En carne viva, las heridas que dejó el sismo en el sur de la capital

Sobre Calzada del Hueso y Miramontes las heridas están aún al rojo vivo, las calles de los alrededores como la de Prolongación División del Norte, están cerradas en varios tramos

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Las heridas que dejó el sismo del 19 de septiembre pasado siguen abiertas en algunos habitantes de la Ciudad de México, se reflejan en sus expresiones y miradas por la situación en que aún continúan, luego de que sus viviendas quedaron inhabitables.

Durante un recorrido por la zona sur de la ciudad, donde se realiza la ampliación de la Línea 5 del Metrobús, se pudo observar que si bien el terremoto de aquel fatídico martes lastimó sin excepción a todos los que lo vivimos aquí, a varios más los dejó virtualmente en la calle.

Sobre Calzada del Hueso y Miramontes las heridas están aún al rojo vivo, las calles de los alrededores como la de Prolongación División del Norte, están cerradas en varios tramos porque hay casas deshabitadas, inservibles.

Pasar por aquí hace recordar a las personas que perdieron la vida y resultaron heridas en el Colegio Rébsamen, o la caída de una de las papelerías con más de 40 años de tradición en la zona como Casa Fuji, donde se encontraba de todo para las tareas.

Aunque lo que era su casa y su negocio a la vez ya no existe más, el más joven de la familia propietaria de la conocida papelería asegura, con lágrimas en la cara, que “nos vamos a levantar”.

Los vecinos saben que la peluquería Le Parisien y la pastelería Aranzazú del lugar buscaron nuevos sitios para establecerse, porque el edificio donde despachaban,  hoy son sólo cientos de maderas apuntaladas para que el inmueble no se caiga.

En exactamente Calzada del Hueso y Miramontes donde la gente mira las grandes tiendas departamentales que resultaron dañadas, la caída de un gimnasio y una fila de departamentos vacíos o incluso derrumbados.

Edificios como el 3010 de Miramontes o, a la vuelta, el de Arcos 32, recuerdan los hechos donde varias personas perdieron la vida.

Es en el supermercado la “Comer” donde está un grupo de damnificados que se reúne para tomar decisiones importantes.

Antes de iniciar, una mujer cuenta que su mamá, de 92 años de edad, vivía en el edificio 3010 donde casi todos los habitantes son adultos mayores y no saben qué hacer. “Les ofrecen créditos a pagar de 15 mil pesos al mes, si con su jubilación cuando mucho sacarán 10”, relata.

“Ya vino el comisionado para la Reconstrucción, Ricardo Becerra; andan viendo, a ver qué más le cuentan, porque yo no estoy autorizada”, se limita a comentar la misma mujer al intentar obtener más información.

Unos pasos adelante, en una casa de campaña donada, Margarita Berther Dorantes hace guardia a nombre de su hermana que vivía en el cuarto piso del edificio 3020, donde 24 departamentos están vacíos. La acompaña el conserje que trabajaba en el lugar.

Al preguntarle por la gente, responde que ésta se ha ido con familiares, amigos, en hotelitos o ha decidido rentar algún cuarto barato.

Se desahoga: “Hasta ahorita no ha venido nadie a checar. Bueno, vino el comisionado, igual que las visitas de doctor. Ya te vi, estás bien, ya me voy. Si de por sí están dañados, ¿quieren lastimarlos más?”, dice por el paso de la ampliación de la Línea 5 del Metrobús.

En el edificio de seis plantas, donde vivía su hermano, sólo están en muy malas condiciones del primero al cuarto piso; “los de arriba están mejor”, y aunque es difícil creer que alguno tenga arreglo el inmueble está catalogado como amarrillo.

“Para que vea, ese sí está peor”, expresa la mujer respecto a los dos edificios que se ubican metros más adelante.

Al lugar llegan dos autos, de donde personas bajan despensas, cobijas y ropa en buen estado. Guadalupe Mendoza, quien ya pasó a dos edificios en la calle de Pacífico, dice: “en realidad no es mi ayuda, yo sólo la traigo, tengo una tía que vive en Estados Unidos y cuando junta algo me manda para que lo reparta”.

Al preguntarle a la mujer que hace guardia en el inmueble, si permanece en la zona todo el día, explica que durante el día los vecinos se turnan para resguardar, y por la noche hay vigilancia.

Refiere que necesitan de todo, “antes nos daban alimentos, pero tiraron el edificio y se acabaron. Tenemos problemas, los tenemos hasta para ir al baño. Vamos a los comercios, pero nos ponen cara, qué le vamos a hacer”.

Las reuniones de vecinos damnificados se observan en varios puntos de la zona, sin embargo son pocos los que quieren dar su testimonio, quizá porque consideran que “el tiempo pasa y no pasa nada”, como reza un anuncio del Rancho Arco, donde un edificio cayó.

Pero todo grita que el tiempo pasa y que sí pasa algo: crece la impotencia, la desesperación, el hambre de ayuda, el dolor, crece el hambre de volver a ser feliz y sentirse un poco más ser humano.

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