Cuando nos toca y cuando no nos toca

Historia, sobre todo la de la política, es muy rica en sucesos inexplicables, tanto felices como infaustos

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Huséin I de Jordania. ‘Mientras no llegue mi hora, nadie podrá dañarme, y cuando llegue mi hora, nadie podrá salvarme’

Es muy conocido nuestro famoso refrán mexicano que nos advierte que “cuando nos toca, aunque nos quitemos; y cuando no nos toca, aunque nos pongamos”.
Muchas veces he recordado una muy vieja anécdota de un paisano mío de allá de nuestro pueblo de origen, en el norte del Estado de México. Resulta que este hombre, dedicado a la ganadería, sentía un miedo pánico al viajar en los autobuses de la época, en ese entonces rodeados de una fama siniestra de mortalidad accidental por imprudencia, por impericia y por negligencia.
En sus viajes a la capital del estado, o a la capital de la República, sufría la zozobra desde días antes de embarcarse. Muchas veces hubiera preferido invertir las 22 horas necesarias para ir y regresar de Toluca a lomo de caballo, pero se aguantaba, y a la hora temprana, que resultaba obligatoria, esperaba “la carroza” a pie de carretera, no sin antes haberse despedido de los suyos, otorgarles su bendición y surtirlos de consejos para el resto de sus vidas.
Sin embargo resultó que, para confortarlo, un día, víspera del viaje, su compadre y alcalde le dijo una verdad absoluta, aunque mal aplicada. “No tienes por qué preocuparte, ya que cuando nos toca, nos toca, y cuando no nos toca, pues no nos toca”. El ranchero le respondió con una lógica superior: “Dime, compadre, y ¿cómo supiste que no me tocará mañana?”. “No lo sé”, dijo el edil; “pues, entonces, mejor sí me preocupo”.
Este sencillo relato nos pone de manifiesto lo peligrosa que es la filosofía utilizada por quienes no saben para qué sirve, como lo hizo el compadre munícipe. Así de peligrosos son el bisturí en manos de quien no es médico o las leyes en manos de quien no es abogado. Ni uno ni otro van a lograr salud ni libertad, sino, por el contrario, quizá se hagan un daño irreparable. Lo mismo sucede con aquellos mensos que quieren meterse a la política suponiendo que es muy sencilla la conducción del Estado y del gobierno porque la muy manida frase que nos permitimos evocar puede ser consuelo ante los hechos pretéritos que son inexplicables.
Tanto los funestos, como aquellos pobres infortunados que se encuentran con una bala perdida que nunca provocaron, y los gozosos, como aquellos dichosos afortunados que se encuentran con una presidencia nacional que nunca buscaron. Y juro que yo he sabido de ambos extremos, donde les han regalado la bala o les han obsequiado la banda.
Sin embargo, nuestro aforismo no sirve para la adivinación del futuro, como se pretendió utilizar en mi relato. Por eso, el temeroso, pero inteligente, viajero cuestionó su mal uso y su estúpida aplicación.
La anécdota me hace pensar que la historia, sobre todo la de la política, es muy rica en sucesos inexplicables, tanto felices como infaustos, porque si vemos lo “que le ha tocado” a cada pueblo tan sólo con sus gobernantes, advertimos que la vida no es línea recta ni tiene palabra de honor.
Francia ha tenido a Luis XIV y a Charles De Gaulle, pero también tuvo a Nicolás Sarkozy y ahora tiene a Emmanuel Macron. Inglaterra ha tenido a Isabel I y a Winston Churchill, pero también tuvo a Neville Chamberlain y ahora tiene a Theresa May. España tuvo a Adolfo Suárez, Felipe González y José María Aznar, pero también tuvo a José Luis Rodríguez Zapatero y ahora tiene a Pedro Sánchez. Estados Unidos tuvo a Abraham Lincoln y a Franklin Roosevelt, pero también tuvo a George W. Bush y ahora tiene a Donald Trump. De México ya ni hablo porque todos conocemos nuestra historia.
En 1960, por ejemplo, los estadounidenses tuvieron que afrontar la dificultad de elegir entre dos hombres de gran formato, como lo fueron Richard Nixon y John Kennedy, pero tan sólo cuatro años después, no 20, sino tan sólo cuatro años, ese noble pueblo tuvo que acudir a las urnas para soportar el dolor de tener que elegir entre Lyndon Johnson y Barry Goldwater, pero además del dolor el sufrir la humillación de la vergüenza porque si esos eran sus candidatos fue en virtud de que no había más de dónde sacarlos. El verdadero fondo del drama es que en ese oscuro momento de su historia, esos eran sus mejores hombres.
Así es la inconstancia de la historia y la veleidosidad del destino. Sin embargo, no debemos ver la famosa frase como una invitación a la resignación pasiva, sino como una aceptación de la realidad cuando el destino la surte como inevitable y como irremediable. Lo ejemplifico con un gobernante muy ilustre del Medio Oriente.
Huséin I de Jordania sufrió varios atentados en su juventud, por lo que sus cercanos le recomendaron reforzar su seguridad personal. A ello siempre contestaba “mientras no llegue mi hora, nadie podrá dañarme, y cuando llegue mi hora, nadie podrá salvarme”.
En efecto, gobernó un país rodeado de vecinos violentos, fanáticos y rencorosos. Por si fuera poco, su inclinación pro occidental lo hizo el blanco de odios irreversibles. Siempre siguieron atentando, pero nunca triunfaron, porque su hora no había llegado y nadie pudo dañarlo, como lo pronosticó. Murió viejo y en su cama, víctima del cáncer. Y en ese momento, como lo profetizó siempre, nadie pudo salvarlo porque su hora ya había llegado.

Abogado y político
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Twitter: @jeromeroapis

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