No es fácil entender cómo, en su sano juicio y presumiendo de intelectual o de hombre de mundo, exista quien se atreva a afirmar que Enrique Peña Nieto fue el factor decisivo para relanzar la campaña de Donald Trump hasta llevarlo al triunfo en Estados Unidos si la premisa en México, impulsada por medios de prensa y electrónicos, así como por las redes sociales, es en el sentido de que el Presidente de México vive sus peores momentos de popularidad.

¿Qué podría haber aportado el mandatario mexicano al candidato a suceder a Barack Obama en aquella visita a Los Pinos si sus porcentajes de popularidad estaban, y están, por los suelos?

¿En qué pudo incidir Peña Nieto, con su decreciente popularidad en México, en los 60 millones de norteamericanos mal informados y de baja escolaridad que, según los expertos, eligieron a Trump?

¿Por qué no aceptar que Hillary Clinton no fue buena candidata, por más que ganara en votos ciudadanos a su oponente, porque representa a las élites financieras y políticas, mientras Trump logró sacudir al norteamericano de a pie, al rural  de escasa preparación académica, aquellos millones a quienes asustan los cambios y que están enojados con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, aunque no lo entiendan, y que ya tuvieron suficiente con que los gobernara, por 8 años, un hombre de color de promesas fallidas?

Los votantes de Trump son los mismos norteamericanos segregacionistas de raza blanca, antiguamente demócratas, a quienes lograron movilizar Richard Nixon y Ronald Reagan después de que Lyndon B. Johnson embistió a la discriminación consiguiendo que el medio oeste norteamericano mudara del partidismo demócrata al republicano.

El mérito del Presidente Peña Nieto y su ex secretario de Hacienda, Luis Videgaray (oficialmente instigador del encuentro en Los Pinos), estriba en que a tiempo supieron leer el descontento de esos millones de norteamericanos invisibles hasta la noche del 8 de noviembre, mientras aquí nos rasgábamos las vestiduras por los insultos y coreábamos el “masiosare” porque el enemigo se instalaría en la Casa Blanca.

Un antiguo profesor de la Escuela Nacional de Economía de la UNAM, López Sánchez, gustaba de decir a sus alumnos de la primera mitad del siglo pasado que entre Nueva York y San Francisco, las ciudades emblemáticas y liberales de las dos costas norteamericanas, había 16 millones de millas cuadradas de nada; no hablaba de ideología; sólo se refería a lo bello e interesante de ambas urbes ante las miles de pequeñas ciudades y pueblos rurales que las separan.

Pero un vistazo al mapa electoral del 8 de noviembre demuestra que esas miles de millones de millas cuadradas están pobladas de millones de ciudadanos hartos que prefirieron depositar el gobierno no en un político profesional, sino en alguien que piensa como esa mayoría silenciosa supremacista que desprecia a la gente de color, a los inmigrantes, vengan de donde sea, en especial de México, y que se siente amenazada por la creciente onda terrorista ya presente en su país y que, simultáneamente, está decepcionada por la cada vez menos influyente actitud de Estados Unidos, según su concepción, como gendarme del mundo con el pretexto de la defensa del Dios protestante y la democracia.

Cuando Trump llegó a Los Pinos, esa mayoría silenciosa norteamericana ya había decidido votar por él. Los medios de comunicación y las empresas encuestadoras se equivocaron, o fueron engañados por los electores, como ocurre en México, para no ir más lejos.

Nadie ha dicho que Peña Nieto y Videgaray sean los mejores amigos que Trump tiene en el Continente Americano, o viceversa, sólo porque lo invitaron a platicar en Los Pinos cuando los medios de comunicación creaban la falsa ilusión de que sería arrasado por Hillary Clinton. De hecho, no hay en el mundo quien sea su amigo, o intente serlo, a menos que se trate del presidente ruso Vladimir Putin, del ex líder del Ku Klux Klan, David Duke, o de Stephen Bannon, el dirigente del partido nazi norteamericano.

CARA A CARA CONTRA EL MURO

El Presidente de México y el ex secretario de Hacienda tienen el mérito de haber sido los únicos en advertir, a tiempo, las posibilidades de triunfo del candidato republicano a Presidente de Estados Unidos y alentaron un acercamiento no para lanzar su campaña, sino para decirle, cara a cara, lo que pensaban de su pretensión de construir, a cargo nuestro, un muro que impida el ingreso ilegal de inmigrantes mexicanos a su país y rechazar sus denostaciones raciales contra nuestro pueblo.

Es cierto, fueron los únicos en México, y es probable que en el mundo, en saber leer lo que ocurría en Estados Unidos, pero en poco o nada nos beneficiará el pragmatismo político de Peña Nieto y Videgaray porque el Estados Unidos profundo, más de 60 millones de norteamericanos blancos, racistas y poco o medianamente instruidos, no permitirán a Trump tragarse sus palabras o actuar en contra de lo que vociferó en su campaña.

El sucesor de Obama no es presa sólo de sí mismo, sino de la lengua larga que le permitió engatusar a millones de norteamericanos, algunos de los cuales aprovechan, ya, su triunfo electoral para regresarnos a los años 60, en los que los supremacistas hostigaban de mil maneras, incluida la violencia física, a quienes no compartían sus características raciales.

