De no ser por México…

De extravío y servilismo tiempos de política exterior; pasado glorioso no puede quedar sepultado

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José M. Muriá. ‘Epopeya’ que narra se puede rescatar

Hace ya 80 años nuestra patria mestiza sin resabios absurdos de su origen, dio al mundo una lección de su más valioso acervo y sentido cultural de conciencia universal. Se recreó la verdadera fraternidad con el pueblo que antaño había llegado a nuestros confines y con quien nos habíamos fundido racial y espiritualmente para hacer una nueva nación. México sacó sus mejores armas de prestigio histórico desde la hazaña de su independencia de la España imperial, hasta la segunda liberación contra la intención de los franceses de sustituirla con un nuevo monarca; dejando constancia imperecedera de su única y propia idiosincrasia política republicana.
La proeza lograda de la recepción de más de 100 mil refugiados republicanos de España y de otras nacionalidades no fue consecuencia de la casualidad, sino de una conducta obligada por la convicción política colectiva nutrida en la Reforma y en la Revolución con la que no se puede ser indiferente frente al acontecer de la humanidad que sufre en otras latitudes. Todavía más siendo esos pueblos los más entrañables, en los que la insidia y la violencia contra sus propios ciudadanos se manifiesta como un poder opresor y asfixiante que padece la compulsión de un dominio totalitario y el sometimiento a cualquier viso de libertad democrática que se le oponga.
El 23 de mayo de 1939 zarpó de Francia el buque “Sinaí” con más de 1,600 pasajeros que arriban a Veracruz el 13 de junio en la que se reconoció como la primera expedición de republicanos españoles a México, que el escritor José M. Muriá en su obra “De no ser por México”, comprueba que mucho antes había habido cuantiosos contingentes del exilio que llegaron al mismo puerto, a Tampico y a otros más del Caribe. En la obra citada recién editada y presentada precisamente en el Museo Isidro Fabela el pasado 3 de abril, los participantes Cuauhtémoc Cárdenas, Ángeles González Gamio, Javier García Diego y como moderador el propio editor, coincidieron en la relevancia histórica de la hospitalidad de México que significó más que una casualidad, la expresión viva del sentimiento humanista de los mexicanos en favor de las víctimas de una absurda persecución política.
La Guerra Civil española dejó huella imperecedera. La Península de milenaria historia y cultura se degrada a una lucha fratricida que parecía no terminar hasta la extinción de los que se opusieran al dominio de la corriente política que suprimía la democracia para idolizar al Führer, al Duce o al caudillo. Perversamente exigía combatir a la República con toda saña para erigir un fetiche que se pueda sobreponer a cualquier libertad que se oponga a la uniformidad y hegemonía como modelo político infalible, inamovible y permanente. La naciente experiencia republicana hizo renacer los dogmatismos del derecho divino de los reyes, en su nueva ideología de la predestinación del elegido para encarnar una reedición de las peores épocas de la monarquía ególatra.
El fascismo hipnotizó a Alemania y a sus vecinos y se extendía como una epidemia para ahogar las mínimas libertades contra los designios del genio que pensaba mejor que la nación entera y actuaba sin límite para su salvación y conducción a su destino. Este determinismo alimentaba y entusiasmaba a quienes entregaban su propia razón y albedrío al altar de un dios humano que representaba a todos sin necesidad de consultarlos, ni de compartir su poder decisorio. En este patético cuadro cayeron países de la importancia de Italia, Francia y la misma España. El poder bélico nazista pretendía ampliar su dominio con la bandera de la raza escogida o de la insignificancia de las demás. Lo que valía era cumplir con la autodesignación de mando para enseñar al mundo y crear la máxima autoridad planetaria.
México no vaciló, el gobierno en curso que rescató los principios de la Revolución de 1910, se sobrepuso y mantuvo los valores humanistas irreversibles que señalaban su único destino: democracia, libertad, igualdad y justicia. Los desterrados de ultramar fueron acogidos por la bandera tricolor y su águila real que se enarboló en toda Francia para ser posible su traslado al territorio nacional. Dimos cátedra de una diplomacia ofensiva contra la irracionalidad fascista para salvar cientos de miles de vidas y la perpetuidad de los valores de la civilización. Gilberto Bosques, Luis Ignacio Rodríguez, Isidro Fabela en el terreno bilateral. Jaime Torres Bodet en la UNESCO y Luis Padilla Nervo en las Sociedad de las Naciones, aplicaron magistralmente los principios que desde México el titular del Poder Ejecutivo Lázaro Cárdenas les señalaba.
En estos tiempos de extravío y servilismo de la Política exterior de México, su contraste con la “epopeya” que narra José M. Muriá se puede rescatar como un pasado glorioso que no puede quedar sepultado. Lograr la más elevada solidaridad de México con quienes más lo necesitaban y rescatar la soberanía de la nación sobre el subsuelo y sus recursos petroleros son antecedentes que no deben ignorarse en nuestra Historia. Si esto ocurrió hace 80 años no hay razón para no repetirlo para salvar la dignidad de México.

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