Empieza mal el año más difícil para Enrique Peña Nieto con el anuncio del gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, que muy a tiempo abandona el barco porque encontró un puerto salvador en dónde poder alimentarse hasta el hartazgo mientras el país que deja sufre una especie de las 7 plagas egipcias en el sentido de que la inflación bajará a 3 por ciento hasta 2018, es decir, a mediano plazo, cuando haya otro Presidente.

Para levantarnos el ánimo, Carstens pudo haber recurrido a su colección de chistoretes y decirnos lo que es común escuchar en los de su oficio: Que a mediano plazo, todos estaremos muertos.

La descarada huida de Carstens, que no cumplimiento de sueños de crecimiento profesional nunca albergado porque sus pequeños ojos apenas alcanzaban a mirar hacia el Fondo Monetario Internacional, refugio de personajes singulares, como el maniático sexual Dominique Strauss-Kahn y la presunta responsable de negligencia en un caso de malversación de fondos, Christine Lagarde, nos ofrece, de cuerpo completo, a esos profesionales de la economía sin ideología ni lealtad que en México se adueñaron del poder desplazando a los abogados, que, a su vez, hicieron lo mismo con la clase media convertida por la Revolución en militares de todos los rangos, en especial generales.

El año 2018 será decisivo en la biografía del Presidente Peña Nieto, pues tendrá que acertar en la selección del candidato a suceder a Eruviel Ávila, para después quedarse sin margen de maniobra en la decisión más importante de su mandato: Dotar al PRI del candidato que pueda obrar el milagro de mantener a su partido en el poder.

Y todo esto ocurrirá en un escenario marcado por variables económicas negativas: Devaluación, incremento en la gasolina, crecimiento en la inflación, presupuesto ajustado al máximo, etcétera, pero, además, pocas cartas de las qué escoger para el futuro, su popularidad mermada por la irrupción de las redes sociales, un fenómeno inexistente en sexenios anteriores y el demonio encarnado, conforme la opinión generalizada, en Donald Trump, que en 20 días será Presidente de Estados Unidos y quizás inicie la formidable embestida contra México que anunció en su campaña, significada por la deportación de 11 millones de mexicanos ingresados ilegalmente a su país y la revisión o anulación del Tratado de Libre Comercio.

MESÍAS Y ORÁCULO

Pero todo indica que no debemos preocuparnos de más porque habrá solución para todo si es cierto que Luis Videgaray sigue muy cerca del oído de Peña Nieto y, mejor aún, si como anuncia la promoción mediática, regresará, cual mesías, al gobierno vía la Secretaría de Relaciones Exteriores a causa de que si no es el mejor amigo del yerno de Trump, Jared Kushner, lo es lo suficiente como para haberlo usado de enlace en la organización del encuentro del entonces candidato republicano con el mandatario mexicano.

Buena noticia el regreso de Videgaray porque así podrá explicarnos muchas cosas que nadie quiere responder y que tienen que ver con las variables económicas que ponen los pelos de punta.

Por ejemplo, no estaríamos sufriendo desabasto de gasolina (sólo porque hay mal tiempo en Tuxpan) si Pemex no fuera víctima de la Reforma Energética, que, a los ojos del mundo, fue concebida e impulsada por Videgaray. Ponerla en marcha exigió, entre muchas otras cosas, a la ahora Empresa Productiva del Estado convertirse en un gigantesco depósito de chatarra que vende u obsequia sus activos. Las refinerías son un ejemplo innegable. El apretón es tal que ni siquiera hubo 50 mil pesos para que la de Cadereyta pudiese cumplir su obligación mínima.

Si el anunciado retorno de Videgaray tiene base, debemos prepararnos para una nueva reforma legislativa que convierta a la Secretaría de Relaciones Exteriores en un ente semejante al Departamento de Estado norteamericano porque supongo que el sucesor de Claudia Ruiz Massieu no se conformará con una dependencia burocrática que sólo tenga que ver con embajadores y cónsules, de tal suerte que estará en condiciones de competir, al menos en gigantismo, a la Secretaría de Gobernación, cuyo titular, Miguel Osorio Chong, es su principal rival.

Retornará (Joaquín López Dóriga dixit) sin tiempo para competir a Ana Lilia Herrera, Carlos Iriarte, Alfonso Navarrete, Ernesto Nemer, Alfredo del Mazo y, ahora, Ricardo Aguilar, porque la postulación del candidato priísta a suceder a Eruviel es cuestión de días, si bien el nombre ya está en la mente de Peña Nieto y la o el favorecido ya deben saberlo.

Pero muy a tiempo para montarse en “la grande”, sin albur, a condición de que, para entonces, Kushner mantenga la buena relación con su suegro Donald, pero también dependiendo de que el ex CEO de Exxo, Rex Tillerson, que será el jefe del Departamento de Estado de Trump, no guarde sentimiento en contra de Videgaray por hacer la vida difícil a su amigo Emilio Lozoya cuando dirigía Pemex.

Pura especulación, pero si tuviera fundamento, aún quedarían los buenos oficios de Carlos Slim, convertido, ahora, en el mejor amigo mexicano de Trump si entendemos las palabras de Arturo Elías, yerno de quien no se mantiene como el hombre más rico del mundo gracias a la reforma en Telecomunicaciones, con origen también, supongo, en la fértil imaginación de Videgaray, que ha mermado en 20 mil millones de pesos sus ganancias anuales en telefonía.

Es probable que este galimatías pudiera resolverse si se alimenta la relación de los yernos, el de Trump y el de Slim; así no habría necesidad de sacar a Ruiz Massieu de la jugada y José Antonio Meade podría moverse con libertad en Hacienda, pero, sobre todo, Osorio Chong y Eruviel Ávila no tendrían competidor a la vista y Videgaray no sufriría para responder por qué el futuro para este año parece negro cuando él decía, a coro con Carstens, que sería de otra manera.

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