Lo cierto es que mientras encuestadores, líderes de opinión de Estados Unidos y México, los llamados “famosos”, en especial nuestras mediocres estrellitas de la farándula, y la mayoría de los políticos locales, incluida la cúpula peñista, menospreciaban al candidato republicano, sólo Peña Nieto y Videgaray se percataron de lo que ocurría en aquel país, que siempre ha sido de difícil lectura para los mexicanos, éste sí un pueblo históricamente agraviado por Estados Unidos por muchas razones, sobre todo por el desmembramiento de la mitad del territorio en guerras que, hay que decirlo, perdimos no por la supremacía norteamericana, sino a causa de la proverbial desunión que aún hoy nos distingue y que se acentuará aún más conforme se acerque el proceso electoral del 2018.

Peña Nieto y Videgaray supieron leer la “tragedia” de la población blanca trabajadora del Medio Oeste gringo que dejó de ser demócrata cuando Lyndon B. Johnson, heredero de la Presidencia del asesinado John Fitzgerald Kennedy, se rindió ante los abolicionistas de la discriminación y los segregacionistas sureños dejaron de ser demócratas; con el tiempo fueron recuperados por Reagan y Nixon, pero en esta ocasión se convirtieron en el motor que empujó a Trump a la Presidencia.

Estos hombres que, conforme al Presidente electo norteamericano, “no volverán a ser olvidados” se volcaron antes por Obama, pero pronto se desilusionaron. Los trastes rotos los vino a pagar Hillary Clinton.

Mientras la esposa de Bill Clinton intentaba defenderse de las embestidas del FBI, de convencer al pueblo estadounidense de su independencia de las élites, y no lograba aterrizar su discurso en los electores, no obstante el impresionante vuelco a su favor de los poderosos medios masivos de comunicación de aquel país, Trump parecía asesorado por quienes han experimentado en las dos campañas presidenciales de Andrés Manuel López Obrador: dijo a los electores lo que querían escuchar; nunca se apartó del guión, sino sólo hasta su discurso de toma de posesión.

La mayoría silenciosa norteamericana cree que los inmigrantes ilegales mexicanos son “violadores”, y “violadores” les llamó para, acto seguido, anunciar que deportará a por lo menos 11 millones. Los asesores le dijeron que la mayoría norteamericana ve en cada uno de los musulmanes a un terrorista y prometió que apenas inaugure su mandato les prohibirá el ingreso a su país para no “importar” a las escuelas y poblaciones norteamericanas a generaciones de “terrorismo, extremismo y radicalismo”.

ENTRE EL SUEÑO Y LA REALIDAD

Nada dejó de aprovechar Trump; cada detalle era bueno para conseguir votos, y lo explotó al máximo. Por ejemplo, durante semanas insistió en que Obama no había nacido en Estados Unidos, y hubo quienes se lo creyeron porque lo querían creer.

Trump consiguió crear un clima de miedo y odio, en su país, a todo tipo de extranjeros ilegales o solicitantes de asilo. Una vez triunfó se alejó del discurso de campaña, pero será por poco tiempo. No llegará la primavera cuando sepamos si sólo se trató de discurso o si piensa igual que los 60 millones que lo eligieron; por cierto, en mucho coincide con ellos la señora Clinton, pero por corrección política, por no perder al resto del electorado, otros casi 60 millones de gringos, se abstuvo de decirlo.

Esos fueron los temas hablados en la reunión en Los Pinos. No hubo conspiración ni entrega;  quedó claro al ahora Presidente electo que México no quiere el muro que supuestamente desalentará a quienes pretendan inmigrar ilegalmente a Estados Unidos y que tampoco estamos dispuestos a pagar su construcción.

Apenas se marchó el visitante a su país, a insistir en el tema, el Presidente Peña Nieto hizo pública la postura que ya le había reiterado en privado, pero aquí, como también estamos en campaña presidencial, se empezó a hablar de rendimiento ante el visitante y, el colmo, que Peña Nieto se prestó para relanzar su campaña en picada.

La reacción negativa, debidamente orquestada por los malquerientes del Presidente, que no son pocos, y los de Videgaray, que tal vez sean más, fue de tal volumen que Peña Nieto reconoció de dos maneras el error de no calcular el efecto que en la opinión pública tendría recibirlo en la residencia oficial: Primero aceptó la renuncia de quien ideó el encuentro, uno de sus mejores colaboradores, y después lo dijo públicamente.

Desde luego que algunos hubieran querido, como lo dijo Carlos Marín en una entrevista, que hubiese despedido a Trump con una “decente” mentada de madre.

Un hombre de Estado no puede mentar la madre a quien invita a su casa ni a quien, como es evidente, tenía la seguridad de que gobernará al país vecino, pero sí puede hacer, como lo hizo, adelantarse a lo que para él era previsible y, a tiempo, poner los puntos sobre las íes en los temas que lastimaron y lastiman a los mexicanos.

Bien por Peña Nieto, que a tiempo supo leer lo que no vio ni siquiera Carlos Slim, que, en su condición de uno de los hombres más ricos del mundo, debe contar con asesoramiento e información de primerísimo nivel.

Por lo pronto, ya quedó demostrado que una cosa es lo que uno quiere y sueña, y otra la realidad. Un Jefe de Estado sólo se puede conducir por esta.

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