Con EU, el cambio es cultural

Imprescindible revertir inercia a la pasividad; transformación no puede ser jarabe de pico

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Porfirio Díaz. Ya buscaba, a finales del siglo XIX, romper la dependencia de México con Estados Unidos

A finales del siglo XIX Porfirio Díaz ya buscaba romper la dependencia de México con Estados Unidos. Todavía fresco el despojo de la mitad del territorio nacional, la relación con el gigante del norte no dejaba de preocuparle en lo inmediato y a largo tiempo. Acuñó la expresión: “Pobre México tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Bien sabido es, como lo denunciaba José Vasconcelos que, desde recién declarada la Independencia Washington nombró como su Ministro sobre México a Joel Roberts Poinsett (1925) quien desde el Virreinato había tenido como propósito el adquirir la mayor parte del territorio norte de la Nueva España para adherirlo a la Unión Americana. Poinsett fundó la logia del rito Yorkino que sostenía el sistema republicano opuesto al de la logia Escocesa que se inclinaba al modelo monárquico. Tal rivalidad marcó el tortuoso proceso post Independencia con el imperio frustrado de Agustín I. Poinsett es el representante elegido para sistematizar  la injerencia permanente del gobierno norteamericano en México.

Fiel creyente del “destino manifiesto” fue el mejor instrumento para aplicar en México la llamada doctrina Monroe sustentada en el objetivo “América para los americanos” y siendo unionista se entienden sus pretensiones para la compra de Texas con la complicidad de Lorenzo Zavala que fue el inicio de la ocupación gradual del territorio por los colonos cuáqueros. No obstante que hacia 1830 se replegó, el ex ministro dejó la escuela y sus seguidores culminaron la obra hasta apoderarse de los territorios septentrionales de la ya entonces República Mexicana. Aquí se inicia una especie de complejo de inferioridad de los mexicanos respecto de la fuerza y poder de los vecinos del norte.

Ni siquiera la heroica segunda Independencia de México que se logra cuando los republicanos y la causa juarista vencen al Ejército francés y después de ser juzgado, se condena a Maximiliano para ser fusilado en el Cerro de las Campanas; ello no supuso la recuperación de un sentimiento de auto reconocimiento nacional que nos liberara de la resignación e impotencia frente a Estados Unidos de Norteamérica. Algún avance aunque con resultados contraproducentes intentó Porfirio Díaz cuando volteó Europa con la ilusión de una opción mejor que al final no resultó.

Los gringos no tienen memoria histórica y son incapaces de agradecer que incluso México, al detener la invasión francesa los protegió del proyecto que tenían para usar a nuestro país como cabeza de playa hacia la entrada a Estados Unidos. Les hubiera sido fácil por haber coincidido con la cruel como absurda guerra de secesión en la que para vergüenza del mundo, se disputaban territorios para mantener legitimada la explotación de esclavos negros en las plantaciones y trabajos pesados para los vastos territorios del Sur. Mucho menos reconocen la posición de Venustiano Carranza al no aceptar a principios de la primera guerra, la oferta alemana para recuperarnos el territorio mexicano que se planteó en el texto del telegrama Zimmermann, donde se solicitaba a cambio la aceptación de la alianza estratégica de ambos países.

Traspasando el siglo, cuando logramos la primera revolución social del planeta en 1910, la autodeterminación nacional se asomaba y Francisco I. Madero se empeñaba en ello al no dejarse manejar por el entonces embajador Henrry Lane Wilson quien por afinidad en el alcoholismo con Victoriano Huerta, lo prefirió al haberse aprobado el primer impuesto a la extracción de petróleo que no le fue grato al embajador y que, desde entonces, fraguó la caída del demócrata y no le faltó la ominosa complicidad de los mexicanos que sin el menor escrúpulo asesinaron al Presidente y ultrajaron la dignidad nacional autonombrándose para el cargo.

El mismo destino tuvo Venustiano Carranza que se atrevió a promulgar la Constitución que contenía la irrevocable soberanía de México sobre sus recursos petroleros y mineros a la vez que, suprimía los ilimitados latifundios en manos extranjeras. El poinsettismo continuó con la búsqueda de cómplices nacionales para cumplir sus propósitos. Cuando ya el presidente constitucionalista los había colmado rechazando sus ambiciones y negándose a ser dócil aceptante de la doctrina Monroe, la embajada volvió a localizar cómplices mexicanos y finalmente con el pretexto de la lucha electoral el grupo de Agua Prieta lo asesina a través del General Miguel Herrero en Tlaxcalaltongo.

Más tarde lo sabemos. Los hijos de los políticos del sistema, troquelados en serie en universidades norteamericanas mantuvieron la entrega gradual hasta llegar a la cúspide con Carlos Salinas de Gortari que firma el TLC y ata a los designios del presidente yanqui el futuro económico de la nación. Lo previsto ocurrió: Llega Donald Trump y con mayor énfasis y abiertamente amenaza a México de poder destruirlo en términos de días. La respuesta oficial mexicana disfraza su pánico en una supuesta posición racional de cautela para no incomodar al orangután.

¡Es ahora o nunca! Es imprescindible  revertir la inercia a la pasividad y eludir la realidad del dramático problema. La llamada transformación no puede ser jarabe de pico, debe tratarse de una verdadera revolución cultural que mueva los parámetros de nuestra introspección para desechar vicios de pasividad y conformidad para acometer una estrategia eficaz ante la sociedad norteamericana para poder así suscitar reflexiones objetivas que obliguen a su gobierno a rectificar. Sin el presupuesto de cambio de actitud de México seguro de su razón histórica, la negociación volvería a ser otra repetición de lo ya conocido.

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