Hasta siempre mi general Absalón Castellanos Domínguez

Su familia y el Ejército sus dos grandes pasiones; se le recordará como el gran padre, esposo, hermano, militar y el político que no quiso ser

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Cuando el general Absalón Castellanos Domínguez entregó el gobierno del estado de Chiapas el 8 de diciembre de 1988, su único sentimiento fue no poder haber cumplido los 45 años de servicio en la institución a la cual entregó su vida, su lealtad y su incondicional espíritu de servicio.  Por disposición reglamentaria, el retiro en la milicia es a los 65 años, exactamente la edad que tenía cuando terminó su gestión de gobierno.

Esa legítima aspiración se la negó el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari a uno de los militares más ameritados del siglo XX.  En el mes de enero de 1988, en entrevista en Los Pinos, Salinas preguntó: “¿En qué puedo servirle mi general?”.  El distinguido soldado de la patria respondió. “Señor Presidente,  goberné seis años el estado de Chiapas y me quedé a tres de cumplir con una de las máximas aspiraciones que un militar puede tener: Los 45 años de servicio en el Ejército Mexicano”.

Salinas engañó al general Castellanos cuando de inmediato le respondió: “Cuente con ello mi general.  Voy a hablar con el general Riviello (Antonio, secretario de la Defensa Nacional) para ver de qué manera lo reincorpora al Ejército.  Y si eso no es posible lo nombraré mi asesor en seguridad nacional hasta que usted cumpla sus 45 años de servicio”.  No volvieron a verse hasta el 19 de febrero de 1994, cuando el general Castellanos fue liberado, después de 47 días, por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Lamentable la actitud presidencial porque Carlos Salinas estaba en deuda con el general Castellanos. Como gobernador recorría, incansablemente, el estado de Chiapas; en cada evento hablaba de los beneficios del partido de la Revolución, entregaba obras a nombre del PRI y no ocultaba su lealtad por el partido que lo hizo gobernador.

En la elección de 1988, el estado de Chiapas dio al candidato Salinas el 8 por ciento de la votación nacional, en tanto que el estado de Veracruz el 14 por ciento, pero con la circunstancia de que el padrón electoral de Chiapas era de un millón 200 mil votantes, en tanto que el de Veracruz llegaba a los 3 millones 200 mil votantes.  Ello quiere decir que si Chiapas hubiera tenido un padrón como el de Veracruz, habría participado con el 21 por ciento de la votación nacional.

Así, Chiapas y Veracruz dieron a Salinas el 24 por ciento –la mitad- de la votación nacional, para que apenas pudiera arañar el 50 más uno que le permitiera consumar el fraude electoral en contra de Cuauhtémoc Cárdenas. Y ello confirmado por el ex presidente Miguel de la Madrid. Como recompensa, Fernando Gutiérrez Barrios fue nombrado secretario de Gobernación; en cambio al general Castellanos Domínguez se le pagó con difamación, persecución y encarcelamiento de sus más cercanos colaboradores.

Sólo que el tiempo pone a cada quien en su lugar.  El general Castellanos Domínguez es motivo de reconocidos y merecidos homenajes.  La voz más autorizada del Ejército Mexicano, la del general secretario Salvador Cienfuegos Zepeda, definió, en unas cuantas palabras, la enorme presencia y la personalidad del general Castellanos Domínguez ante la institución salvaguarda de la soberanía nacional.

Calificó al ex gobernador de Chiapas como un ícono de la organización castrense “al que todos guardamos respecto, afecto y estimación.  La familia militar se siente muy afectada.  Es (no era) un gran hombre.   Su recuerdo seguirá entre nosotros.  Es parte de la historia, historia positiva que seguirá como ejemplo”.

Los homenajes se extendieron hasta su natal Chiapas.  En el Congreso del estado, los tres poderes en pleno y el comandante de la Séptima Región Militar le rindieron honores con la Bandera Nacional sobre sus restos y la banda de guerra como testimonio de su fructífera trayectoria militar.

