Encrucijada para Alemania

Huellas de la división no se han borrado lo suficiente

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El pasado 9 de noviembre se cumplieron tres décadas de un acontecimiento que cimbró al mundo. La crudelísima Segunda Guerra Mundial no sólo había dejado un saldo rojo de más de 16 millones de muertos en Europa sino, también, un mundo dividido, bipolar, antagónico. Dos sistemas que pretendían la hegemonía del planeta. El Kremlin y Washington lideraban la dicotomía: Comunismo-Capitalismo que pretendían imponer como modelo de gobierno a partir de sus planteamientos fundamentalistas. El Estado omnímodo o el individuo libérrimo. La planificación centralizada o el estado reducido a ser gendarme. Los acuerdos de la posguerra reubicaron territorialmente sus alianzas y sus posicionamientos que se hicieron frontales como trofeos por sus triunfos en la conflagración. La URSS y los EU quedaban en los polos opuestos por razones ideológicas que implicaban desde luego las estratégicas, dando lugar a un mundo que se partió en dos potencias que vivieron la Guerra Fría del este y el oeste.

En medio había quedado Alemania, también dividido su territorio con un muro de 155 kilómetros concluido en 1961 para significar el binomio a partir de dos puntos cardinales. Su capital Berlín quedó bajo el dominio de ambos sistemas mundiales. La República Federal apoyada en el Plan Marshall fue conducida por un político de centro, Konrad Adenauer que impulsa su desarrollo. La República Federal también fue bien estructurada por un timonel como Erich Honecker remonta los obstáculos para subsistir. No obstante su convivencia fue cada día más difícil, las constantes fugas de la oriental a la occidental y la sangría demográfica que significaba, dieron lugar en 1959 a la construcción de la muralla (de la ignominia, como se le denominó). El presupuesto político que la justificaba era el de ganar los años necesarios para que la utopía socialista se consolidara en una sociedad justa y cohesionada con aspiraciones comunes.

El costo humano fue muy alto para los alemanes segregados. La represión y persecución que exigía la causa por el “Estado al servicio del pueblo” alcanzó niveles dramáticos. La necesidad de la ideologización lo justificaba. Convivieron ambos modelos de gobierno y sociedad en aparente mutua aceptación. No obstante, la radicalización del stalinismo  y los primeros desprendimientos del bloque fueron rompiendo el mapa del archipiélago  soviético que, a su vez alentó la demanda de libertad real y efectiva en Alemania del este. El dogmatismo ideológico contuvo la corriente del cambio pero, la degradación del poder del gobierno que cayó en franca corrupción, obró en sentido de propiciar y fortalecer la necesidad del cambio que tenía como horizonte primario la reunificación de Alemania pese a que el adoctrinamiento de 60 años ya había penetrado en la escala de valores de las nuevas generaciones. El muro cayó en 1969 y el regocijo mundial lo coronó como un triunfo de la libertad.

Al interior de la RDA en Leipzing se inició diez años antes el movimiento que culminara con la demolición del muro. En ésta ciudad, el mismo año de 1989, se habían iniciado en octubre, las más nutridas manifestaciones de protesta que se habían engendrado en las reuniones celebradas en la iglesia de San Nicolás para participar en las oraciones por la paz cada lunes, que fue cobrando sentido movilizador y al grito de: “nosotros somos el pueblo” se hizo el emplazamiento al gobierno comunista con una revolución pacífica cuya marcha del 6 de noviembre anterior, que reunió hasta 400 mil manifestantes, fue el preludio que logró días después la caída del muro sin violencia con el logro de una resistencia civil exitosa. Debe considerarse que meses antes, en la Plaza de Tiananmén en China el 4 de junio, se consumó una masacre que horrorizó al mundo y que apresuró la reclamación para la extinción del totalitarismo en cualquier país del planeta.

A 30 años de distancia las huellas de la división no se han borrado lo suficiente. La Alemania occidental mantiene una dinámica económica asombrosa, la oriental camina lentamente. El logro de la unidad territorial no ha logrado cabalmente la unidad cultural plena. Hoy todavía prevalece la denominación un tanto despectiva de “ossi” para los alemanes que se quedaron en el territorio socialista del este y con rango superior de “wessi” a los que viven en el lado oriental. El gobierno nacional pese a que la canciller Angela Merkel procede y se formó en Alemania del este, su gabinete se integró con un 98 por ciento de alemanes de occidente. Las diferencias del índice del desempleo, como las del nivel de ingresos medios, así como las sedes y ubicación de los grandes consorcios y desarrollos, registran grandes ventajas a favor de Alemania occidental. Las expectativas de igualdad siguen siendo propósitos todavía no alcanzados y con no pocas confrontaciones que conforman un caldo de cultivo para respuestas con margen de riesgo.

Desde 1942 Alemania fue codiciada por las potencias triunfadoras para cobrarse la deuda incalculable de la guerra. La reunificación no ha sido fácil. Las inercias y prejuicios en el este subsisten con el agravante de la desilusión por expectativas no cumplidas que han dado lugar a una especie de renacimiento xenofóbico y antiinmigrante, que se confronta con la de la apertura democrática de la canciller Merkel para encontrar fórmulas humanitarias. Detrás del antagonismo, subyacen otras causas que están cayendo en el espejismo de una solución hacia la derecha, no lejana a un neonazismo. Debe prenderse la alarma en Europa y en el mundo.

 

 

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