar a los que no saben, expulsar a los que no estudian y cesar a los que no enseñan. Su rigidez provocaría pronto un desorden que desbordaría a la universidad y presionaría al gobierno cuando los estudiantes bloquearan las calles, secuestraran los autobuses y suspendieran las clases.

Sin embargo, plantearlo así era humillar a los gobernadores universitarios y ofender a la universidad porque una cosa es una recomendación amistosa, intercesión muy tolerable, y otra muy distinta es una intervención política, intromisión muy inaceptable. Más aún, si el amigo recomendado hubiere recibido una objeción absoluta, el gobierno hubiera sugerido al tercero, pero no lo diría por anticipado, ya que entonces se descubriría que no estaba realmente recomendando a su amigo, sino vetando al candidato el rector. Frente a eso, la celosísima Junta de Gobierno hubiera desoído al primer mandatario.

Los estudiantes recibieron al electo con todas las fanfarrias. Los catedráticos también descansaron. En Bucareli hubo sonrisas y relajamiento. En la universidad hubo sosiego y clases. Al astuto presidente mexicano no le interesaba ni el ascenso de su amigo ni el confort de los estudiantes. Sólo le interesaba la paz política. El rector, que no era egresado de esa facultad, no sabía cómo era su preferido. El presidente sí lo sabía desde la juventud. El rector, cuando es desbordado, se desentiende del problema. El presidente no puede desentenderse nunca.

Todos quedaron contentos, menos el derrotado, quien sufrió un injusto y espectacular ridículo, pero tampoco podía advertírsele previamente ni invitarlo a declinar. Por no ser político no lo hubiera entendido, y por no ser flexible no lo hubiera aceptado. Lo habría voceado, habría acorralado a los electores y habría colapsado a la universidad.

He ahí la valía y la elegancia de la política de la discreción.

 

Abogado y político

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

 

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