Juan Sabines y Manuel Velasco, 12 años de tragedia en Chiapas

Aparente euforia electoral vaticinaba un gobierno de verdadero cambio

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Cuando, el 8 de diciembre de 2012, Manuel Velasco Coello protestó como gobernador de Chiapas llegó con las mejores expectativas para dar un giro político, económico y social al estado, de grave deterioro con que la dipsomanía y la irresponsabilidad de Juan Sabines habían dejado a la entidad.

La aparente euforia electoral vaticinaba un gobierno de verdadero cambio. Con el 65 por ciento de la votación total, Manuel Velasco aplastaba a su competidora más cercana, María Elena Orantes López, candidata del PRD que apenas pudo obtener el 17 por ciento de los sufragios. El candidato del PAN, Emmanuel Nivón, ni siquiera pudo recolectar el 10 por ciento de la voluntad popular. Y, en el exceso, la candidata del Partido Orgullo Chiapaneco (Poch), Marcela Bonilla, terminó con una ridícula aceptación de menos del uno por ciento.

Después se supo que Manuel Velasco jamás tuvo la aceptación que aparentemente se manifestó en las urnas. La tránsfuga del PRI por conveniencia, perredista de ocasión y recluta de Movimiento Ciudadano, María Elena Orantes López se alquiló, como vulgar esquirol, para legitimar el fraude completo a favor de Manuel Velasco. Los otros dos candidatos fueron de caricatura, sobre todo la del Poch, Marcela Bonilla, una antigua Señorita Chiapas sin ninguna formación ni menos trayectoria política o administrativa, pero de buenos oficios con su cetro en retiro.

El Poch fue el partido creado por Juan Sabines para dárselo en usufructo a su esposa, Isabel Aguilera, como plataforma con la que se propician candidaturas afines al sabinato, pero también el Poch resultó una curiosa referencia a los vicios de Juan Sabines. El Poch, con alguna letra alterada, es una bebida alcohólica corriente, como lo fue Juan Sabines durante seis años, con su inclinación etílica y su propensión al consumo de enervantes.

En gran parte, Manuel Velasco resultó producto de las complicidades de Juan Sabines con Enrique Peña Nieto y la traición a Andrés Manuel López Obrador. En varias de sus tantas indiscreciones, Juan Sabines se ufanaba de que había cooperado con mil millones de pesos para la campaña de Peña Nieto y propiciado el abultado triunfo de Velasco Coello. Mucho de razón hubo en la euforia de Sabines. Las huellas del tigre quedaron indelebles. José Antonio Meade, secretario de Relaciones Exteriores del peñanietismo, nombró a Juan Sabines cónsul de México en Orlando, Florida.

Con ese atraco diplomático quedaba al descubierto que Sabines compró el consulado por sus valiosos aportes a la campaña de Peña Nieto. Se concluye que de la deuda de 40 mil millones bajo la irresponsabilidad de Juan Sabines, mil millones se le quitaron al pueblo de Chiapas en salud, educación y bienestar social para entregárselos al que sería el fracasado gobierno de Peña Nieto.
Por eso, Manuel Velasco protegió a su compadre Juan Sabines por los favores electorales recibidos. Ninguna molestia recibió el dipsómano psicotrópico, a pesar de que hoy se pagan 1,500 millones de pesos anuales (4 millones de pesos diarios) por concepto de intereses de la deuda heredada del sabinato.

El repudio social a Juan Sabines y a Manuel Velasco, ellos mismos se encargaron de propagárselo. Los dos salieron de la gubernatura por la puerta trasera y no de cara al pueblo, como cuando se ha ejercido el poder con mesura y en beneficio de la ciudadanía. Ambos huyeron. Ni Manuel Velasco ni Juan Sabines se presentaron al cambio de poderes, y menos ahora se atreven a venir a Chiapas. Encontrarían rechazo y que no son bienvenidos.