Hay razón para hablar en ese tono.  Cuando aquél joven de 12 años fue a estudiar  la secundaria, en la número 2 de San Ildefonso, de  la Ciudad de México,  para después incorporarse al Colegio Militar, al despedirse de su padre, Matías Castellanos, le prometió que al volver lo haría con el grado de general.

Ahí, en la casa de huéspedes de su paisana comiteca Consuelito Ruiz, comenzó a escribirse lo que, pasados los años, sería una parte importante de la historia de Chiapas.  Originario de San Cristóbal de las Casas, José Castillo Tiélemans, gobernador de 1964 a 1970, estudiaba derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México.  Y otro coleto, Manuel Velasco Suárez, gobernador de 1970 a 1976, cursaba la carrera de medicina en la misma casa de estudios.  Tres personajes unidos por el destino.

Ya como estudiante destacado del Colegio Militar, el cadete Castellanos Domínguez agregó dos nuevos propósitos cuando egresara de la institución de los aguiluchos listos para volar.  Se propuso ser general de División, y lo consiguió, en estricto cumplimiento a los tiempos y méritos que marcan las leyes militares.

Todos los grados alcanzados por Castellanos Domínguez se dieron el 20 de noviembre. Esta fecha es especialmente importante para los militares de prestigio porque a partir del grado de teniente coronel, los ascensos se dan por acuerdos presidenciales, y no por méritos.  Es por ello que quienes  en seis años pasan de teniente coronel a divisionarios son despectivamente llamados pitufos por sus propios correligionarios.

Su segunda aspiración también la pudo cumplir cuando fue designado director de su alma mater: El Colegio Militar.  Su paso por el símbolo de mayor prestigio de defensa del honor nacional también resultó fértil.   Numerosos cadetes se forjaron bajo su égida, reconocidos después como glorias del Ejército Mexicano.  Diría uno de sus directores: “Nosotros fuimos directores, pero el general Castellanos fue escuela”.

Y la tercera de sus pretensiones también la pudo cumplir.  Se propuso ser comandante de zona militar en su estado y lo logró cuando en Chiapas se le nombró comandante de la Séptima Región y 31 Zona Militar.

Un día tuve la oportunidad de preguntarle: Mi general, ¿y alguna vez pensó usted en ser gobernador de Chiapas?  Guardó silencio un instante y sonrió con malicia, para decirme: “Nunca. Esto llegó sin esperarlo”.

Sin embargo, aquél militar acostumbrado siempre a mandar y a ser obedecido se doblegaba en cuanto aparecían en escena sus dos debilidades: Su esposa, Elsy Herrerías Novelo, inseparable compañera durante 55 años, a la que cariñosamente llamaba mi veterana, y Elsy Castellanos Herrerías, su notoria debilidad.  El día de la pedida de mano de su hija Elsy alguien le comentó: “Mi general, está usted más nervioso que la novia”.  Sólo acertó a decir ¿será?

Así, sus dos grandes pasiones fueron su familia y el Ejército, al cual sirvió con inquebrantable lealtad.  Sus hijos Ernesto, Absalón, Óscar  y Matías fueron el otro enorme motivo para alcanzar todo lo que se propuso.  Y lo logró.

Por eso, cuando ejerció el cargo de gobernador de Chiapas, el cambio fue en extremo brusco.  Y asumió su circunstancia, aun cuando decía con cierto desdén: “Yo no soy político”.

Lo que hizo o dejó de hacer que lo digan quienes fueron beneficiarios o se sintieron perjudicados.  Lo cierto es que asumió a cabalidad su responsabilidad.  Fue el último gobierno que dejó sin un centavo de deuda al estado y el único que en 24 años completó un periodo sexenal.

Por eso, el pasado 10 de marzo, día de su fallecimiento, siempre será recordado como el gran padre, esposo, hermano, militar y el político que no quiso ser.

 

hojas_libres@hotmail.com

 

 

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