El destino manifiesto

Premisa mayor de nuestra política exterior bilateral debería ser tomarle en serio la palabra a Donald Trump cuando dice que ‘los Estados Unidos no necesitan a México’

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En toda nuestra historia, a partir de la Independencia, la injerencia norteamericana en las decisiones de trascendencia política ha sido la constante

El chantaje de Trump a López Obrador se inscribe en la Doctrina Monroe, enunciada en la frase: “América para los americanos” la que, desde el siglo XIX define la política exterior de Estados Unidos a partir del dogma del “Destino Manifiesto” que no es otra cosa que la creencia de la predestinación calvinista aplicada para cumplir el papel irrenunciable de rector y tutor del Continente. Obviamente México se encuentra comprendido en este presupuesto geográfico e ideológico que implica la necesidad de asemejarnos cada día más, así como ser anuentes en la obligación de coaligarnos como un solo frente a cualquier amenaza del exterior que en su origen fueron las acechanzas europeas para la expansión de las monarquías absolutistas.

Lo cierto es que en toda nuestra historia a partir de la Independencia, la injerencia norteamericana en las decisiones de trascendencia política ha sido la constante al grado de que, el mismo Don Miguel Hidalgo, creyó en el espejismo del coloso del Norte que ya se había independizado y podría ser solidario con la emancipación de México, respecto de la corona Ibérica. De ahí en adelante, desde el envío del embajador Poinsett quedó claro el interés de Washington para no sólo seguir interviniendo sino trasladarnos la adopción de su modelo político liberal.

El federalismo y la república asumida en la Constitución de 1824 obedecen al antecedente de la Constitución de Cádiz que irrumpió en España como fórmula para arribar a un Estado moderno con los países de ultramar. No obstante los norteamericanos se jactan de que ésta fue una importación de la de ellos y de ahí en adelante jugaron con las facciones en disputa con los centralistas, siempre induciendo a México a la docilidad necesaria para ir obteniendo la parte de su territorio septentrional iniciando con la Independencia de Texas para después apoderarse desde el Atlántico al Pacífico de la mayor parte del territorio del México independiente que había reconocido los límites dejados por la Nueva España.

En el Oeste hasta la Pimería Alta hoy California y Arizona. Por el Este Texas y Nuevo México cayeron en 1848 por la ofensiva norteamericana tristemente respaldada por las brutales luchas políticas intestinas en nuestra propia patria. Basta recorrer el nombre de todos los principales poblados del área perdida para darnos cuenta de que Los Ángeles, San Francisco, Santa Fe, Alburquerque etcétera, como los Estados Texas, Arizona, Nevada, Nuevo México etcétera, connotan el origen en español y el dominio cultural mestizo que marcaban nuestras verdaderas e históricas fronteras.
Aún después del despojo, el gobierno de Washington continuó sus pretensiones “americanistas” y hasta el propio Benito Juárez cayó en la seducción de un gobierno laico, liberal y civil que podría ser remedado. Advirtió el engaño y con astucia se salvó del compromiso al que lo querían atar ante nuestra debilidad por el arribo del nuevo emperador Maximiliano. No obstante la obsesión norteamericana continuaría asediando a Porfirio Díaz y más tarde, aprovechando la Revolución Social de 1910, quiso imponerse a Francisco I. Madero que los obligaba al primer pago del impuesto del timbre por la extracción petrolera. La conspiración desde la Embajada con Henry Lane Wilson, Huerta y Reyes acabó con el primer presidente genuinamente democrático de México.

Continuaron tal política intervencionista pensando que Venustiano Carranza condescendería, pero la Constitución de 1917 fue contundente, el petróleo del subsuelo, la minería, las aguas y litorales serían irreversiblemente propiedad de la nación. También aquí la respuesta fue semejante y la conspiración se hizo con el grupo de Agua Prieta para asesinar al constitucionalista a fin de tratar de impedir la vigencia real de los postulados del ordenamiento constitucional.

Como toda traición, ésta se paga, Obregón sería sacrificado en el intento de su reelección pero también, obvio, por su incapacidad para derogar los artículos transitorios que aplicaban retroactivamente la ley que significaba desintegrar los latifundios y replantear las concesiones de particulares en bienes de la nación. Había sido fallido el intento de formalizar el Tratado de Bucareli con dos diputados sacrificados en el trance. No obstante, los principales acuerdos en materia de infraestructura, maquinaria pesada, vías férreas, carreteras y régimen financiero se llevaron a la práctica hasta nuestros días.

El colmo, la firma del TLC en 1994 que, como lo pronosticaron José Ángel Conchello y los fundadores del foro Democrático y Doctrinario del propio PAN que entonces lo aprobó con Salinas; las consecuencias serían fatales. Habíamos entregado el timón de nuestra economía con el tratado comercial y nuestra soberanía con el Acuerdo de Seguridad para las Américas que simultáneamente se firmaron. Sólo habría que esperar la hora en la que un fundamentalista de la Doctrina Monroe, llegara al poder para agachar la cabeza y doblar las rodillas. Los gobiernos sucesores nunca resistieron sino cobardemente condescendieron. Nadie es capaz de decirle a Trump que el destino manifiesto es un mito fascista y que nuestras fronteras históricas verdaderas siguen siendo entrañablemente de los mexicanos.

La premisa mayor de nuestra política exterior bilateral, debería ser tomarle en serio la palabra a Trump cuando dice: “que los Estados Unidos no necesitan a México…”, López Obrador debería contestar que en tal virtud para ser congruente, nos devuelva lo invadido y tal vez hasta nosotros pagaríamos la erección del muro 600 kilómetros al norte del Río Bravo.

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