Fuerza de la historia

Ignorancia nos arroja al mismo abismo; se ha prescindido de la más elemental convicción de la superioridad moral de México sobre el gigante del norte

Compartir:
Dependencia comercial, política y económica desde la firma del TLC marca la época más conflictiva del siglo

Ineludible en estos momentos, es abordar el tema de la migración masiva, registrar sus efectos inmediatos y resignarnos sin saber cuánto tiempo lo tendremos en nuestra vida nacional y sus consecuencias en las relaciones con el vecino norteamericano. Nuestra dependencia comercial, política y económica desde la firma del TLC hace veinticinco años, marca la época más conflictiva del siglo. Contra toda lógica y el mejor aprovechamiento de las experiencias negativas, Salinas de Gortari optó por el camino fácil de firmar dos acuerdos globales el TLC y el SPAN. El primero de comercio atado, el segundo de alianza en la seguridad continental, al adherirnos al bloque de América del Norte que Bush armó para acalambrar a Europa que iba imponiendo la vigencia del euro, compitiendo con el dólar en los países de mayor producción petrolera. La decisión salinista truncó la aspiración de siempre para que México saliera de la órbita de los Estados Unidos y pudiera volar solo por el mundo.

Nadie desconoce la dificultad de cambiar el rumbo, no sólo por la seducción y la novedad en la posguerra de los Estados Unidos con la inevitable vecindad que nos obligaba para bien y para mal. También fue difícil porque hacía falta claridad de cuáles otras opciones eran posibles. Por el lado del Atlántico el eurocentrismo acentuado no era, como nunca lo había sido, accesible. Por el Pacífico, si bien era claro que emergían potencias económicas de amplias expectativas que podían haber sido plataformas utilizables, la verdad era que había duda sobre el acoplamiento cultural a corto plazo y desconocimiento de prospectiva acerca de una asimilación equilibrada. Hacia América Latina, una y otra vez, se hicieron planes y acuerdos que no terminaron en nada sustantivo. El espectro entonces era limitado.

Salinas, presa del deslumbramiento que su estancia escolar en Estados Unidos le había producido, se entregó de “pechito” a su inclinación fantasiosa de una posible pertenencia a los países del primer mundo, creyendo que Washington, que todavía sostenía la rivalidad con la Unión Soviética o la nueva Rusia, lo acogería paternalmente por cuanto también, desde el lado de Europa, era evidente que avanzaba hacia la unidad y su nueva moneda regional que reemplazaría la de los Estados Unidos como medida de valor internacional en el Medio Oriente y en los países petroleros. El conflicto entre Kuwait e Irán desató la controversia hasta dar al traste con el equilibrio de las relaciones internacionales que acabaron estrellando los aviones como misiles en las torres gemelas.

A su vez, la experiencia poco clara del programa de maquiladoras en México y otros países de América Latina, derivada de la Alianza para el Progreso de John Kennedy, no propició los suficientes empleos ni generó desarrollos regionales. Pese a ello, el equipo de Salinas ya soñaba con trascender como el mago que cambiaba los yerros de sus antecesores que sólo habían endeudado al país sin sacar fruto de ello. Ahora sería distinto, porque la locomotora del norte arrastraría a los vagones mexicanos para darle mejores ingresos y el dinamismo a una economía próspera para las siguientes generaciones. Ya no seríamos el cabús, sino uno de los primeros carros pullman que nos permitiría viajar cómodos y seguros. La inversión, los empleos, la mejoría en servicios públicos, infraestructura eficiente y optima justicia social estaban a la vista.

Caímos otra vez en 2019, en otro ignominioso acuerdo arrancado como el Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848 por chantaje. La misma causa, la ignorancia de la historia nos arroja al mismo abismo. Los Estados Unidos obedecen a una inercia desde su fundación por europeos fugitivos de diversos orígenes pero coincidentes en entrar a América con la bandera de la conquista de un territorio desocupado, al bajo costo de extinguir a la poca población que al paso encontraban. La predestinación era su dogma, la moral relativa y la religión del éxito deberían estar al servicio de las ambiciones. México obedece a otros orígenes. A una dialéctica ancestral en la que la existencia es un eterno devenir entre la libertad de optar por la virtud o por el vicio. La vida del otro, es del mismo valor que la propia. La renuncia al éxito material no es fracaso, sino valoración en función de un fin superior trascendente. La religión es amor no ganancia. El derecho iguala no separa a la humanidad.

De todas las acciones y argumentos esgrimidos del gobierno mexicano desde el servilismo de Peña Nieto y Videgaray de traer al Orangután a Palacio Nacional para darle el último apoyo a su elección, como la convenenciera reacción de López Obrador de llamarle “amigo”, han prescindido de la más elemental convicción de la superioridad moral de México sobre el gigante del norte, a partir de ignorar la fuerza de la historia. En ningún momento se ha planteado inteligentemente ante la opinión pública internacional, ni en los mismos diálogos entre mandatarios que las fronteras históricas de México siguen siendo las mismas; que no se han movido, que el territorio que posee Estados Unidos ahora, es producto de un despojo y por consiguiente ese es el punto de partida insustituible y de importancia cultural universal. Mientras la discusión prescinda de este referente será estéril y falsa, aprovechándose siempre de la amnesia histórica, para negar la razón e imponer la arbitrariedad del poder valiéndose también de la indolencia e impericia de los gobiernos mexicanos en el desempeño de su responsabilidad.

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...