Es el juguete más peligroso inventado y desarrollado hasta hoy.

Es perfectible todavía al 99.99 por ciento. Su bondad y su maldad no alcanza todavía ni el 1 por ciento.

Se llama Internet y va, son la misma esencia, junto con pegado con las redes sociales. Se reproducen como “gremlins”.

Gracias a este invento de finales del siglo XX y principios del XXI, las noticias, las opiniones, sin método de redacción alguna, sin el encuadre de un editorial o los lineamientos básicos de un artículo periodístico, están en tiempo real solo dando click a la computadora y entrando a su motor de búsqueda o blog favorito.

Las redes sociales son por ahora una vecindad, pero de nivel.

Por ello mismo, temas como los matrimonios igualitarios (“en el nombre sea de Dios”) se riegan en un dos por tres (bueno, con una ayudadita del cielo) y desquebrajan cualquier esquema. ¿O le preguntamos al PRI?

El asunto no es malo. Queremos apertura, transparencia, ¿no? Pues la tecnología, el Internet, las redes sociales, serán imprescindibles.

Claro, pero también queremos compostura.

Definitivamente, estos, y ni siquiera los tradicionales, son días de guardar. Son días de grillar.

En las últimas semanas, los mexicanos hemos estado bastante susceptibles, pero además inclinados a la banalidad.

Grillosos. “Rasguñones”. Con la piel muy, pero muy fina. Delgadita.

La causa, debe ser, son los temas “hard”. Nos han agobiado hasta la saciedad, sobre todo el más “hard” de los “hard”, la violencia en algunas partes del país.

Dos o tres temas han atiborrado nuestras últimas semanas.

Y ahora hasta los medios de comunicación y los propios comunicadores son presa de los “trending topic” impuestos por las redes sociales.

Mencionaré cuatro. Uno es verdaderamente noticia si utilizamos los cánones tradicionales, profesionales, para clasificar. Los otros tres son carnada, cebo, como croquetas lanzadas a la insipiencia de la era digital y la comunicación vía redes sociales.

La muerte de Juan Gabriel, la “madrina” por todos lados a Nicolás Alvarado por su excelente artículo sobre su visión (muy personal) de la carrera artística del cantante (incluida en ésta las narices protagónicas del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación), la visita de Donald Trump a México y la tesis de Enrique Peña Nieto.

Hizo bien Alvarado en admitir sobre su fallo en el “timing”, mas no en su escritura sobre su artículo, aun cuando no veo la causa de linchar a quien ejerce la crítica, así sea lo más mordaz, aunque sin cometer algún delito.

Pero la vecindad impone.

El otro, el “te peinas y te vas” de Trump y la errónea, dicen, acción de invitarlo del Presidente de la República.

Nadie vio, ¿o sí?, cargar a Donald (versión monstruosa del Pato) una “Metal Storm” o una “Corner shot 40” ni vestido como un Rambo, mientras llegaba a Los Pinos.

¿Es aborrecible? Sí, lo es. Confrontarlo no es citarlo a un duelo.

Muchos quizá habrían celebrado una actitud de Peña contra Trump parecida a la de Rodrigo Duterte, presidente filipino, quien llamó a Barack Obama, mandatario de Estados Unidos, “hijo de puta” por hablar sobre “crímenes de guerra” cometidos presuntamente en aquel país.

Y el notón… ¡Peña Nieto cometió plagio en su tesis profesional de hace 25 años! Carnita para la web y la “weba”.

Cito a David Toscana, novelista regio, de la camada de escritores jóvenes mexicanos, en un artículo sobre la polémica tesis auspiciada por Carmen Aristegui… y las redes sociales:

“¿Acaso voy a llegar a la fácil conclusión de que la originalidad no existe? Por supuesto que no. Jorge Carpizo, como muchos hombres de letras, hombres librescos, hombres brillantes, pueden recopilar ideas y datos viejos, pero luego saben seleccionarlos y ordenarlos, darles la redacción justa, agregarles la perspicacia personal y condimentarlos con la opinión individual. La suma de todo esto da el sabor de la originalidad, de hallarnos ante un texto que no sólo compila, sino que revela.

“Pero los pensadores son garbanzos de a libra. La demás gente, si acaso piensa, piensa a través de los que se hacen llamar líderes de opinión; y lo más simpático es que todos los impensantes se sienten parte de la minoría pensante; están seguros de que los babosos son siempre los otros. Por eso ahora mismo el lector ordinario se está diciendo: “Ajá, seguro que Toscana es de ésos”.

“El mexicano promedio que se titula de alguna licenciatura no es un intelectual, no sabe redactar, no recuerda tres libros que haya leído. Así las cosas, supongo que armar una investigación general sobre tesis de ese nivel nos revelaría que abunda el plagio, que abundan los graduados que ni siquiera escribieron sus tesis, y que aun así seguirán pensando que la literatura no sirve para nada, pues de las universidades se salta al mundo laboral, ese mundo en que el salario se gana mejor sin originalidad, con un monosílabo esencial y con lo más selecto del lugar común. Y, con un poco de suerte, hasta se llega a Presidente”.

Vaya, Toscana ¿escribe como Alvarado? Si el Presidente lo lee, ¿le pedirá como la Conapred a Nicolás una disculpa pública?

Claro, no por no guardar días, Chayito Robles, entierres a los medios impresos porque en desagravio las redes sociales tunden, y te tundieron, y luego los agazapados a las redes sociales, es decir, los propios “matamoscas”, “limpiavidrios” y “limpia…”.

Cierto, cualquier medio, impreso, electrónico o digital, madrea, informa y, a veces, dice la verdad.

Pero aguantemos vara, estamos en la era pre-pre-pre-informática del ultra-futuro.

Aguantemos a los susceptibles, a los banales. Así se pierda una estancia más en Los Pinos y se gane otra alternancia.

De advertencias, como dijo alguien, ya nos cansamos.

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