Juan Sabines nada tiene de qué presumir. Ejerció un gobierno vergonzoso, ladrón, represor, frívolo, fracasado. Sus grandes proyectos terminaron en la basura. Las ciudades rurales resultaron un dispendio innecesario de mil 500 millones de pesos que empobreció más a quienes fueron obligados a ir a vivir en un espacio ajeno a su hábitat natural. El biodiesel terminó en otra farsa producto de los trastornos psiquiátricos de su autor.

Y los objetivos de desarrollo del milenio, publicitados por la ignorancia de Isabel Aguilera de Sabines, terminaron por exhibir la pobreza de Chiapas. Durante el gobierno de Juan Sabines se impuso récord: De los 10 municipios más pobres de México, cuatro quedaron en Chiapas y la pobreza pasó del 38 al 79 por ciento.

Manuel Velasco resultó otro abusivo empedernido como desgobernador de Chiapas. A las pocas semanas de protestar el cargo tuvo la ocurrencia de ir a pasar los fines de semana a la ciudad de San Cristóbal. Hospedado en el hotel Bo se mostraba generoso con su recua de parásitos jóvenes acompañantes. No había límite en el dispendio del consumo.

Sólo que cuando le pasaron las abultadas cuentas de sus excesos para el pago correspondiente se negaba a cubrir la deuda. Desde su condición de gobernador creía que todo era gratis para ganarse su amistad. Finalmente, los cobros reiterados prosperaron y de mala gana ordenó se pagara con cargo al erario estatal. La respuesta fue la represión fiscal.

Las auditorías se multiplicaron para dejar en claro que con el poder no hay que meterse. Así de bandido resultó Manuelito, pero su estancia en San Cristóbal exhibió su frágil condición de gobernante ante el electorado. Cinco carros del Ejército con 30 elementos, y otros tantos de seguridad pública del estado, cuidaban del gobernante que se decía cercano al pueblo. No había tal. El miedo cerval que lo acompañaba quedaba al descubierto.

De sus excesos destacan las fiestas faraónicas que se organizaba. En el mes de abril de 2013, en su primer cumpleaños como gobernador, tuvo el descaro y la osadía de autocelebrarse con 3 mil invitados, como en los mejores tiempos de los dispendios priístas.

Las molestias a la población resultaron excesivas. Cierre de calles, tráfico interrumpido, vehículos en sentido contrario para facilitar el acceso a los invitados, abuso de los cuerpos de seguridad y control absoluto de celulares y cámaras para que los comensales no pudieran compartir las veleidades de un frívolo muchachito en funciones de gobernador. Y todo con cargo al presupuesto del empobrecido erario estatal.

Sus excentricidades se trasladaron al ámbito gubernamental. Cuando Manuel Velasco llegó al gobierno del estado, el partido Verde tenía escasa o nula presencia en Chiapas. Con el uso de recursos públicos invirtió la distribución municipal del poder. Terminó su gobierno con 59 municipios de color verde –la mitad del total-, pero con resultados lamentables y luctuosos bajo su absoluta responsabilidad como homicida por acción y omisión.

En las elecciones locales intermedias del 2015 obligó a Domingo López González a ir como candidato a la presidencia municipal de Chamula por el partido Verde. Con esa imposición, Manuel Velasco atentaba contra dos principios fundamentales. Por tradición, Chamula siempre fue priísta, y por primera vez, un presidente municipal se reelegía. Domingo ya había sido presidente por el PRI.

El resultado de esta imposición terminó en tragedia. En plena plaza pública, y ante miles de espectadores, López González fue ejecutado junto con el síndico municipal Narciso Lunes Hernández, el regidor Miguel López Gómez, el chofer del ayuntamiento, Ernesto Pérez Pérez, y el ciudadano Silvano Hernández Díaz. Aunque, oficialmente, los ya citados fueron los muertos, se sabe que más de una veintena terminó en el panteón. Se ocultó la atrocidad propiciada desde el gobierno del estado.

Atentaba así Manuel Velasco contra los usos y costumbres milenarios indígenas. Lo hizo también en Oxchuc, con las priístas María Gloria Sánchez y Rosa Pérez en Chenalhó, al obligarlas a ir por el Verde, pero ese es otro tema. Ampliaremos…

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