El Filósofo de Güemez

Imperecedero su legado; no se reservó para sí, ni para el término de su vida,  el gran hallazgo de su célebre personaje

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Ramón Durón Ruiz

Quinientos años. Cinco siglos nada más; solamente diez veces el promedio de los 50 años que los más de los humanos solemos permanecer vivos. Dos mundos, dos culturas y pueblos que a ratos se encuentran y que, otros quisieran que se desencontraran, para mantener un antagonismo permanente, propicio para atarse a un pasado irresoluble por sus prejuicios y obsesiones.

Es en cambio otro el horizonte del reconocimiento encomiable y edificante de un mestizaje racial con un noble sincretismo cultural que hermana y proyecta civilizadamente dos realidades preexistentes que se fusionan para ser una nueva nación que, en sus entrañas, guarda sus raíces pero que ansía y propende a ser un árbol frondoso que parte del tronco común de la conciencia de la filiación en un mismo origen cosmogónico. No rivalizan, sino que se unen y, complementan en sus ramas más altas para dar lugar al prodigio de un México que tiene cara para decir al mundo que sí es posible, la convivencia sin exclusiones ni supremacismos, mucho menos rencores, desprecios o resabios por deudas históricas imaginarias.

Éste breve prefacio no significa salirnos del tema que nos convoca, ni mucho menos simple retórica insustancial. Es en verdad hablar de un cimiento firme para una mejor comprensión y aprehensión de la obra y vida de un mexicano que se comprometió, en espíritu y materia con su pertenencia a una nueva cultura del México profundo y verdadero, que se ha gestado y que se sigue gestando, para conformar identidad e idiosincrasia que nos son distintivas antropológica y sociológicamente, para al final, dejar de ser peninsulares y mesoamericanos, y arribar a la nueva esencia de ser mexicanos con apenas 500 años de empezar a serlo.

Retomo y abordo el tema que me encomendaron y enunciaron como el intento de trazar una pincelada  dentro de ese gran cosmos de nuestra patria, para desprender un gajo que sería el de la Cultura del Noreste que ahora comprende, entre otros, a dos estados clave: Coahuila y Tamaulipas y su interconexión simbiótica mutualista e intermedia, con el estado de Nuevo León. En éste ámbito espacial territorial, pero sobre todo existencial, es donde surge el famoso Filósofo de Güemez  que va a hurgar con pasión en el seno de las comunidades que pueblan sus municipios para descubrir a sus más representativos personajes que las nutren, como fuente de sabiduría, sabor, folclor y sentido de trascendencia de la vida porque se comparte transgeneracionalmente como lo ordena nuestra vocación monodualista natural, en la que somos persona y sociedad indisolubles.

Debo referirme a los rasgos más sobresalientes y las influencias interculturales que existen en el Noreste de nuestra República, sobre este exclusivo género literario que se despliega vivencialmente para ser cáustico, espontáneo y natural, a la vez que sugestivo y didáctico para ver en la obviedad y la ridiculización el resquicio para asomarnos al mundo en un espejo que nos genera risa y satisfacción compartida, para romper la monotonía  almidonada y abrir al buen humor nuestro mejor vivir psicosomático. Entre  los tres estados encontraríamos en Coahuila a Armando Fuentes Aguirre “Catón” con su columna de política y cosas peores y el mirador. En Nuevo León al insigne Hermenegildo Torres cuyo rescate socrático lo llevó a la necesidad de fundar el PUP (Partido Único de Pendejos), para evitar ser clasificados a quienes no se reconozcan en él, como pertenecientes al PYP (Pendejo y Presumido). Y, en Tamaulipas, al gran “Filósofo de Güemez” Ramón Durón Ruiz que promueve no sólo la virtud de filosofar al alcance de todos, sino de alcanzar los beneficios de hacerlo para una vida más plena.

Cada uno con su estilo y grandes méritos, sin embargo me atrevería a decir que el Filósofo de Güemez se lleva la medalla porque no se reservó para sí, ni para el término de su vida,  el gran hallazgo de su célebre personaje sino, que lo comparte y multiplica para su personalización en cuantos por su ingenio y chispa, son capaces de crear frases, anécdotas, actitudes y costumbres que se trasladan y se hacen distintivo comunitario. Esto hace que su legado sea imperecedero por cuanto todos lo podemos personificar sin desgastarlo y, reír, reír y más reír, a la vez que meditar, reflexionar y aprender disfrutando el buen ánimo de cada día, cada hora y cada minuto para emulsionar el Humor con el Amor. Su plan de acción rebasó el límite del Noreste para extenderse a toda la policromía nacional. El Filósofo de Güemez no es ni el sabio predicador o ingenioso inventor de reexpresiones propias y ajenas, sino sobre todo, es el explorador que busca y descubre en su mundo, que lo humano no es trivial, ni sólo un chiste, aun cuando a veces pueda parecerlo, sino que advierte que, en la suma la vida, tiene un sentido que el filósofo tamaulipeco pone al alcance de todos al ser creativos y ocurrentes en nuestras propias actividades cotidianas. Si finalmente, filosofar es inherente al ser humano en cuanto es preguntarse a sí mismo quién soy, de dónde vengo y a dónde voy como búsqueda introspectiva; las diferentes respuestas contenidas en el lenguaje tienen el profundo significado que el Filósofo de Güemez o el filósofo de los filósofos  de Güemez de toda la República, somos o podemos ser. Por ello recopila la pluralidad de las expresiones para hacer la convivencia social amable, digna y divertida con su fórmula infalible: Amor y Humor. Ingredientes que pueden hacer la vida tan grata, intensa y humana como quería Ramón Durón Ruiz que fuera la de todos los mexicanos.

 

 

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