50 años de aventura espacial

Hazaña no se inició el 20 de julio de 1969 y ya no terminará jamás; ilusión debe haber nacido desde que el hombre prehistórico contempló las estrellas, la Luna y el Sol

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El 20 de julio de 1969, el hombre llegó a la Luna. Desde entonces, ese ha sido un día inolvidable en la historia de la Humanidad. Desde luego, esa aventura espacial no se inició ese día y ya no terminará jamás, pero ese es, para nosotros, el día-del-espacio.

No sé cuándo comenzó el sueño de viajar al cosmos. Desde la antigüedad, la historia está impregnada de sugerencias espaciales y de hasta extraterrestres. Ícaro entre los griegos. Elías entre los judíos. Quetzalcóatl entre los mesoamericanos.

La ilusión espacial debe haber nacido desde que el hombre prehistórico contempló las estrellas, la Luna y el Sol. Más tarde, cuando pudo empezar a entenderlos y a medir sus movimientos y sus ciclos.

Así, hasta que el espacio llegó a la literatura. En mis años prejuveniles me asombré con las páginas de Julio Verne, cuando leí “De la Tierra a la Luna”, pero, más tarde, ya en plena juventud, me asombré con que la realidad había empatado con un ficción escrita un siglo antes, pero convertida en verdadera profecía precursora.

Es efecto, Verne crea una historia que casi nos asusta cuando, 104 años después, la NASA realiza el primer viaje tripulado a la Luna con muchísimas coincidencias, entre las que destaco que, en el libro imaginario y en la vida real, fueron 3 los tripulantes, partieron de Florida, el control se realizaba en Texas y la travesía duró los mismos 4 días exactos.

La aventura del espacio, durante algún tiempo, recibió el nombre de “carrera espacial”, aludiendo a una competencia tácita establecida entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética. Sobre esto hay muchas historias y compartiré una de ellas.

Desde luego que todas ellas son un producto de la narrativa. En realidad nunca sabremos los secretos por la sencilla y aristotélica razón de que si son secretos no los sabemos y, por el contrario, si los sabemos es que no son secretos. Sobre todo, si yo supiera algún secreto de Estados Unidos o de Rusia, sólo podría ser porque ya estuviera hasta en los periódicos.

Es el caso, y ya entrando en materia, que, desde la década de los 50, hubo un vicepresidente ruso, llamado Anastás Mikoyán. Se le ha legendarizado como un genio tenebroso, utilizando las mismas palabras que Stefan Zweig le endilgó a Joseph Fouché, pero ello nos indica algo de la esencia de este soviético.

Se dice que Mikoyán, de vez en cuando, se retraía y se retiraba de la escena política visible. Que se iba algunas semanas para pasarlas en alguna casa de Estado que el Soviet poseía a las orillas del Mar Negro.

Pues bien, en esos retiros inventó muchas cosas que alarmaron al mundo. En uno de ellos inventó el Muro de Berlín, nada más para botón de muestra. Ya, varios años antes, había inventado la invasión soviética en Hungría. De la misma forma, inventó la nacionalización del Canal de Suez.

Más cerca de nosotros se dice que inventó la Revolución Cubana y a sus protagonistas, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto “Che” Guevara. De paso también inventó la Crisis de los Misiles, donde John F. Kennedy se ganó el título de redentor de América, mientras que la URSS se ganaba la inviolabilidad perpetua de Cuba.

Así las cosas, en la década anterior, Mikoyán había incursionado en ideas aeronáuticas. Le ordenó a su hermano la construcción de los aviones militares MIG. Después habría de inventar la Crisis del U-2. Poco antes dicen que tuvo la ocurrencia de inventar la aventura del Sputnik.

Fue éste el primer vehículo que salió de la gravedad terrestre y que fuera colocado en una órbita alrededor del planeta. También fueron ellos quienes enviaron al espacio al primer ser vivo, la famosa perrita Laika. Con ello ponía a la URSS adelante de Estados Unidos en la futura conquista del espacio, pero también, y esto es lo importante del relato, con ello lanzó un guante que no lo habría de tomar el presidente militar Dwight D. Eisenhower, pero que sí lo habría de recoger el presidente guerrero John F. Kennedy.

El objetivo de Mikoyán era muy concreto. Que Estados Unidos destinara una fuerte proporción de su riqueza presupuestaria en el deseo de alcanzar las estrellas y lo desviaran de la pura fabricación de armas.

Mientras los norteamericanos gastaran en el espacio se posibilitaba el equilibrio militar entre las dos súper potencias del mundo. Estados Unidos ganó la carrera a la Luna, pero la URSS empató en silos nucleares y en misiles atómicos.
No cabe duda de que, hasta en el espacio, la política tiene espacio.

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