La amenaza de la basura

Explosivo crecimiento del fenómeno de generación de desperdicios; salida de transformar los desechos en energía o en composta para fertilización todavía no tiene un significado real

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Todavía conmueve el recuerdo del comentario de mi abuelo respecto del dolor, la destrucción, carencias y hambruna en Alemania y otros países de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. La tragedia alcanzaba a  toda la población y los crudos inviernos hacían estragos en las familias que no conseguían mantener el calor en sus viviendas. Al cabo del tiempo la recuperación fue asombrosa. El Plan Marshall y el empuje del pueblo para su recuperación, lograron equilibrar las necesidades alimentarias con la disposición de bienes y productos para lograrlo. Sin embargo, se extendió también la epidemia del consumismo importado de Norteamérica que contagió la austeridad del viejo continente. Hoy la situación es consecuente, se desechan, tiran o se amontonan por caducidad o inicio de putrefacción en el mundo cerca del 30 por ciento de productos empacados para su consumo. La cifra es de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

A nivel mundial la misma entidad señala que los desperdicios alimentarios arrojados a la basura alcanzan la cifra de 680 mil millones de dólares. El contraste es dramático, cuando se compara con el crecimiento del porcentaje de los habitantes del planeta que sufren anemia desde el vientre materno. Todavía más, entre el 8 y 10 por ciento de las emisiones de gas con efecto invernadero, proceden de alimentos perdidos durante las etapas de producción, cosecha o posterior desecho por los consumidores y que son arrojados finalmente a los rellenos sanitarios cuyo gas metano es casi 25 veces más dañino que el dióxido de carbono. A ello habrá que agregar lo que significó en contaminación la recolección, acarreo y transporte desde innumerables puntos de procedencia en inmensos vehículos motorizados que se impulsan con combustibles fósiles. En otro capítulo debe considerarse el inconmensurable recurso hídrico, tierras, semillas y fertilizantes utilizados en la producción primaria que a su vez, implica otros costos económicos y ecológicos imposibles de cuantificar.

Recientemente el Instituto Politécnico Nacional y el Conacyt realizaron un estudio del desperdicio de comida de los mexicanos que llega a un promedio de 167.21 kilogramos al año, equivalente a 2 mil 41 pesos, que van a la basura y que infestan el ambiente, el suelo y lixiviación a los mantos acuíferos subterráneos. El mercado contribuye a ello cuando el costo de la producción de recolecta de los frutales no alcanza a cubrirse con el precio que el intermediario y el último productor están dispuestos a pagar, dando por consecuencia que el producto se quede en el sitio y finalmente se pudra en la tierra. “Una familia mexicana de cuatro miembros tira, en promedio, el 20 por ciento de los alimentos que compra cada semana, por lo que el desperdicio asciende a 668.8 kilogramos al año”. Desde luego en estados del norte como Chihuahua, Nuevo León  y Tamaulipas, el desecho promedio de una persona equivale a 3 mil 324 pesos anuales, mientras que en el sur no rebasa los 670 pesos. Los índices de nutrición y productividad en ambos casos también difieren en la misma proporción.

Tal es el escenario que aunado al crecimiento demográfico mundial presenta el reto más peligroso en la materia ecológica que incluso, al del uso de combustibles fósiles en el globo terráqueo. La salida de transformar los desechos en energía o en composta para fertilización, todavía no tiene un significado real frente al crecimiento explosivo del fenómeno de generación de desperdicios que el mundo padece sin percibir el efecto letal que podrá causar en un futuro que si bien no es preciso, finalmente vendrá a cobrar el precio de la indolencia y desatención de ésta realidad. El problema que parecería sólo de carácter técnico para encontrar una solución mecánica, química, industrial nunca alcanzaría a igualar la velocidad de ingreso con la de la transformación inocua hacia la atmósfera, el suelo y el subsuelo. Por lo mismo el enfoque de salida no puede ser más que de carácter cultural, es decir, del empleo de la capacidad de la libertad del hombre para enmendar y cambiar hábitos que están siendo suicidas para la humanidad.

En Finlandia por ejemplo, se trata de modificar patrones de consumo y los mismo productos que en los supermercados se venden a precios regulares, cuando están próximos a su caducidad, se ofertan a mitad de precio para hacerlos accesibles en puntos de venta cercanos a las zonas o barrios de menores ingresos. Se intenta por lo mismo el reducir al mínimo los sobrantes de alimentos que no llegan al consumidor lo que, si bien es loable,  no es todavía la solución final. El racional y único camino es en definitiva, la sobriedad alimentaria, tanto para el mantenimiento de la salud, como del equilibrio ecológico para que desde el hogar la acumulación de basura alimentaria se reduzca hacia prácticamente la eliminación. Obviamente la adecuación del mercado a estos parámetros implicará un cambio radical de política económica en los estados modernos que sean verdaderamente democráticos.

El planeta no puede seguir estando a expensas de vicios adquiridos por la inercia de costumbres hedonistas que sustituyen la vaciedad del espíritu, para compensarse con la gula, la glotonería el hartazgo y la inconciencia de sus efectos. La labor es educativa pero ineludible. Las nuevas generaciones no tienen opciones o redefinen usos y costumbres en la alimentación y sus consecuencias los desperdicios excesivos, o enfrentarán caminos cerrados a una vida civilizada y más plena sin estos adversarios.

 

 

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