Este 2017 en sus inicios, ha marcado significativamente el acontecer de la sociedad mexicana con todo y su bagaje multifacético de actividades y problemas que la identifican, no importando su ubicación territorial, creencia religiosa, posición social o inclinación política, ya que cualquier segmento de identidad enunciado se ha visto estremecido por dos factores de descomposición.

Componentes que se orientan a permanecer por un buen tiempo en nuestro diario acontecer, en una convivencia de incomodidad y afectación como son los famosos “gasolinazos” y el efecto “Trump”, que nos está haciendo padecer el presidente de la Unión Americana.

Dos coyunturas que han desplazado del plano de prioridad la atención a problemas añejos y presentes, cuya estructura de repercusión no encuentra paralelo con los expresados, ya que éstos, nos están golpeado por igual directamente en el bolsillo, en el comercio, la migración y la seguridad preferentemente, alterando los procesos económicos que nos vulneran irremediablemente cada vez que se pronuncian.

Dos escollos difíciles de superar, que no se pueden subsanar con el clásico paso del tiempo y su adaptación a ellos cuando se distingue una sociedad conformista, porque sus efectos los vivimos día con día, con su proceso de deterioro que erosiona poco a poco la ya menguada economía familiar y la dignidad nacional.

Dos complicaciones nacionales que se deben separar y delimitar para poder contenerlas, restringirlas y encasillarlas, en la posición que menos efectos destructivos puedan producir, ya que erradicarlas parece imposible en el corto plazo, cuyos factores de sujeción se encaminan a dos acciones coordinadas de actuación difícil de concretar como son unidad y austeridad.

UNIDAD

Con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, México padece a diario con las declaraciones o resoluciones ejecutivas que emite este personaje, que van acompañadas de hostilidad y falta de respeto contra nuestro país, aunque el poder legislativo de esa nación, su sector industrial y gran parte de su ciudadanía, empiezan a despertar del letargo que les produjo un personaje cuya razón y sabiduría no son evidentes, pero que ostenta el cargo de presidente constitucional emanado de su proceso democrático. Actitudes de reacción que poco a poco se están convirtiendo en el contrapeso necesario que lo ubique en la real dimensión del cargo, en la posición estratégica que representa para su nación y el equilibrio mundial, ya que estamos hablando de la primera potencia del planeta.

Desequilibrios que nos produce con su nacionalismo mal incubado, que desde su llegada al mando lo ha querido convertir en acciones dominantes, buscando adquirir prestigio dentro de las mayorías de su país para transformarlas en autoridad.

Un rasgo esencial de la civilización mediática, la cual explota de manera más que eficiente, en su búsqueda por ser conocido, reconocido, aceptado y avalado.

Un prestigio que busca de las mayorías estadounidenses, aunque con su actuar destruya todo lo que a su paso se interponga, y en su tránsito demoledor lamentablemente se cruza México.

Sus embates, distorsiones y desacreditaciones que ya no solamente se enmarcan en el discurso, nos altera, humilla y deteriora emocional, social y económicamente, sin que se le pueda encarar de frente, porque puede resultar contraproducente desafiar al gigante del norte.

Donald Trump y Enrique Peña Nieto no son par, aunque representen cada uno a su país de origen, ya que el poder a nivel nación de cada uno es tan disímbolo como distante en todos los ámbitos, que pareciera irrisorio querer manejarse en un mismo plano.

Es una batalla de David contra Goliat parafraseando a los clásicos, donde los mexicanos no debemos vernos como víctimas, débiles u oprimidos, por las desventajas abismales que presentamos ante el adversario.

Como lo mencionara el Benemérito Benito Juárez García: “La adversidad desalienta sólo a los pueblos despreciables”, y México y los mexicanos no somos indignos, aunque así nos quiera identificar Trump.

Ante esta vicisitud, cómo se hace presente la arenga que promovía Adolfo Ruiz Cortines cuando requería el apoyo de unidad de su grupo de trabajo, una analogía que le resultaba muy ilustrativa con efectos motivacionales con su famoso “puño cerrado”, el cual describía como: “Los dedos de las manos son desiguales, cada uno tiene sus características, pero todos unidos juntos, forman un puño. No se necesita pensar de un modo idéntico, ni tener un estilo semejante de vida para estar unidos en un propósito común y generoso”.   

Y ante esa  intención común, con su mezquindad que caracteriza a los partidos políticos de México, desecharon un propósito común y generoso en defensa de la soberanía nacional que convocó el presidente del Partido Revolucionario Institucional (PRI) Enrique Ochoa Reza, que desecharon de inmediato sin una contrapropuesta tangible, por parte de  sus homólogos Alejandra Barrales Magdaleno del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Ricardo Anaya Cortés del Partido Acción Nacional (PAN), con el argumento de que el partido convocante no tenía la calidad moral para encabezar un movimiento de esta naturaleza.

