El gobierno y el destino

México actual se ha tornado complejo; nación vive en medio de una crisis que se manifiesta en diversos aspectos de su vida

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José Ortega y Gasset. Atributo definitorio de la política es la idea clara de lo que se debe hacer, desde el Estado, para una nación

En su ensayo sobre Gabriel Mirabeau, José Ortega y Gasset señala que el atributo definitorio de la política es la idea clara de lo que se debe hacer, desde el Estado, para una nación. En este orden de ideas, lo que se haga por y para el propio aparato estatal no será, en esencia, política, sino, en todo caso, administración. Sólo lo que se realiza en función de la nación puede constituir una política.
Como ejemplo, una reducción del déficit presupuestal es una medida administrativa que puede ser muy importante, pero que no es una política. Por el contrario, desarrollar económicamente una región, o la nación entera, constituye una verdadera acción política.
El tema de las responsabilidades y las posibilidades de acción de los gobernantes es uno de los más intrincados laberintos de la política. Es una cuestión que no puede reducirse a definiciones de validez absoluta. El gobernante tiene que resolverlo en cada momento, y frente a cada circunstancia. Si acierta asumirá sus verdaderas responsabilidades y desarrollará sus mejores posibilidades. De lo contrario se perderá en esterilidad y confusión.
De Gaulle señalaba que mientras Pompidou se ocupaba del gobierno, él se ocupaba del destino de Francia. Por su parte, se cuenta que Mao Tse Tung, en ocasiones, se ocupaba hasta de los mínimos detalles del gobierno y, en otras, se retraía en filósofo para dimensionar el destino chino. Grondona relacionaba al destino con la transformación de la estructura nacional y al gobierno con la coyuntura. Ortega y Gasset distinguía entre lo que se refleja en la nación y/o tan sólo en el gobierno.
El México actual se ha tornado complejo. Su problemática es intrincada y peculiar. No existen antecedentes ni fórmulas imitables. No existe el manual que nos ilustre sobre su funcionamiento. Vive en medio de una crisis que se manifiesta en diversos aspectos de la vida nacional: Deterioro económico, rezago educacional y tecnológico; advertencias de cisma político; alta concentración regional y sectorial de los beneficios del desarrollo; inseguridad pública y jurídica; escándalo y ligereza son algunos de los signos que señalan el enorme esfuerzo de gobierno que tendrán que desplegar las nuevas generaciones de mexicanos.
En este esfuerzo no basta contar tan sólo con el buen sentido de lo práctico y lo factible que se atribuye a la llamada clase política tradicional ni tampoco, de manera exclusiva, con la alta y moderna preparación académica de los gobernantes tecnificados. Se requiere una sólida aleación de calidades que pongan al Estado en aptitud de enfrentar, con suficiencia, los retos de la crisis.
Se ha dicho que, ante tal desafío, México necesita contar con una buena cantidad de gobernantes que lo mismo sean aptos para obtener menciones honoríficas en Harvard que votos electorales en Chimalhuacán. Si esto parece difícil en lo individual se antoja viable en un equilibrio de conjunto para la integración de gobiernos que sumen lo mejor de cada preparación, de cada experiencia y de cada estilo de mando.
En todos los países, la comprensión del destino nacional es la tarea más elevada del hombre de Estado. El gobierno, desde luego, tiene que ver con el destino, pero no es el destino. El estadista es esa formidable mezcla de ejecutivo, político y filósofo. Conocedor, visionario y, acaso, un poco vidente. El hombre que puede ver lo que los demás no vemos y hasta donde no podemos ver, pero que, además de ver, pueda llevarnos hasta donde no podríamos llegar solos. Es decir, caudillo.
Cuando la República Romana creció hasta donde podría disgregarse y diluirse, los conservadores y los políticos comunes recomendaron dejar de crecer. César, por el contrario, vio que si Roma no crecía perecería. Que el destino de Roma era crecer con un gobierno fuerte: El Imperio. Con César o sin él, Roma sería imperial. César vio el destino romano. Los demás, no. Todos estuvieron en su contra. Todos se equivocaron.
Algunos politólogos han dicho que el estadista no va al encuentro del destino nacional, sino que lo llevan con ellos, o que ellos lo forjan. Otros difieren, en posición contraria. Lo esencial es que, además del estadista, sea que forje o que conquiste el destino, sus pueblos tengan conciencia de que existe un destino nacional y lo identifiquen.
No hay duda de que los conciudadanos de Mao y De Gaulle tenían una idea clara y precisa del destino chino o del destino francés. Se sentían, como diría Richard Nixon, el reino central. Todo lo que ocurriera en el universo sólo era importante si beneficiaba o afectaba a China o Francia, respectivamente.
Los senadores romanos, por lo contrario, no imaginaron el destino de Roma. Ni siquiera el más inmediato. Por ello se extraviaron en su intolerancia, en su vacuidad y en su crimen. Por ello el destino se los cobró, simplemente, barriéndolos.

Abogado y político
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Twitter: @jeromeroapis

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