Chicharrones presidenciales

Si no se hace lo que votando deciden los que forman el G 20, quedaremos como en lo del petróleo, como apestados, como país paria, al grito de “aquí nomás truenan los…

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Tía Lucha (de las de Toluca, lado materno), era serena y rabiosamente inteligente; tuvo nueve hijos (seis mujeres y tres varones), y según se ve, quería mucho a su esposo, tío Fernando, señor de carácter raro (a ratos una castañuela, a ratos un vinagrillo), de magra cartera y con un defectito: según él, en su casa, solo se hacía lo que él autorizara explícitamente, nada de sobreentendidos porque un día decía “sí” a algo y al siguiente, “no”. Lo cosa funcionaba porque a condición de no contradecirlo y decirle que sí siempre, luego se hacía lo que dijera tía Lucha, que era la que mandaba y hacía lo que le venía en gana, siempre diciendo: -Lo que tú dispongas, viejo –uno de los pleitos épicos entre los progenitores de este menda se suscitó porque la Comandante Yolanda, dijo eso al jefe de Proveeduría, don Víctor –“lo que tú dispongas, viejo”-, y ardió Troya.

Ni el admirador más encandilado de nuestro Presidente puede negar su clara tendencia a ser autoritario, lo que sumado a su confesa terquedad, da un resultado escalofriante: todo es posible, desde su más sensata y meditada orden (se solicita información), igual que cualquier ocurrencia o desacierto. Todo es posible: despedir miles de empleados, cerrar guarderías y refugios para mujeres violentadas; reducir presupuesto a sectores estratégicos como el campo, cancelar obras esenciales, iniciar otras contra la opinión de todos los expertos; no respetar leyes o cambiarlas al gusto, otorgar nombramientos a capricho; gastar millonadas en rescisiones de contratos de obra; desaparecer entidades inmensas del sector salud; improvisar otras sin ninguna previsión; concentrar todas las compras en una oficina de Hacienda, suspender en los hechos las licitaciones, asignar a dedo obras y contratos… y hablar de centenares de miles de millones de pesos que no existen y son su reserva secreta para cualquier emergencia, tragedia o temeridad suya. Esto, ni el chairo de la más pura raza, lo puede negar.

Los integrantes del gabinete legal y ampliado son subordinados del Presidente de la República, pero en ese cargo de tan enorme responsabilidad, lo común es que el Titular del Ejecutivo (poder unipersonal, como define la Constitución para que a nadie le quepa duda), trate con los que encabezan cada cartera, con seria cortesía, ponderando los asuntos que le llevan a acuerdo, pidiendo otros consejos de expertos y reflexionando con prudencia cuando su criterio discrepa del de sus colaboradores, no siendo nada raro que se haga lo que le recomiendan en vez de lo que hubiera propuesto o sugerido, por más Presidente que sea… ¡ah! y tampoco es raro que cuando el Presidente impone su autoridad contra el criterio de algún responsable de entidades o dependencias del gobierno federal, presenten su renuncia (y en los estados, con los gobernadores, a veces pasa igual).
Por las prendas personales de nuestro Presidente y el gusto que le da exhibir su capacidad de necear, es que el tenochca informado se preocupa. ¿A dónde vamos a parar?, nos preguntamos los del peladaje, haciendo coros a Marco Antonio Solís.

Otra cosa que descubre quien llega a ejercer la presidencia de la república sin el fogueo indispensable (o su sustituto: la humildad intelectual), es que aparte de lidiar con todas las reses bravas de la política nacional y con todos los que representan intereses estatales, regionales, empresariales, religiosos (católicos y protestantes), tiene que hacerle faena a poderes del exterior, no solo a los gobiernos, sino a los personeros de inmensos intereses económicos que ven nuestra economía como Superman al Chapulín Colorado. Aparte: las entidades internacionales a las que pertenecemos y con las que tenemos obligaciones jurídicas contraídas con todas las de la ley (lo que magnifica el desacierto de tener de canciller a Marcelotzin Ebrard, político de media tabla, bueno para un barrido o un fregado, con cero experiencia en el ramo y menos prestigio que experiencia). Encima, para mayor INRI, las infinitamente poderosas entidades financieras y comerciales, con las que tenemos firmes compromisos y de las que no nos podemos divorciar (ni por violencia doméstica).

Y por eso fue que ayer, ¡por fin!, se supo algo de nuestro secretario de Hacienda, el nazareno del gabinete, el penitente de Palacio, don Arturo Herrera, quien participó en la “reunión de Primavera” de ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales del G-20, Grupo al que pertenecemos y como bien sabe usted, se integra por las veinte principales economías del mundo, en cuyo seno se coordinan las políticas macroeconómicas del planeta Tierra, para hacer coincidentes en lo posible, los intereses de las potencias económicas con los de los países emergentes, no en “vías de desarrollo”, ni del “tercer mundo”, sino países que no se pueden catalogar como “desarrollados”, pero con el potencial de serlo, lo que los hace destino apetecible para las inversiones globales. Bueno, México es “país emergente”. Nada mal.

Lo que se supo es en pocas palabras, que el G-20 decidió todo lo contrario de lo que anunció nuestro Presidente (y otras cosas más); en resumen:

Primero: atender con recursos (dinero) la pandemia y salvar cuantas vidas sea posible.

Segundo: utilizar todos los instrumentos de política fiscal y monetaria disponibles contra los efectos económicos del confinamiento global (todos)… o sea… se tiene que y se va a apoyar la planta productiva, sin necedades de “fobaproas” imaginarios.

Tercero: suspensión temporal del pago del servicio de la deuda de los países más pobres que lo pidan (¡yo!… ¡yo!… gritaba don Arturo).

Cuarto: que los acreedores privados le entren en los mismos términos a no ahorcar deudores. No está el palo pa’cucharas.

En resumen: somos parte del mundo, no nos mandamos solos. Si no se hace lo que votando deciden los que forman el G-20, quedaremos como en lo del petróleo, como apestados, como país paria, al grito de “aquí nomás truenan los chicharrones presidenciales.

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