En lo concerniente al Movimiento Regeneración Nacional (Morena) de Andrés Manuel López Obrador, éste no se rige por los protocolos institucionales y genera su agenda propia, donde la unidad política no lo regula, sino que él se erige como el regulador de la política.

Con estas actitudes que reflejan una falta de visión de Estado, con apoyos mediáticos y condicionados que no concretan, la pregunta apartidista de gran parte de la sociedad pensante que  delibera con cierto dejo de incredulidad es, la situación o momento para cuestionar y negar su participación toda aquella representación política que vive de los impuestos de los mexicanos, que se deben a los mexicanos, solamente porque ellos no la convocan o sus utilidades de actuación partidista no les reditúa esta acción, son válidas para negarse a construir un flanco de defensa tan necesario para afrontar la situación actual, anteponiendo sus intereses de grupo por encima del interés nacional.

Con sus actuaciones usureras, se sigue percibiendo la identidad de los partidos políticos como herramienta de poder que se mantiene lejos de la sociedad que representan, ya que apelan al deber cívico solamente en coyunturas electorales.

Identificándolos más por la búsqueda de acciones de adversidad o de error en que se ve envuelto el gobierno en turno, para satanizarlo, cuestionarlo y sacar provecho político, porque su mira esta puesta en la ganancia electoral que puedan arrimar a su partido, máxime que se acercan las elecciones del 2018.

AUTORIDAD SOCIAL

Ante la ausencia de una figura de autoridad nacional, y hablamos incluyendo al Presidente de la República Enrique Peña Nieto, cualquier personaje de su gobierno, representantes populares en la cámaras o de los partidos políticos, no se identifica a un personaje que pueda convocar, aglutinar y encabezar un movimiento nacionalista, al que se les una sin reparo una sociedad actuante y demandante, que en 2016, a través del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública (CESOP) de la Cámara de Diputados, identificó a los cuerpos policiacos y a los partidos políticos como los más corruptos.

Ante todas las llamadas de unidad y los esfuerzos del Presidente de la República de conformar un bando de defensa, que le han negado secundar egoístamente en forma sistemática de parte de las representaciones políticas, ya que lo descalifican, delimitan y cuestionan para esta representación.

Resulta incomprensible en estos momentos álgidos por el que transita el país, a la figura presidencial independientemente del personaje y orientación política que represente, se le discuta y delimite su posición para comandar un movimiento de resistencia y de defensa estratégica para desechar la debilidad que perciben del Ejecutivo federal, y que han capitalizado en sus ataques.

Ante los escarceos y falta de identidad institucional de los sectores gobernantes, la sociedad civil se hace presente ante la inefectividad de unidad de la que hacen gala nuestros representantes, que solamente han avizorado esfuerzos aislados que no convocan a una sociedad agraviada, crítica y desconfiada.

Con el paso del tiempo y con las ofensas presentes, con los incipientes boicots fronterizos que han dejado sentir el peso de su presencia, surge un movimiento independiente apartidista emanado de la sociedad civil y las asociaciones empresariales, que alzan la voz y quieren representar a los mexicanos, en una marcha de respeto a México y de México.

México Vibra, es la caracterización que los políticos no pudieron personificar y que sigue abriendo la brecha de distanciamiento entre ellos y la sociedad.

Agrupación que hace frente a las políticas y amenazas que emite a diario Donald Trump, que se harán presentes ganado las calles para seguir convocando adherentes, con la idea de demostrar que: “Somos la pieza que une al norte con el sur”, que no queremos muros, que preferimos puentes, y como mexicanos requerimos y exigimos un trato digno y respetuoso.

Tuvo que ser la sociedad que levantara nuestra bandera ante tanto agravio y daño colateral que nos están produciendo.

María Amparo Casar, presidenta ejecutiva de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, una de las organizaciones convocantes a las que se le han unido Mexicanos Primero, la Oficina para México y Centroamérica de Artículo 19, Causa en Común, la Central Campesina Cardenista, el Centro de Estudios Espinosa Iglesias, el Centro de Comunicación Social, el Centro de Investigación y Docencia Económicas, El Colegio de México, la Coparmex, Impunidad Cero, el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, el Instituto Mexicano para la Competitividad, la Confederación Nacional de la República Mexicana y Transparencia Mexicana, inician la defensa de la dignidad mexicana.

No cabe duda que la falta de unidad de nuestros representantes políticos y gubernamentales los sigue distanciando de la sociedad, quien sin duda les cobrará factura en el 2018.

No olvidemos la máxima del libertador Simón Bolívar: “La unidad de nuestro pueblo no es simple quimera de los hombres, sino inexorable decreto del destino”. Y nuestro destino es construir nuestra fuerza de unidad a partir de una sociedad que ya no está dispuesta a soslayar los problemas, sino que los enfrenta y condiciona en la búsqueda de resoluciones equitativas y justas, traspasando el umbral de la representación política, que poco a poco sigue perdiendo posiciones de actuación en un laberinto donde el final se vislumbra un cambio de régimen de representación.

Compartir: