José Antonio Meade, a la medida del reto

Tangibles riesgos de desaceleración global y amenazas de turbulencia financiera

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Antes de concluir su término constitucional, el gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto debe aún cumplir con  don tareas centrales, íntimamente ligadas entre ellas. De que las cumpla correcta, eficaz y  oportunamente dependerá, decisivamente, su lugar en la historia moderna de México. Su primera gran tarea es respetar, escrupulosamente, la Constitución y las leyes electorales, y organizar para julio del 2018 un proceso electoral confiable y transparente, capaz de producir, como resultado, un gobierno legítimo, aceptado por todas las fuerzas políticas, y con credibilidad para alcanzar los acuerdos políticos necesarios para contar con una mayoría legislativa funcional y lograr que México pueda volver a avanzar alcanzando tasas adecuadas de crecimiento económico y creación de puestos de trabajo bien remunerados, en consonancia con su productividad. Para que  esto ocurra es, ya, indispensable que el titular del Ejecutivo federal comprometa y mantenga la más absoluta neutralidad con respecto al curso y al posible resultado del proceso electoral. Esto incluye, de manera señalada y urgente, una declaración pública, y sin ambigüedades, en el sentido de que entregará pacífica e institucionalmente el poder a quien resulte triunfador en la jornada electoral de julio de 2018,  sea cual sea su partido, sea cual sea su nombre.

La segunda gran tarea es la de entregar al gobierno que le suceda una economía estable y en condiciones de retomar el crecimiento sostenido e incluyente lo más pronto posible. Esto significa conducir la política económica nacional en todas sus vertientes, fiscal, monetaria y laboral, con la responsabilidad y eficacia necesarias para preservar la estabilidad macroeconómica y sentar las bases para recobrar el crecimiento. Todo esto, en medio de los riesgos que resultan de la coincidencia, en este año y el próximo, de condiciones externas de riesgos tangibles de desaceleración global y amenazas de turbulencia financiera severa con un proceso electoral nacional que tensiona las relaciones entre las fuerzas políticas, de cuyo acuerdo depende la credibilidad de una política económica responsable.

Para cumplir esta segunda gran tarea, el actual gobierno necesita, prioritaria e imperiosamente, a un secretario de Hacienda y Crédito Público capaz de resistir las presiones que cíclicamente acaban por disparar el gasto público en años de elección presidencial y capaz de hacer mancuerna con el ancla de estabilidad y credibilidad para los mercados financieros globales que, desde el autónomo Banco de México, encarna Agustín Carstens, a quien convendría mucho convencer para que permanezca en su cargo de gobernador del banco central al menos hasta que el proceso electoral culmine con la toma de posesión del siguiente Presidente de la República.

Por fortuna, hoy tenemos a un secretario de Hacienda y Crédito Público capaz de realizar con éxito esa trascendental tarea: José Antonio Meade Kuribreña, quien es el hombre a la medida del reto. Su formación académica es impecable: Su doctorado en Yale y su licenciatura del ITAM, sumados a cerca de 21 años de experiencia en el sector financiero público, avalan su competencia técnica al mejor nivel, pero el hecho de ser también licenciado en Derecho por la UNAM le dota de una comprensión de lo que son el Estado y la ley, de la que lamentablemente han adolecido algunos tecnócratas. Además, ha ocupado posiciones regulatorias y de supervisión que le dotan de una comprensión íntima y práctica de las fortalezas y debilidades del sistema financiero nacional, pero por si fuera poco, Meade tiene una fina sensibilidad social, adquirida al haber dirigido las dos instituciones clave para el financiamiento del sector rural.

Pero quizá aún con tan extraordinaria mezcla de cualidades, la virtud más relevante de Meade sea una que le ha acompañado siempre; al menos puedo afirmar que desde muy joven, pues tengo el privilegio de conocerlo desde entonces. Me refiero a la naturaleza afable, serena y paciente de su temperamento, cualidades ideales para quien deberá conducir, con éxito, las finanzas nacionales en condiciones de una inmensa complejidad y resistir presiones formidables. Su serenidad refleja fortaleza e inspira confianza. Y eso es lo que México necesita hoy más que nunca para remontar la crisis y recobrar la prosperidad sin vulnerar la normalidad democrática.

 

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