El Diluvio

No existe ni puede existir una humanidad idílica; lo que sí es posible es que lo normal sea la seguridad, y lo anómalo el crimen

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Le ganaba la risa a la abuela Elena, la paterno-autleca, cuando contaba que su mamá era en ese entonces, la mujer más terca del país y que aparte, por razones nunca sabidas, odiaba a su suegro con todas las fuerzas que le daba el alma, pero tanto, que dejó incendiar su casa. Como lo oye (lo lee, para ser precisos). Estando en llamas la cocina, pidiendo auxilio la bisabuela a grito pelado, entró su detestado suegro con un balde de agua y ella dijo; -¡No!, ¡usted, no pisa esta casa! –y se incendió completa. A todo dar.
La inseguridad pública y la delincuencia organizada son parte de los problemas reales de México. No está rebasado el Estado ni por una ni la otra y en lo general, el país funciona… pero es ceguera voluntaria negar que amplias regiones, grandes masas de capital, algunos estamentos públicos y políticos, están bajo el control de la delincuencia organizada (la desorganizada no, esa no controla nada, aunque dé tanta lata). Y ese lujo no los podemos conceder; ya hemos pasado en el siglo XIX, décadas de bandidaje generalizado, levantamientos armados, asonadas, revoluciones y contrarrevoluciones, y entonces, se resolvió todo ahogando en sangre a los opositores y a los malhechores, aunque don Porfirio Díaz se haya referido a ello en términos un poquito alejados de la realidad:
“Fue mejor derramar un poco de sangre, para que mucha sangre se salvara. La que se derramó era sangre mala; la que se salvó, buena (entrevista al entonces presidente Porfirio Díaz, hecha por el periodista estadounidense James J. Creelman, publicada en el periódico mexicano más importante de la época, El Imparcial, el 3 de marzo de 1908)”.
“Un poco de sangre”… bueno, pero nada más la que era mala, según él. Bonita cosa, depender del criterio de un solo hombre la justicia de toda la nación. Bonita cosa… pero era inevitable, a fin de cuentas, no había opciones: a sangre y fuego, pero se empezó a construir un país gracias a eso. Tristeza.
Tendríamos que reflexionar un poco antes de oponernos así, al bulto, a los nombramientos de quienes serán responsables del desempeño de la Guardia Nacional (nuevo nombre de lo que ya teníamos, en apego a nuestra mexicanísima costumbre de cambiarle el nombre a la cosa esperando que la cosa cambie). Como sea, lo que el Presidente de la República pidió se le ha entregado: una nueva corporación, con nuevas leyes (por si está leyendo esto un extranjero: es todo lo mismo, con diferente vestuario y maquillaje, todo lo mismo, vaya a creerse el cuento).
Lo realmente necesario era legitimar la intervención de nuestras fuerzas armadas en sus acciones de seguridad pública, pero eso parece ser el himen patrio y de ninguna manera lo autorizó nadie (ni se propuso así, en serio). De este modo, cambian de nómina a los militares y mágicamente dejan de serlo, para ser civiles… no vaya a peligrar el país. Así somos.
Si México no recupera lo más pronto posible, la seguridad pública, si no regresan los desechos sólidos, las heces fecales (la mierda, pues), al albañal, lo que sigue es de pronóstico reservado. Y lo comento así porque así como donde hay un ser humano hay caca, igual siempre habrá delincuencia, siempre ha habido, desde la prehistoria (sin duda), es inherente a nuestra naturaleza como especie: nunca falta un descarrilado, pero deben ser pocos, y deben ser siempre metidos al aro y vivir bien escondidos en el albañal, con temor a la ley (con perdón, pero así es esto: los delincuentes deben tenerle miedo a la ley, por inflexible, porque los cuerpos policiacos sean implacables, no bárbaros, pero sí inexorables, respetando ellos, los primeros, la ley, los derechos, pero persiguiendo sin piedad ni tregua a los criminales).
No existe ni puede existir una humanidad idílica, con todo mundo respetando siempre y completamente, todas las leyes. Lo que sí es posible es que lo normal sea la seguridad y lo anómalo, el crimen. Hoy no es así en varios lugares del territorio, y no podemos seguir discutiendo mientras el incendio gana terreno.
Tampoco podemos aceptar el lugar común de que nuestro gobierno es una birria, nuestra justicia de risa y que nuestros cuerpos policiacos son una bola de delincuentes, corruptos o imbéciles. Si eso fuera cierto el país sería un despelote y no lo es, no es un desgarriate ni un “paisito”, no: somos la economía número 15 del planeta Tierra (segunda de Latinoamérica), con un Producto Interno Bruto (reporte del Banco Mundial para 2017), superior a 1 billón 150 mil millones de dólares (por ahí de 22 billones de pesos), con exportaciones anuales arriba de 41 mil 352 millones de dólares (90 por ciento manufactureras, bendito sea Dios, ya no dependemos del petróleo).
Nuestro actual Presidente de la República debe haber tragado sapos para aceptar que en el ámbito federal, la seguridad pública quedara en manos de personal con disciplina militar, contra sus muchas declaraciones en contra de eso durante su larga campaña por el poder. La realidad se impuso y más o menos presentada la cosa como “civil”, la realidad es que nuestros militares junto con nuestros policías federales, son los que le van a plantar la cara a la delincuencia organizada y el pecho a las balas, por cierto, que los delincuentes no reparten mentadas de madre, sino balas, de alto calibre, con armamento de primera calidad.
Anunció la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) que va a ver bien los nombramientos de los mandos superiores de la Guardia Nacional, porque tal vez, acuda a la Suprema Corte a impugnarlos, pues, en palabras de Luis Raúl González Pérez, presidente de la CNDH: “En los términos constitucionales la Guardia Nacional se acotó a una adscripción civil. Lo óptimo es que hubiera tenido un perfil civil, hoy conocemos que tendrá un perfil militar. Pero no hay que hablar sobre si está en proceso de retiro (el general Rodríguez Bucio), tenía que estar ya en retiro o con licencia”.
De veras, don Cenedacho, mucho ayuda el que no estorba. No hay margen: es esto o el Diluvio.

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